EL DÍA DESPUÉS DEL TRÓPICO

 Durante años, una parte de la intelectualidad de la izquierda española ha hablado de la conquista de América, casi siempre, con las mismas palabras y los mismos prejuicios: espada, saqueo, exterminio, culpa,... En este sentido, ha comprado los mismos argumentos que, siguiendo la tradición que arranca de la famosa leyenda negra, ha venido dando una parte de la sociedad hispanoamericana. Pero, ¿qué ocurrió realmente en el nuevo continente cuando pasó el estruendo inicial, cuando hubo que gobernar, convivir y construir un mundo nuevo? El libro “El día siguiente de la conquista”, del historiador mexicano Juan Manuel Zunzunegui, propone mirar ese momento olvidado y siempre malinterpretado; y al hacerlo, obliga a replantearnos muchas de las certezas con las que creemos conocer nuestra propia historia.

Hay libros que no se leen solo como un ejercicio intelectual, sino casi como una toma de posición. No porque sean panfletos —este no lo es en absoluto—, sino porque se atreven a cuestionar relatos que, con el paso del tiempo, han adquirido la apariencia de verdades morales incuestionables. “El día siguiente de la conquista” entra de lleno en ese terreno resbaladizo: el del papel de España en América y la facilidad con la que una parte de la sociedad española ha asumido un relato construido, en buena medida, desde fuera y contra nosotros; y relato que bebe en sus orígenes ya desde la misma “leyenda negra", que fuera creada ya en los siglos XVI y XVII como una construcción propagandística impulsada por las potencias rivales de la monarquía hispánica —principalmente Inglaterra, las Provincias Unidas y, en menor medida, Francia— en el contexto de su enfrentamiento político, religioso y comercial con nuestro país. En efecto, aprovechando algunos episodios reales de violencia y abusos, a los que tampoco eran ajenas aquellas sociedades, y magnificados y descontextualizados a propósito, estos países elaboraron un relato que presentaba a España como un imperio especialmente cruel, fanático e intolerante. El objetivo era deslegitimar su hegemonía, justificar la expansión propia y construir una superioridad moral protestante frente al mundo católico.

Con el paso del tiempo, esa propaganda dejó de ser solo externa, y terminó siendo asumida por una parte de la intelectualidad española y americana, convertida ya no en arma contra España, sino en un marco interpretativo casi automático para leer su propia historia. A esa corriente se sumaron también, por evidentes intereses, ciertos gobiernos americanos. Presentan la etapa prehispánica como una especie de Atlántida o paraíso perdido, poblado por una serie de pueblos indígenas, mucho más desarrollados que el enemigo invasor hispano. Estos pueblos convivían de manera pacífica en una situación idílica, a la que puso fin, precisamente, los conquistadores españoles. Del mismo modo, el proceso independentista del siglo XIX vino a significar la recuperación de aquel paraíso primigenio, una especie de revolución liberalizadora de unas supuestas cadenas que nunca existieron realmente.

Contra esa lectura aprovechada de la historia han venido a rebelarse últimamente algunos historiadores y politólogos procedentes desde el otro lado del Atlántico, como el argentino Marcelo Gulló, el norteamericano Alfonso Borrego —este último, por cierto, de etnia apache chiricahua, bisnieto, por línea materna, del célebre líder indio Gerónimo—, o el propio Juan Miguel Zunzunegui, quienes, de manera decidida, se enfrentan a una tradición historiográfica muy arraigada a ambos lados del océano, también en España, especialmente en ciertos ambientes académicos y culturales de izquierda, donde la historia del imperio español se sigue leyendo casi exclusivamente a través del prisma de la culpa.

En efecto, el historiador mexicano se sitúa con claridad en esa corriente renovadora del hispanismo que, en los últimos años, ha intentado revisar el discurso dominante sobre la conquista y la hispanización sin nostalgia imperial —o quizá sí, con un poco de anhelo—, pero también sin autoflagelación. Ese pensamiento, que hoy se presenta a menudo como crítico y progresista, en realidad bebe de una fuente, o un grupo de fuentes, antiguas: la llamada “leyenda negra”: una construcción ideológica nacida en los siglos XVI y XVII, impulsada por las potencias rivales de España, que convirtió episodios reales —violencia, abusos, explotación— en un relato global de excepcional crueldad y atraso. Sería demasiado largo intentar desarrollar en estas breves líneas todo lo que hay detrás de este concepto, al que ya me he referido antes en otras entradas de este blog (ver, a este respecto, “Doce de octubre…, Día de la Hispanidad”, 17 de octubre de 2021). Lo llamativo es que una propaganda diseñada para debilitar a la monarquía hispánica haya terminado siendo asumida, siglos después, por una parte de la intelectualidad española como si fuera un ejercicio de lucidez moral.

Zunzunegui no niega los excesos ni las injusticias de la conquista. Sería absurdo hacerlo. Lo que cuestiona es la lectura selectiva y anacrónica que reduce todo el proceso histórico a una sucesión de crímenes sin contexto. Esa simplificación, común en ciertos discursos hoy en día, proviene directamente de la leyenda negra, que muestra a España como una excepción histórica, un imperio especialmente malo, en comparación con otros que se consideran más modernos, más racionales o más humanos.

El gran acierto del libro está en desplazar el foco. En lugar de recrearse una vez más en el momento del choque inicial —la espada, la pólvora, la caída de los imperios indígenas—, se pregunta qué ocurrió después. Qué pasó cuando hubo que gobernar territorios inmensos, organizar sociedades complejas, legislar, evangelizar, convivir. El “día siguiente” de la conquista no es un instante, sino un proceso largo y contradictorio, y es ahí donde se juega la verdadera singularidad del caso español.

Porque, como insiste el autor, la conquista fue violenta, como lo fueron todas las conquistas de su tiempo. Sin embargo, lo verdaderamente excepcional fue que España se planteara, ya desde el inicio, desde las primeras Leyes de Indias e, incluso, desde la propia voluntad de la reina Isabel la Católica, los problemas morales, jurídicos y políticos derivados de esa conquista. La legitimidad del dominio, la condición humana del indígena, sus derechos, su integración en un orden común. Que esas reflexiones no siempre se tradujeran en la práctica no invalida su existencia. Al contrario: las hace aún más relevantes en su contexto histórico.

Frente al relato heredado de la leyenda negra, que presenta a los indígenas como víctimas sin voz frente a un poder omnímodo, Zunzunegui recuerda algo esencial: al contrario de lo que sucedió durante el imperialismo francés, el holandés, el inglés sobre todos los demás, el indio se consideró en los territorios de influencia hispana, súbdito de la Corona, no simple objeto de explotación. Existieron las Leyes de Indias, hubo debates teológicos y jurídicos de enorme profundidad, y se desarrolló una reflexión constante sobre la justicia, el poder y la dignidad humana. Mientras en otros modelos coloniales estos problemas ni siquiera se formularon, en el mundo hispánico formaron parte del propio sistema.

El libro dedica también un esfuerzo notable a desmontar algunos de los tópicos más persistentes que siguen circulando en el discurso público. La violencia no fue un monopolio español. El colapso demográfico indígena tuvo causas epidemiológicas decisivas. Y el mestizaje, tan incómodo para ciertos relatos identitarios actuales, fue una realidad estructural del mundo hispánico, no una excepción marginal. Todo esto choca frontalmente con la imagen de una España genocida y oscurantista que la leyenda negra ha transmitido durante siglos y que hoy sigue reapareciendo, a menudo con un barniz ideológico nuevo.

Especialmente sugerente es la reflexión sobre la hispanización entendida como proceso cultural. No como una imposición mecánica que borró lo anterior, pero tampoco como una fusión idílica. Lengua, derecho, religión e instituciones se mezclaron con tradiciones preexistentes y dieron lugar a una civilización nueva, mestiza, con identidad propia. América no fue una España trasladada al otro lado del océano, pero tampoco fue un mundo radicalmente ajeno a ella. Esa complejidad es precisamente lo que la leyenda negra, y sus herederos “intelectuales”, no saben o no quieren ver.

El papel de la Iglesia aparece tratado con un equilibrio poco habitual en la actualidad. Zunzunegui huye tanto del anticlericalismo automático, tan frecuente en ciertos ambientes intelectuales, como de la idealización ingenua. Presenta a la Iglesia como agente evangelizador, sí, pero también como mediadora cultural, creadora de redes educativas y asistenciales y, en muchos casos, como defensora de los indígenas frente a abusos concretos. Una visión incómoda para quienes necesitan un villano único y permanente, papel que, una vez más, ciertos sectores ideológicos han querido atribuir a la propia Iglesia católica.

Cuando el autor compara el modelo español con otros, especialmente el anglosajón, lo hace sin maniqueísmos. No se trata de absolver ni de condenar, sino de señalar diferencias profundas: integración frente a segregación, mestizaje frente a desplazamiento, continuidad cultural frente a ruptura. Juzgar todos los imperios con el mismo esquema moral contemporáneo, como suele hacerse desde ciertos discursos militantes, es otra forma de prolongar la leyenda negra bajo nuevas etiquetas.

En el fondo, “El día siguiente de la conquista” no es solo un libro de historia. Es también una reflexión sobre cómo se construyen los relatos, y sobre por qué algunos sobreviven durante siglos, incluso cuando ya no sirven para entender el pasado, sino para ajustarlo a las necesidades ideológicas del presente. Frente a una visión heredada, simplificadora y moralizante, Zunzunegui propone algo casi subversivo: mirar la historia de España en América con complejidad, sin pedirle que encaje en consignas prefabricadas.

Uno de los aspectos más críticos que hace Zunzunegui a esa visión parcial, atemporal y marcadamente interesada de los defensores de la leyenda negra, es la consideración del proceso de la hispanización como de un genocidio, lo cual, desde luego, niega el historiador mexicano. Juan Manuel Zunzunegui niega que el proceso de la hispanización pueda calificarse como genocidio porque, en primer lugar, no existió una voluntad sistemática de exterminio, que es el elemento central, tanto histórico como jurídico, para hablar de genocidio con exactitud. A su juicio, la Monarquía Hispánica no concibió a los pueblos indígenas como un enemigo a eliminar, sino como súbditos a integrar. Esto se refleja en la temprana legislación indiana, en los debates teológicos y jurídicos sobre su dignidad y en la incorporación formal de los indios al orden político y religioso. Zunzunegui también destaca que la disminución de la población indígena se debió principalmente a enfermedades como la viruela, el sarampión y la gripe, para las cuales no tenían inmunidad. Este fenómeno fue común en todos los contactos entre continentes durante la Edad Moderna, y no fue resultado de una política intencionada de exterminio.

A este argumento añade otro de enorme peso: la obra constructiva y cultural desarrollada tras la conquista es incompatible con una lógica genocida. Durante el proceso de hispanización se fundaron universidades, hospitales, colegios, conventos y ciudades, se levantaron edificios civiles y religiosos de excelente calidad artística, muchos de los cuales siguen siendo hoy el corazón histórico de las principales capitales americanas. ¿Qué pueblo, con una verdadera intención genocida, se dedica a toda esa labor constructiva? En lugar de destruir las culturas indígenas, hubo un esfuerzo por entenderlas y comunicarse. Esto se ve en la creación de gramáticas, vocabularios y catecismos en lenguas indígenas, principalmente por misioneros, que querían evangelizar sin acabar con la identidad cultural existente. Todo esto llevó a un mestizaje profundo en lo biológico, cultural y social, que es una característica única del mundo hispánico y que no se puede juntar fácilmente con la idea de un exterminio planeado. Según Zunzunegui, mencionar el genocidio no solo simplifica demasiado la complejidad de la historia, sino que refleja más una visión moralista que proviene de la leyenda negra, en lugar de un análisis serio del proyecto de civilización que España llevó a cabo en América, con sus aspectos positivos y negativos.

Dicho esto, ¿tiene España y los españoles la obligación de pedir perdón por todo lo que hizo en América? Zunzunegui, con un evidente sentido del humor, contesta a esta pregunta ya desde los primeros capítulos del libro: “Las culturas nacen, crecen, se desarrollan, se conquistan unas a otras, e influyen otras sobre unas, caen, se transforman, y son parte de algo nuevo. Ese algo nuevo es cada país hispanoamericano que se lamenta de la conquista, al tiempo que está orgulloso de todo eso que es y que tiene, y que no tendría sin la llegada de España, y ese evento fundacional mal denominado conquista. No fue una tragedia. Fue la historia. Que Irán se disculpe con Grecia por las Guerras Médicas, y que los griegos devuelvan las disculpas a Irán por las conquistas de Alejandro. Que los judíos se disculpen por llegar a un Medio Oriente habitado, que los árabes lo hagan por salir de Arabia y crear los países árabes de hoy, y con España, desde luego. Que Italia se disculpe con media Europa por las invasiones romanas, y que Alemania lo haga con Italia por las incursiones bárbaras. Que Irak y Siria se disculpen con Israel por lo de Nabucodonosor. Que Dinamarca se disculpe con Inglaterra por crear Inglaterra con las incursiones normandas, los ingleses con Estados Unidos por crear Estados Unidos, y los turcos a ver con quién por conquistar Constantinopla. Que todos los pueblos eslavos se disculpen por llegar a una Europa oriental que era imperio bizantino, Kazajistán por las invasiones de los hunos, y Mongolia por Gengis Khan. Que Kenia y Tanzania se disculpen con todo el planeta por las invasiones del Homo Sapiens. Sí que podrían disculparse, pero no lo hacen, Inglaterra con China, la India y la mitad de África, Francia con Vietnam y la otra mitad de África, Bélgica con el Congo, o Estados Unidos con medio planeta. Ninguno de ellos —concluye de manera determinante— construyó una civilización.”

Puede no gustar a todos. Probablemente no lo hará. Y quizá resulte aún más incómodo si se tiene en cuenta un dato que no es menor: Juan Manuel Zunzunegui es de origen mexicano. Escribe este libro a contracorriente del relato histórico que hoy sostienen de forma casi oficial los gobiernos de México. Especialmente los dos últimos, los de Andrés Manuel López Obrador y Claudia Sheinbaum, que han hecho de una lectura victimista y moralizante de la conquista uno de los pilares de su discurso político. Precisamente por eso, “El día siguiente de la conquista” tiene un valor añadido: no es una defensa identitaria escrita desde España, sino una reflexión crítica nacida desde dentro del propio mundo hispanoamericano, contra el pensamiento oficial y contra una versión de la historia convertida en herramienta de poder. Obliga a pensar, y eso, en tiempos de eslóganes y tópicos reciclados, ya es una virtud poco común.








Comentarios

Entradas populares de este blog

MOLINOS DE PAPEL: MEMORIA INDUSTRIAL, LINAJES FAMILIARES Y EL PANTEÓN DE UNA HISTORIA COMPARTIDA

EL HOSPITAL DE SANTIAGO DE CUENCA EN LA EDAD MEDIA

LA SANTA CENA DE PEDRO MERCEDES

Etiquetas

Mostrar más
ARTÍCULOS, COLABORACIONES Y CONFERENCIAS