La historia de la conquista de Cuenca por las tropas
cristianas está conformada, en demasiadas ocasiones, por leyendas hermosas, y
otras no tanto, que ocultan la verdad histórica de lo que ocurrió. Y no me
estoy refiriendo sólo a la leyenda de Martín Alhaja, el pastor cristiano en
tierras moras que ayudó a la toma de la ciudad en una estratagema digna de los
antiguos estrategas clásicos, que nos volveremos a encontrar cuarenta años más
tarde, en ocasión similar, durante la batalla de Las Navas de Tolosa. Ni a la
hermosa leyenda de la Virgen de la Luz, y su aparición a los soldados
castellanos. Me refiero, sobre todo, a una serie de aspectos, basados en
absurdos cronicones medievales y modernos, que han conformado lo que se supone
una verdad histórica, sin que los verdaderos historiadores, modernos y
contemporáneos, hayan siquiera dudado de su veracidad, en una suerte de crítica
histórica que muy pocas veces se ha dado.
Esto
mismo, la crítica histórica, es lo que ha pretendido hacer en su último libro
José Antonio Almonacid Clavería: Cuenca,
su conquista en 1177. Fuentes, controversia y comentarios. Aunque la obra
se alzó el pasado año 2018 con el premio de novela histórica Cuenca Histórica,
por sus especiales valores para desmitificar la historia, no se trata en
realidad de una novela, sino de un ensayo sobre la verdad y la leyenda, tomada
ésta durante mucho tiempo por verdad histórica, de la toma de la ciudad conquense
por las tropas castellanas de Alfonso VIII, quizá uno de los más grandes reyes
peninsulares de toda la Edad Media, por más que esto no sea reconocido en todo
su valor por la mayor parte de los habitantes de la ciudad por él conquistada. Hay
que recordar que fue este monarca el que logró, con la victoria de Las Navas de
Tolosa en 1212, abrir definitivamente las puertas de Andalucía para las tropas
cristianas. Porque la victoria de Las Navas fue lo que permitiría, medio siglo
después, que su nieto, Fernando III, tomara Córdoba y Sevilla, configurando de
esta forma una nueva realidad política en la península, que ya sólo alcanzaría
su final definitivo doscientos años más tarde, con la toma del reino nazarí de
Granada por los Reyes Católicos, en 1492.
José Antonio
Almonacid se basa en su trabajo en dos columnas complementarias. Por un lado,
en la utilización de las fuentes musulmanas, no demasiado abundantes, es
cierto, pero que han sido sistemáticamente olvidadas por otros historiadores
anteriores. Por otro lado, en la crítica de las fuentes cristianas, consistentes
en demasiadas ocasiones en falsos cronicones medievales cuyos autores, o no
existieron, o cuando lo hicieron buscaron, en realidad, más la adulación a sus
comitentes que contarnos lo que de verdad había ocurrido durante el cerco y,
sobre todo, durante la conquista de la ciudad. Porque estos autores, en algunas
ocasiones, lo que pretendían era resaltar una supuesta intervención, en papel
de actor principal por delante del propio Alfonso VIII, de los otros reyes de
la península, principalmente del de Aragón. En otras ocasiones, lo que
pretendían resaltar era a esos linajes conquenses que en el siglo XVI formaban
las élites de la ciudad, y que de esta forma se pretendía atrasar dicha
condición a los tiempos mismos de la conquista. Y para poner las cosas en su
sitio, el autor ha atendido a la única fuente fidedigna con la que puede contar,
la que proporcionan los documentos salidos de la propia cancillería real, que
ya habían sido estudiados por el profesor Julio González.
Algunas
de las desmitificaciones que se tratan en el libro pueden tener una importancia
sólo relativa, pero forman parte también de esa historia legendaria que tanto
gusta al conquense en general; la leyenda puede resultar bonita, incluso
interesante, pero sólo si tenemos en cuenta que se trata sólo de eso, de una
simple leyenda. Aspectos como el Arco de Bezudo, cuyo nombre no debemos
buscarlo, como siempre se ha dicho, en un supuesto Pedro Bezudo, muerto ante
esa puerta de la ciudad en un intento anterior de conquistarla que en realidad
ni siquiera existió, o el del origen del nombre del barrio de Tiradores, forman
parte también de esa mitología de la conquista. La puerta del Castillo, la
actual puerta de Bezudo, se llama así por el nombre con el que ésta era
conocida ya por los musulmanes: Beb Zudda, o puerta de la Zuda, que no era otra
cosa que el castillo, o residencia oficial del gobernador, la parte más
importante de la alcazaba musulmana. Y por lo que respecta a Tiradores, su origen
habría que buscarlo, según el autor, en Al-Tiraz, el barrio de los tejedores o
bordadores de la Cuenca musulmana, un arrabal fuera de la ciudad en el que se
asentaron los miembros de este gremio, que tan importante fue en la Cuenca
árabe. Ese nombre sería traducido por los primeros cronistas cristianos como
Vicus Tiracearum.
Otros
aspectos de la historia son más importantes en sí mismos. Aspectos como el
supuesto abandono del cerco por parte del rey Alfonso, quien supuestamente
habría acudido, en mitad del asedio, a la ciudad de Burgos, con el fin de
asistir allí a unas Cortes en las que debía solicitar la aprobación de nuevos
impuestos para sufragar los gastos de la operación. Según los creadores de la
leyenda, transformada a través de los siglos en una falsa realidad, durante la
batalla definitiva que conllevaría la conquista de la ciudad, el monarca
castellano se encontraba muy lejos de ésta, dando especial relevancia a la
participación del homónimo Alfonso II de Aragón, como verdadero conquistador de
la ciudad del Júcar. La historia, como ha demostrado Almonacid, se basa en
antiguos cronicones aragoneses, en los que se pretendía adular a su propio
monarca, en detrimento del castellano. En realidad, el rey de Aragón no llegó a
participar siquiera en el cerco de la ciudad, a la que sólo se acercó en un
momento, para obtener del rey de Castilla el perdón del vasallaje y
reconocimiento que a éste le debía desde los tiempos de su abuelo, Ramiro II;
un perdón que no fue nunca una recompensa por su participación en la conquista
de Cuenca, como se ha pretendido desde la región vecina, sino una donación
generosa y personal que el de Las Navas quiso tener con su tío, el rey de
Aragón. Y por otra parte, ni el rey de Castilla abandonó nunca el cerco (en
todo caso, sólo en algún momento, para acudir a la ciudad cercana de Huete,
donde permanecía la corte, acompañando a su esposa, la reina Leonor), ni se
celebraron cortes en Burgos durante todo el año 1177.
Otro
aspecto a tener en cuenta, y éste, también, de suma importancia, es el de la
supuesta participación en la conquista de Cuenca de Pedro Ruiz (o Rodríguez) de
Azagra, a quien las crónicas navarras dan como el verdadero héroe de la misma.
Para ello, nada mejor que acudir a la biografía real de este personaje, un verdadero
mercenario de la época, que pasaba de una corte a otra, sirviendo siempre a los
reyes en beneficio de sus propios intereses. Nacido en el reino de Navarra, se
exilió de dicha corte, probablemente por no estar de acuerdo con la ascensión
al trono de Pamplona del rey Sancho VI, después de la muerte de su antecesor,
García Ramírez, pasando durante un tiempo al servicio del rey taifa de Valencia
Muhammad ibn Mardanis, quien, en recompensa, le hizo señor de Albarracín, en la
serranía turolense, con el fin de que le sirviera de tapón para los avances del
monarca aragonés. Después pasó al servicio de Alfonso VIII, sin abandonar su señorío
en Albarracín, y formó parte de la comitiva enviada por éste en 1170 para
recoger, en Burdeos, a su esposa, la reina Leonor de Inglaterra. Sin embargo,
algunos años más tarde abandonó su servicio, al haber sido obligado a abandonar
la corte de Castilla después de un asunto turbio relacionado con la venta de
los castillos de Huélamo y Monteagudo de Uña. En el momento del cerco, Azagra
había sido nombrado por Alfonso II de Aragón, gobernador de Daroca, y no
volvería a Castilla hasta el mes de julio de 1178, de donde sería extrañado
otra vez en 1185, debido a una nueva traición contra el reino castellano.
Otros
asuntos ya han sido también convenientemente desmitificados por la
historiografía, pero a menudo se olvidan en la ciudad del cáliz y la estrella.
Son aspectos, como decimos, que vagan entre la historia y la leyenda, y que
sólo pueden ser tenidos en cuenta si sabemos diferenciar ambas realidades.
Aspectos como los relacionados con los nombres de los nobles castellanos que
participaron en la conquista. Algunos de ellos, los que verdaderamente lo
hicieron, vienen relacionados en un cuadro que aporta el autor, y están sacados
de los documentos originales de la cancillería castellana. Es curioso que no
aparecen en la relación apellidos que nos son familiares, como los Chirino o
los Cañizares, apellidos que en pleno siglo XVI, cuando se redactaron algunos
de los cronicones sobre la conquista, formaban parte de esa nobleza advenediza
que dominaba la ciudad. ¿Qué papel desempeñaron en todo este asunto algunos de
esos supuestos conquistadores, como Alonso Pérez Chirino o su hijo, el
arcipreste Ginés Pérez Chirino, miembro del cabildo diocesano en los tiempos de
los primeros obispos de Cuenca, el mismo que posibilitó, por su actuación, el
milagro de la Cruz de Caravaca? Para el autor del libro, desde luego que
ninguno.
También,
el asunto de la mora Zaida, la supuesta hija del rey Muhammad ibn Abbad
al-Mutamid de Sevilla, quien, según la leyenda, la habría casado con el rey de
Castilla, Alfonso VI, dándole, como dote, entre otros, los castillos de Cuenca,
Huete y Uclés. No es necesario insistir más en la verdadera historia que está
detrás de la leyenda: Zaida era en
realidad la nuera de ese rey sevillano, esposa de uno de sus hijos, Abu Nasr
al-Fath al-Mamun, rey de Córdoba. Y lo que se esconde detrás es, por otra
parte, la verdadera situación política en la que se encontraba la península en
aquellos momentos, con unos invasores foráneos, los almorávides, procedentes
del norte de África, como después lo serían los almohades, llamados por sus
hermanos en la fe. los reyes musulmanes de la península para que les defendieran
de sus enemigos cristianos, y que finalmente se convertirían también, a su vez,
en dominadores de esos mismos reinos de taifas que les habían llamado. Zaida,
enviada realmente a la corte de Alfonso para solicitar de él la ayuda necesaria
para hacer frente a esa invasión norteafricana, terminaría por convertirse en
el objeto de deseo del propio Alfonso. Convertida al cristianismo y bautizada
con el nombre de Isabel, se convertiría en la madre de su heredero, el príncipe
Sancho, quien moriría en la batalla de Uclés, o de Sicuendes, en 1108.
Para
finalizar, dos últimas reflexiones personales sobre la realidad histórica de la
provincia de Cuenca en los tiempos de la conquista. Por una parte, el nombre de
uno de los protagonistas de la historia, el verdadero derrotado de la misma; y
derrotado por partida doble, porque permanece silenciado en casi todos los
cronicones: Abu-l-Abbas Ahmed ben Maad al-Uqlisí. El final de su nombre nos
señala su origen, “el uclesino”, el nacido u originario de Uclés, la ciudad que
había pertenecido, como la misma Kunka, o Cuenca, a la kora o provincia de
Santaberiyya, la antigua Ercávica, que estuvo dominada durante mucho tiempo por
la dinastía Banu Zennún, de origen bereber, pero arabizados después como Banu
-Du-l-Nún. Aquí, en el Castro de Santaver, había estado la capital de la kora
desde el momento de la invasión musulmana, hasta que fue sustituida, alrededor
del siglo XI, por la propia Kunka, esta misma ciudad de Cuenca que había sido
fundada, según algunas crónicas árabes, alrededor del año 1000). Este Ahmed ben
Maad era el caíd, o alcaide, de la ciudad, que en ese momento dependía del
gobernador almohade de Valencia; y no el rey de la misma, como afirman algunos
de los cronicones, que en ese momento no era otro que el califa de los
almohades, Abu Yaquib Yusuf, que en ese momento se encontraba en Marrakech, al
otro lado del estrecho de Gibraltar, asediado por una epidemia de peste que le había
impedido dirigir de nuevo a sus tropas hacia la península ibérica.
Y por
otra parte, algo que el propio Almonacid Clavería y el historiador almarcheño Miguel
Salas Parrilla afirman en una nota a pie de texto: la repetitiva querencia de
los conquenses a la fabulación de su propia historia, algo que yo mismo he
podido comprobar en algunas de mis investigaciones personales, y que dificulta
en gran medida, y en ocasiones imposibilita, una perspectiva real de nuestro
pasado. Trabajos como éste del historiador optense, ayudan a lucha contra esa
querencia, que también resulta ya demasiado legendaria.
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