Hace unas semanas, Carmen Bernabé Ubieta, profesora titular de la asignatura de Nuevo Testamento en la Universidad de Deusto, pronunció, organizada por la Real Academia Conquense de Artes y Letras, una interesante conferencia en la que, bajo el título de “María Magdalena, realidad y leyenda”, hacía un acercamiento histórico y teológico a una de las figuras más desconocidas, de las que rodearon al Jesús histórico, por la gran cantidad de leyendas que han ido surgiendo a su alrededor a través de los tiempos: María Magdalena. Un tema interesante, en este marco cuaresmal que marca los días de preparación a la Semana Santa, pronunciado por la que probablemente sea una de las personas que en España, y también fuera de nuestro país, más conocen a esta mujer, una de las primeras que siguieron a Jesús ya desde antes del momento de su Crucifixión, tal y como ya ha demostrado a través de una abundante bibliografía, entre la que destacan sus libros “María Magdalena. Tradiciones en el cristianismo primitivo” (Editorial Verbo Divino, 2009) y “María Magdalena, apóstol de los apóstoles” (Editorial Sal Terrae, 2018). Y también, desde un punto de vista más didáctico, “Que se sabe de… María Magdalena”, que fue publicado también por la editorial Verbo Divino, hace dos años.
Para llegar a conocer mejor la figura histórica de María Magdalena, protagonista de uno de los pasos de nuestra Semana Santa conquense, tenemos que diferenciar lo que conocemos de su vida a través de los primeros textos, de todo aquello que no es más que leyenda, en parte piadosa y en parte un tanto misógina, caso de su confusión con la prostituta arrepentida, o lo que es pura literaria o cinematográfica, caso de su adscripción como esposa, o incluso amante, de Jesucristo. Por ello, voy primero a explicar aquello que María Magdalena nunca fue, intentando acercarme, en lo posible, a los motivos y las circunstancias de la tergiversación histórica de la que fue fruto, para después, y siempre de la mano de la teóloga vasca, acercarme a lo que si fue: una de las primeras discípulas de Cristo, seguidora del Maestro y enviada por Él, como el resto de los apóstoles, para proclamar el mensaje del Evangelio; y receptora además de la revelación, protagonista de la primera aparición de Cristo después de su Resurrección.En este sentido, ¿cómo surge, en la mentalidad de los cristianos de los primeros tiempos, la imagen de María Magdalena como pecadora arrepentida? Porque hay que decir que, en ninguno de los evangelios, ni siquiera en los llamados evangelios apócrifos, se menciona el hecho de que nuestra protagonista haya sido nunca, tal y como se ha dicho, una pecadora arrepentida, más allá del hecho de que Lucas describe como Jesús la liberó de siete demonios. En el apócrifo "Los hechos de Juan", María Magdalena es presentada como una mujer hundida entre el lujo y el vicio, por un enlace fallido con el apóstol Juan, que la había abandonado antes para unirse a Jesús.
El número siete, en la Biblia, es un número
sagrado, nunca casual; por otra parte, en muchas culturas, la identificación
entre el demonio y el sexo carnal, y la del sexo carnal con la del sexo
pecador, como consecuencia de ello, es también algo usual. Ese proceso de
confusión fue gradual, y culminó en el siglo V, con la figura del papa Gregorio
Magno, como resultado de una triple intención: una simplificación homilética en
la predicación de algunos pasajes evangélicos; una mentalidad patriarcal entre
los primeros escritores sagrados, fruto de la sociedad en la que vivían, que
subordinaba el papel femenino respecto del masculino; y una necesidad pastoral
de presentar un modelo de arrepentimiento acorde con el mensaje que se quería
dar.
El primer paso fue
confundir a María Magdalena con la mujer anónima que, camino de Jerusalén y ya
a las puertas de la Pasión, sale de la multitud para ungir la cabeza de Jesús,
mencionado por los cuatro evangelistas de una forma muy similar. Sin embargo,
nada dicen, ninguno de ellos, de que esa mujer fuera María Magdalena, y solo
Juan, en su evangelio, y en un contexto muy diferente, sitúa un episodio muy
parecido en Betania, en la casa de Lázaro, cuando una de sus hermana, María,
unge los pies de Jesús y los seca con sus cabellos. Como muy bien ha demostrado
la doctora Bernabé, y como vamos a ver más tarde, en la Judea del siglo
primero, el nombre de María era un nombre muy común, de forma que nada tiene
que ver esta María, la hermana de Marta y de Lázaro, con nuestra María
Magdalena; y sin embargo, la identificación de ambas fue el segundo paso de
esta triple confusión de la que estamos hablando. Y, si como dice la premisa de
la lógica, A es igual a B y B es igual a C, A debe ser también igual a C. Si la
mujer innombrada, pecadora desde el punto de vista sexual, de los textos
evangélicos, es María, la hermana de Lázaro, y la hermana de Lázaro no es otra
que María Magdalena, aquella mujer pecadora no puede ser más que la misma María
Magdalena. Carmen Bernabé, y no sólo ella, han demostrado, a través del
razonamiento y de la lectura crítica de los evangelios y de los textos sagrados,
que las premisas utilizadas por San Gregorio fueron, desde un principio,
completamente erróneas.
Ya más recientemente,
aunque no tanto como nos puede parecer, surgió el mito de María Magdalena como
amante o esposa de Jesús, que nace, no ya de los primeros padres de la Iglesia,
sino de la imaginación de novelistas y cineastas. En algunos casos, es cierto,
los defensores de estas teorías se basan en una lectura literalista de algunos
evangelios apócrifos, y en este sentido tiene especial importancia el llamado
“Evangelio de Felipe”, que llama a la Magdalena koinonos (compañera) de
Cristo, e incluso dice que “la besaba en la boca”. Se trata, como se dice, de
una interpretación literal de los textos que, en ningún caso, debe hacerse
desde el punto de vista de la crítica exegética. Y es que, en la tradición
gnóstica, el "beso en la boca" no se refiere a un gesto de intimidad
romántica, sino a una metáfora de la transmisión de conocimiento divino
(gnosis). En muchos textos gnósticos, el acto de besar simboliza la
comunicación espiritual entre el maestro y el discípulo. María Magdalena, en
este evangelio, es presentada como la discípula más cercana a Jesús, la que recibe
directamente su sabiduría.
Una de las primeras lecturas de esa visión romántica de María Magdalena fue el musical “Jesucristo Superstar”, estrenado en 1970 por Andrew Lloyd Webber y Tim Rice, y del que se hizo, unos años después, la correspondiente versión española; una de las canciones de este musical, la titulada “I Don’t Know How to Love Him”, transmite algunos sentimientos románticos y afectivos entre la Magdalena y Jesucristo, aunque sin afirmarlos explícitamente. Mucho más explícitos, sin embargo, son los que se desprenden de otras películas más modernas, como “La última tentación de Cristo”, que Martin Scorsese filmó en 1988.
Y desde el
punto de vista de la literatura, aunque después la novela fue también llevada
al cine, una de las mayores contribuciones que se han dado para extender esa
errónea imagen de María Magdalena fue “El código Da Vinci”, la exitosa novela
de Dan Brown, en la que, con una imaginación desbordada, aunque, es cierto,
basada en parte en algunas leyendas medievales y modernas, se describe
la existencia de una supuesta genealogía sagrada, nacida a partir de la unión
sexual entre Jesús y María Magdalena. Una de esas leyendas, recogida incluso por Jacobo de la Voragine en su "Leyenda dorada", a pesar de no tener ningún rigor histórico, presenta a María Magdalena, acompañada de Marta y de Lázaro - obsérvese otra vez la confusión con la otra María-, desembarcando en Provenza, convertidos los tres en unos ricos herederos.
Sin embargo, todas estas
visiones de nuestra protagonista se hacen desde el punto de vista de la
creación artística, más o menos lograda. Lo que ya no es de recibo son los
intentos de acercarse a la Magdalena desde otros puntos de vista similares,
realizados desde una supuesta perspectiva histórica, que, sin embargo, no tiene
fundamento alguno. Porque lo más lamentable de la extensión de esta imagen
errónea de la Magdalena como amante del Señor es su aprovechamiento por parte
de algunos pseudo-historiadores que, sobre todo en los últimos años, han
intentado presentarla como una teoría seria, fruto de la aparición de nuevos
documentos, ocultados deliberadamente por la Iglesia, con el fin de esconder al
conjunto de los cristianos cual fue el verdadero mensaje de Cristo.
Sin embargo, y al
contrario de lo que era común en la Judea del siglo I, María Magdalena no es
identificada por su relación familiar con ningún varón, sino por el lugar del
que, se supone, era originaria: Magdala. Se trataba de una importante ciudad
asmonea que había sido fundada hacia el siglo II a.C., en la orilla occidental
del Mar de Galilea. Las fuentes griegas, y también Flavio Josefo, la denominan
Tarquea, pero la mayor parte de los estudiosos tienden a identificar ambas
ciudades. Por otra parte, el hecho de que nuestra protagonista sea identificada
precisamente con su lugar de nacimiento, hace pensar que la Magdalena era una mujer
muy poco común en su tiempo, con una fuerte personalidad, y muy independiente.
Quizás pudiera tratarse de una viuda, o, en todo caso, es presumible que no
estuviera casada. La propia localización de Magdala, junto a la Vía Maris, una
importante vía de comunicación que unía Egipto y la península arábiga con
Siria, por la que se transportaban, junto a mercancías valiosas, las ideas más
renovadoras, facilitó sin duda a María el conocimiento de los nuevos
pensamientos renovadores que, en aquel momento, se estaban dando entre el
pueblo judío.
Recogemos, en este
sentido, las palabras de la doctora
Bernabé: “Lo primero que llama la atención es el carácter abierto a
influjos diversos que tenía la ciudad donde al parecer nació y creció María
Magdalena El hecho de haber crecido en una ciudad cruzada por la Via Maris y tener un importante puerto lacustre que
hacía de puente entre las rutas comerciales que, procedentes de Arabia o más
lejos, se dirigían a Roma, tuvo que marcar su mirada hacia otros horizontes.
Con las mercancías viajan las ideas. La ciudad de Gadara, cuna de varios
filósofos epicúreos y cínicos, estaba al otro lado del lago. No se puede
olvidar que en los jardines epicúreos se admitía a mujeres todavía en el siglo
I. Las gentes de otras aldeas llegaban también a Magdala para vender el pescado
o arreglar sus barcas y traían noticias. Las gentes que viven frente al mar, y
mucho más si detrás tienen montañas -como era el caso de Magdala- están
acostumbradas a mirar al horizonte y, en el caso de un lago, a la otra orilla.
Su mirada se amplía y se alarga, la imaginación bulle y surgen las ansias de ir
más allá. El hecho de haberse unido a un movimiento de renovación intrajudío en
aquella situación socio-religiosa,
parece indicar que María Magdalena era una mujer inquieta a la búsqueda
de otro horizonte, quizá sin saber de forma positiva lo que deseaba, pero
dispuesta a buscarlo. Su elección denota una sensibilidad y una opción por un
tipo de movimiento religioso.”
Quizá el acercamiento más próximo a su figura desde el punto de vista del cine, a pesar de todo el desarrollo imaginativo que presenta, lo haya
hecho la película María Magdalena, como reconoce la doctora Bernabé: “En una
clave muy distinta, hay que destacar la novedosa presentación de su figura que
hace la reciente película “María Magdalena” (2018), escrita por dos mujeres,
Helen Edmunson y Philippa Goslett, con el asesoramiento de la profesora Karen
King; protagonizada por Rooney Mara y dirigida por Gareth David. María
Magdalena es presentada con un don para curar el interior de las personas y
darles tranquilidad, aparece ayudando en los partos y conectando con el
interior de aquellas mujeres a las que ayuda. Obligada a casarse con un viudo,
percibe con claridad que no puede ni debe hacerlo, y se atreve a rechazarlo,
enfrentándose a su familia y aldea. Como consecuencia de este acto, su misma
familia piensa que está poseída por malos espíritus. Con el fin de sacarlos de
su interior, emprende un exorcismo en el lago que casi acaba con su vida. A
causa de ello, cae en un estado de postración del que sólo sale gracias al
profeta Jesús de Nazaret, y los horizontes que le pone delante. Decide
seguirlo, y se convierte en una discípula destacada en la consecución de su
sabiduría.”
Dicho esto, no se debe
perder de vista, cuando nos acercamos a la figura histórica de María Magdalena,
que debemos contemplarla desde tres puntos de vista: como una más de las
discípulas de Cristo, como receptora de la revelación del mensaje salvífico que
representa la Resurrección y, como consecuencia de estas dos cosas, como
enviada de Cristo para proclamar su mensaje, en el mismo plano que los
apóstoles. Los evangelios canónicos la presentan como una figura clave en la
vida de Jesús, testigo de su Crucifixión; cuando los apóstoles huyen y se
esconden, las mujeres, con la Madre de Cristo y la propia Magdalena, son
testigos de la Crucifixión, e incluso, según algunos textos, del momento en el
que Cristo es enterrado.
Como decimos, María Magdalena es testigo de la propia Resurrección de Cristo; la primera incluso, antes que los propios apóstoles, incluido Pedro. Mucho se ha estipulado sobre si el relato de la aparición de Cristo a la Magdalena después de su Resurrección, que ha sido trasladado a la Historia del Arte como uno de los temas más hermosos, el llamado Noli me Tangere -“no me toques”- tal y como lo relata Marcos en su evangelio, es una recreación o una pura invención del evangelista, o si transmite ciertas tradiciones anteriores. Sin embargo, la teóloga vasca es muy clara, también, en este sentido:
“¿Es este relato una mera
creación de Marcos, o es, más bien, la expresión plástica de una experiencia
histórica decisiva que ha sido recibida de la tradición anterior? ¿Hay algún
núcleo histórico en este relato que nos ponga en conexión con la figura
histórica de María Magdalena? Si lo hay, ¿en qué pudo consistir la experiencia
que narra? ¿Por qué sus protagonistas son las mujeres? ¿Por qué aparecen
precisamente en el entorno de la sepultura? ¿Por qué este recuerdo parece haber
sido incómodo para algunos escritos? Y en todo caso, ¿qué memoria se hace de
María Magdalena en ellos? En este capítulo intentamos mostrar que el relato de
la visita a la tumba que hace María Magdalena, sola o acompañada, no es una
mera creación redaccional marcana, sino que muy probablemente hay detrás un relato
antiguo, con un núcleo histórico que recoge la memoria más temprana de aquellas
comunidades. Recordaban la experiencia de revelación que tuvo María Magdalena
en el entorno de la tumba de Jesús, con ocasión de la lamentación que suponían
los ritos de duelo que hacían las mujeres. Pensamos que las consecuencias
comunitarias de esa experiencia de revelación fueron enormes, puesto que tuvo
la importancia decisiva en el inicio del
kerigma pascual. Este antiguo relato, en el que parece resonar la
memoria comunicativa, los recuerdos que guardaban y transmitieron aquellos primeros seguidores debió ser tan
fundamental para la identidad comunitaria, que era imposible prescindir de él,
aunque fuera modificado redaccionalmente de formas diversas.”
Finalmente, y a consecuencia
de su doble plano como discípula y testigo de su Resurrección, tal y como hemos
dicho, María Magdalena es, también, protagonista del kerigma, el anuncio
de la buena noticia. En este sentido, son de especial importancia algunos
textos gnósticos. En el apócrifo evangelio de María, la Magdalena aparece como
la depositaria de las enseñanzas esotéricas, y su enfrentamiento con Pedro por
este motivo, no deja de ser reflejo de las tensiones existentes en las primeras
comunidades cristianas. Y en el Pistis Sohia, un importante texto
gnóstico que fue escrito posiblemente en el siglo II, aunque responde a ciertas
tradiciones surgidas de las primeras comunidades cristianas, el papel de la
Magdalena como interlocutora principal entre Cristo y la comunidad refuerza su
liderazgo espiritual.
Resumiendo, la imagen de
María Magdalena que actualmente tenemos tanto los creyentes como los
agnósticos, dejando aparte esa visión irreal y moderna como esposa y amante de
Cristo, de la que también hemos hablado, es el resultado de las fuertes
tensiones existentes entre los cristianos de los dos primeros siglos, defendiendo
unos el papel de la mujer en general, y de la Magdalena en particular, que en la
nueva religión se estaba creando -y especialmente en la transmisión del mensaje
salvífico del Resucitado-, y claramente opuestos a ello los otros. Al final,
fueron los segundos quienes vencieron en aquella batalla dialéctica,
probablemente por desgracia, y esa derrota de los primeros ha caracterizado a
la religión cristiana a lo largo de los siglos.
Pese a ello, el debate entre ambas posturas volverá a repetirse de manera intermitente a través de los siglos, y una de sus manifestaciones más virulentas se produjo en Francia en el siglo XIV, durante la terrible persecución contra los cátaros y las valduenses, defensores ambos del papel desempeñado por la mujer, y por María Magdalena en particular, en la predicación del mensaje de la salvación. Y está también en el origen de las posturas que defienden la ordenación sacerdotal por parte las mujeres. Desde algunos sectores de la Iglesia se está tomando conciencia de este debate interno, como lo demuestra la reciente construcción en las ruinas de Magdala, por parte de los Legionarios de Cristo, de un importante centro de espiritualidad que pretende conservar la memoria de María Magdalena, además de intentar ser un centro de reflexión sobre el papel que debe jugar la muer en la Iglesia actual, y en el conjunto de la sociedad. En el año 2016, por otra parte, el papa Francisco dio también un paso importante en este sentido cuando transformó la memoria litúrgica de Santa María Magdalena, pasando al rango de fiesta, como el resto de los apóstoles.
El Podcast de Clio: MARÍA MAGDALENA: MITO Y REALIDAD