EL OCASO DEL ESPADACHÍN: POLÍTICA, DESENGAÑO Y FIN DE UNA ÉPOCA
En la última singladura del capitán Alatriste, Arturo Pérez-Reverte dialoga con la gran novela de capa y espada europea para escribir no una aventura de ascenso, sino una elegía sobre el final del heroísmo.
Y es que
la relación entre “Misión en París” y “Los tres mosqueteros” no se establece en
el plano de la imitación, sino en el del contraste histórico y moral. Ambas
novelas comparten un mismo mundo: el de las intrigas diplomáticas, las misiones
secretas, las lealtades ambiguas y la política europea como juego de sombras.
También comparten un mismo tipo de protagonista: el soldado profesional que se
mueve en los márgenes del poder, ejecutando órdenes que no controla y sirviendo
a intereses que rara vez coinciden con los suyos.
Sin
embargo, donde Dumas construía una épica del inicio —la del joven D’Artagnan
que asciende, aprende y se integra en un mundo aún gobernado por la valentía, la
amistad y la audacia—, Pérez-Reverte escribe la épica inversa: la del final de
ciclo, la del hombre cansado que sabe que su código moral ya no rige el mundo.
No es casual, en este sentido, que la novela se inicie con un enfrentamiento
entre el capitán Alatriste y Athos, uno de los amigos de D’Artagnan -podría ser
cualquiera de ellos-, en el que cada uno de los espadachines, representa dos
estilos diferentes de esgrima, dos manera opuestas de enfrentarse con la
espada. Ni tampoco, desde luego, el postrero enfrentamiento entre el propio
caballero gascón y el relator de la historia, el todavía joven Iñigo Balboa,
convertido en esta entrega en correo real.
Alatriste
puede leerse, en este sentido, como el reverso crepuscular del mosquetero. Es
lo que queda cuando el brillo de la aventura se ha apagado, y la política ha
aprendido a prescindir del honor. Si en Dumas todavía es posible creer que el
valor individual puede influir en el curso de la historia, en “Misión en París”
esa ilusión ha desaparecido. La misión encomendada al capitán no busca la
gloria ni la justicia, sino el mantenimiento precario de una posición
internacional que España ya no puede sostener. El espadachín español se mueve
por París como un vestigio de otro tiempo, eficaz aún en el combate, pero cada
vez más irrelevante en el tablero donde se decide el poder real.
De esta
forma, es interesante acercarnos, aunque sea brevemente, a la Europa del siglo
XVII; en un momento en el que Europa está viviendo una crisis
estructural de orden político heredado del siglo anterior, marcada
por la Guerra de los Treinta Años, el agotamiento
financiero de los grandes imperios, y el surgimiento de un nuevo equilibrio de
poder. En ese contexto, el enfrentamiento entre la monarquía
hispánica y la Francia borbónica se convierte
en el eje central de la política continental. España, todavía la mayor potencia
territorial de Europa, sostiene un imperio extenso pero exhausto, defendido por
ejércitos formidables y por una concepción del honor y la hegemonía que
comienza a resultar anacrónica. Francia, por el contrario, avanza hacia la
modernidad política bajo el impulso centralizador de cardenal Richelieu, que entiende la guerra, no
como empresa caballeresca, sino como instrumento racional del Estado. La
rivalidad entre ambas potencias se manifiesta en múltiples frentes —Italia,
Flandes, Alemania— y no responde solo a motivos religiosos, sino a una lucha
abierta por la primacía europea. Ese largo pulso culminará simbólicamente en Rocroi (1643), donde la derrota de los Tercios
españoles a manos del ejército francés no supone tanto el fin inmediato del
poder español, como la constatación histórica de un cambio de época: el
tránsito definitivo de un mundo regido por la épica militar y el honor, a otro
dominado por la estrategia, la administración y la razón de Estado.
Esta
diferencia marca también la distancia entre ambos autores. Dumas escribe desde
un siglo XIX que necesita mitos fundacionales, héroes expansivos y relatos de
afirmación nacional. Pérez-Reverte, en cambio, escribe desde la conciencia
histórica del fracaso y del desgaste, y su mirada sobre el siglo XVII europeo está
atravesada por el conocimiento de lo que vendrá después. “Misión en París” no
celebra el nacimiento de la modernidad política, como hacía implícitamente
Dumas, sino que muestra su coste humano: la sustitución del honor por la razón
de Estado, de la espada por la intriga, del héroe por el funcionario del poder.
Por eso
esta novela funciona como una relectura adulta y desencantada de la tradición
de capa y espada. Pérez-Reverte no reniega de Dumas; al contrario, lo asume
como punto de partida imprescindible. Pero allí donde “Los tres mosqueteros” es
una novela de movimiento, de expansión y de camaradería, “Misión en París” es
una novela de contención, de soledad y de conciencia moral. Alatriste no tiene
un Athos, un Porthos ni un Aramis que amortigüen su destino; su fidelidad es
silenciosa y solitaria, y su ética no encuentra ya respaldo colectivo.
El París
que recorre Alatriste es, así, el mismo París literario de Dumas, pero visto
desde el otro lado del espejo. Es la ciudad donde la aventura ha sido absorbida
por la política y donde el heroísmo solo sobrevive como gesto individual sin
recompensa. En ese espacio, la figura del capitán adquiere una dimensión casi
trágica. No lucha para cambiar el mundo, sino para no traicionarse a sí mismo.
Esa es su grandeza y, al mismo tiempo, su condena.
En este diálogo implícito con la tradición de la
novela de capa y espada, hay un lugar que actúa como bisagra histórica y
literaria entre la obra de Alejandro Dumas
y la de Arturo Pérez-Reverte: La Rochelle. Su importancia excede con mucho la
anécdota militar o el decorado novelesco. La Rochela, dicho así, hispanizando
el término geográfico es el punto en el que la épica individual comienza a
perder su eficacia histórica, y donde se impone definitivamente la lógica del
Estado moderno. En la Francia del siglo XVII, el sitio de la ciudad y su
sometimiento por parte del poder real, bajo la dirección de Cardenal Richelieu, simbolizan el triunfo de la
razón de Estado sobre cualquier forma de autonomía política, religiosa o moral.
Tras La Rochela, ya no hay espacio para ciudades rebeldes ni para héroes que
actúen al margen del poder central.
En “Los tres
mosqueteros”, Dumas sitúa ese acontecimiento en el centro del relato, y
lo convierte en escenario privilegiado de la aventura. Allí todavía es posible
creer que el coraje, la amistad, y la espada, pueden influir en el curso de la
Historia. La Rochela aparece como el último gran teatro donde el heroísmo
individual conserva sentido, incluso cuando sirve, de manera ambigua, a los
planes de un poder cada vez más implacable. Es el canto romántico a un mundo
que se resiste a desaparecer, aunque ya esté condenado. En “Misión en París”,
los protagonistas no viven La Rochela como un hecho ya cerrado, sino que se
mueven en el contexto previo e inmediato del conflicto, cuando la maquinaria
política y militar francesa se está preparando para el asedio, y para la confrontación
decisiva con el bloque hugonote apoyado por Inglaterra. Es decir, La Rochela
aún no ha caído, y precisamente por eso la tensión es tan alta.
La crisis de La Rochelle es uno de los episodios
más significativos del conflicto religioso y político que sacude a Francia, y a
Europa entera, en la primera mitad del siglo XVII. Bastión histórico del
protestantismo hugonote, La Rochela no era solo una ciudad disidente en
términos confesionales, sino una auténtica entidad política autónoma, con
instituciones propias, milicia, flota y una red de alianzas internacionales que
desafiaban abiertamente la autoridad del rey. Para los hugonotes, la ciudad
representa la defensa de las libertades religiosas, garantizadas tras las
guerras de religión francesas; para la monarquía católica de Luis XIII, en
cambio, su existencia supone una negación intolerable de la soberanía real, y
una amenaza directa a la unidad del reino.
Por otra parte, en ese contexto relativo al asedio
de La Rochelle, la figura de Jean Guiton, conocido en algunas fuentes españolas
como Yinguitón, adquiere un valor histórico y simbólico que refuerza la
verosimilitud del mundo narrado en “Misión en París”. En efecto, más allá de
otros personajes históricos reales a los que ya conocemos por otras entregas de
la serie -Quevedo, el conde-duque de Olivares,
el duque de Buckingham,…-, y de otros nuevos en esta entrega -el
cardenal Richelieau o el propio monarca francés, Luis XIII-, quienes forman
parte de las más altas magistraturas de los tres gobiernos en liza, el alcalde
de La Rochela y principal dirigente de su resistencia, Guiton encarna la última
expresión del hugonotismo como poder político autónomo, capaz todavía de
desafiar a la monarquía católica de Luis XIII y al proyecto centralizador de
Cardenal Richelieu. Su determinación —legendariamente resumida en el juramento
de matar al primero que hablara de rendición— refleja un mundo aún regido por
el honor cívico, la lealtad colectiva y la resistencia abierta, un mundo que
está a punto de desaparecer. La presencia implícita de Yinguitón en el
horizonte histórico de la novela subraya precisamente esa condición de umbral:
los personajes de Pérez-Reverte actúan, mientras hombres como Guiton todavía
creen posible sostener una ciudad contra un Estado, aun cuando la Historia ya
ha decidido lo contrario. Así, Yinguitón funciona como contrapunto trágico de
Alatriste: ambos pertenecen a códigos de honor distintos pero igualmente
condenados, y ambos dan a la novela su densidad histórica al situarla en el
instante exacto en que la épica individual empieza a ser devorada por la
política moderna.
El enfrentamiento adquiere una dimensión
internacional cuando Inglaterra apoya a La Rochela, como parte de su estrategia
para debilitar a Francia y contener la influencia católica en Europa
occidental. Bajo la dirección política del cardenal Richelieu, el asedio de
1627–1628 se convierte así en una guerra total, no solo contra una ciudad
rebelde, sino contra un modelo alternativo de poder basado en la autonomía
confesional y el respaldo extranjero. La caída de La Rochela supone la derrota
definitiva del hugonotismo como fuerza política independiente, y consagra el
triunfo de la monarquía católica centralizada. Desde ese momento, la tolerancia
religiosa deja de ser una cuestión de equilibrio, y pasa a estar subordinada a
la razón de Estado, estableciendo un precedente clave para la construcción del
absolutismo moderno en Francia.
Así, La Rochela funciona en el texto como el punto
exacto de transición entre dos novelas, y dos concepciones diferentes del
heroísmo. En Dumas, es el último escenario donde la aventura todavía puede ser
celebrada; en Pérez-Reverte, es el acontecimiento histórico que explica por qué
la aventura ha dejado de ser posible. Alatriste es, en última instancia, el
heredero de ese fracaso: un espadachín formado para un mundo que murió en La
Rochela, obligado a sobrevivir en otro donde su ética ya no gobierna. Por eso “Misión
en París” no puede leerse solo como el cierre de una saga, sino como la
constatación literaria de que, desde La Rochela en adelante, la Historia ya no
necesita héroes; solo ejecutores.
Con “Misión
en París”, Pérez-Reverte no solo pone fin a una saga, sino que dialoga de igual
a igual con el gran relato fundacional de la novela de aventuras europea para
mostrar su agotamiento histórico. Donde Dumas ofrecía un canto al inicio,
Pérez-Reverte escribe una elegía del final. Y en ese tránsito, el capitán
Alatriste se convierte en el testigo lúcido de que los mosqueteros existieron,
de que su mundo fue posible… y de que ya no puede volver.
El podcast de Clio: EL OCASO DE ALATRISTE



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