Perspectivas de futuro en Reino Unido y en Europa
El pasado 8 de septiembre saltaba a los medios de comunicación de todo el mundo una noticia que, a pesar de toda su lógica por la elevada edad de la protagonista, nos parecía todavía inesperada: Su Majestad, la reina Isabel II del Reino Unido, y de toda la Commonwealth, había fallecido en uno de sus palacios, el de Balmoral, en Aberdeen (Escocia). Era inesperada porque, a pesar de que la anciana monarca contaba ya con casi un siglo de existencia, nos parecía que iba a ser la reina eterna, y que, consciente del diferente nivel de popularidad que ella y su hijo, el eterno Príncipe de Gales, tenían entre sus súbditos, no se iba a morir nunca, no iba a dejar que éste pudiera ocupar el trono de los reyes ingleses, como si de esta forma quisiera hacer un último servicio a su patria. Sobre ella, un historiador experto como Felipe Fernández Armesto ha escrito lo siguiente: “La muerte de la reina ha coincidido con el momento de su máxima popularidad. Compararla con los líderes políticos e...