Mesopotamia, o cuando los mapas soñaron con ser eternos
Hay territorios que no existen sin relato. La vieja Mesopotamia, o lo que es lo mismo, la actual Irak, es uno de ellos. Antes que Estado, fue palabra; antes que frontera, fue memoria; antes que nación, fue ruina. En el corazón de esa tierra, entre el Tigris y el Éufrates, se cruzan hoy la literatura, la biografía y la política, como si el tiempo no hubiera aprendido a avanzar en línea recta. La última obra del escritor francés Olivier Guez, “Mesopotamia”, dedicada a la figura de la polifacética inglesa Gertrude Bell, nos devuelve a ese instante decisivo en el que una mujer, un imperio y un puñado de mapas creyeron que podían ordenar el mundo. El resultado, un siglo después, sigue ardiendo. Y es que Mesopotamia, la región, no es solo un espacio geográfico, de la misma manera que Gertrude Bell no es solo un nombre o una entrada en un diccionario biográfico: ambas son una idea que persiste a través de los tiempos. Es el lugar donde la civilización comenzó a contarse a sí misma y d...