EL OCASO DEL ESPADACHÍN: POLÍTICA, DESENGAÑO Y FIN DE UNA ÉPOCA

 En la última singladura del capitán Alatriste, Arturo Pérez-Reverte dialoga con la gran novela de capa y espada europea para escribir no una aventura de ascenso, sino una elegía sobre el final del heroísmo.

 

Con “Misión en París”, Arturo Pérez-Reverte cierra la serie del capitán Alatriste situándola, de manera consciente y deliberada, en el mismo espacio literario e histórico que dio origen al gran mito de la aventura moderna: la Francia del siglo XVII. No es una elección casual ni meramente escenográfica. París es aquí algo más que un escenario político; es el territorio simbólico donde la novela de capa y espada alcanzó su formulación canónica de la mano de Alejandro Dumas, y donde esa misma tradición es ahora revisada, cuestionada y, en cierto modo, despedida.

Y es que la relación entre “Misión en París” y “Los tres mosqueteros” no se establece en el plano de la imitación, sino en el del contraste histórico y moral. Ambas novelas comparten un mismo mundo: el de las intrigas diplomáticas, las misiones secretas, las lealtades ambiguas y la política europea como juego de sombras. También comparten un mismo tipo de protagonista: el soldado profesional que se mueve en los márgenes del poder, ejecutando órdenes que no controla y sirviendo a intereses que rara vez coinciden con los suyos.

Sin embargo, donde Dumas construía una épica del inicio —la del joven D’Artagnan que asciende, aprende y se integra en un mundo aún gobernado por la valentía, la amistad y la audacia—, Pérez-Reverte escribe la épica inversa: la del final de ciclo, la del hombre cansado que sabe que su código moral ya no rige el mundo. No es casual, en este sentido, que la novela se inicie con un enfrentamiento entre el capitán Alatriste y Athos, uno de los amigos de D’Artagnan -podría ser cualquiera de ellos-, en el que cada uno de los espadachines, representa dos estilos diferentes de esgrima, dos manera opuestas de enfrentarse con la espada. Ni tampoco, desde luego, el postrero enfrentamiento entre el propio caballero gascón y el relator de la historia, el todavía joven Iñigo Balboa, convertido en esta entrega en correo real.

Alatriste puede leerse, en este sentido, como el reverso crepuscular del mosquetero. Es lo que queda cuando el brillo de la aventura se ha apagado, y la política ha aprendido a prescindir del honor. Si en Dumas todavía es posible creer que el valor individual puede influir en el curso de la historia, en “Misión en París” esa ilusión ha desaparecido. La misión encomendada al capitán no busca la gloria ni la justicia, sino el mantenimiento precario de una posición internacional que España ya no puede sostener. El espadachín español se mueve por París como un vestigio de otro tiempo, eficaz aún en el combate, pero cada vez más irrelevante en el tablero donde se decide el poder real.

De esta forma, es interesante acercarnos, aunque sea brevemente, a la Europa del siglo XVII; en un momento en el que Europa está viviendo una crisis estructural de orden político heredado del siglo anterior, marcada por la Guerra de los Treinta Años, el agotamiento financiero de los grandes imperios, y el surgimiento de un nuevo equilibrio de poder. En ese contexto, el enfrentamiento entre la monarquía hispánica y la Francia borbónica se convierte en el eje central de la política continental. España, todavía la mayor potencia territorial de Europa, sostiene un imperio extenso pero exhausto, defendido por ejércitos formidables y por una concepción del honor y la hegemonía que comienza a resultar anacrónica. Francia, por el contrario, avanza hacia la modernidad política bajo el impulso centralizador de cardenal Richelieu, que entiende la guerra, no como empresa caballeresca, sino como instrumento racional del Estado. La rivalidad entre ambas potencias se manifiesta en múltiples frentes —Italia, Flandes, Alemania— y no responde solo a motivos religiosos, sino a una lucha abierta por la primacía europea. Ese largo pulso culminará simbólicamente en Rocroi (1643), donde la derrota de los Tercios españoles a manos del ejército francés no supone tanto el fin inmediato del poder español, como la constatación histórica de un cambio de época: el tránsito definitivo de un mundo regido por la épica militar y el honor, a otro dominado por la estrategia, la administración y la razón de Estado.

Esta diferencia marca también la distancia entre ambos autores. Dumas escribe desde un siglo XIX que necesita mitos fundacionales, héroes expansivos y relatos de afirmación nacional. Pérez-Reverte, en cambio, escribe desde la conciencia histórica del fracaso y del desgaste, y su mirada sobre el siglo XVII europeo está atravesada por el conocimiento de lo que vendrá después. “Misión en París” no celebra el nacimiento de la modernidad política, como hacía implícitamente Dumas, sino que muestra su coste humano: la sustitución del honor por la razón de Estado, de la espada por la intriga, del héroe por el funcionario del poder.

Por eso esta novela funciona como una relectura adulta y desencantada de la tradición de capa y espada. Pérez-Reverte no reniega de Dumas; al contrario, lo asume como punto de partida imprescindible. Pero allí donde “Los tres mosqueteros” es una novela de movimiento, de expansión y de camaradería, “Misión en París” es una novela de contención, de soledad y de conciencia moral. Alatriste no tiene un Athos, un Porthos ni un Aramis que amortigüen su destino; su fidelidad es silenciosa y solitaria, y su ética no encuentra ya respaldo colectivo.

El París que recorre Alatriste es, así, el mismo París literario de Dumas, pero visto desde el otro lado del espejo. Es la ciudad donde la aventura ha sido absorbida por la política y donde el heroísmo solo sobrevive como gesto individual sin recompensa. En ese espacio, la figura del capitán adquiere una dimensión casi trágica. No lucha para cambiar el mundo, sino para no traicionarse a sí mismo. Esa es su grandeza y, al mismo tiempo, su condena.

En este diálogo implícito con la tradición de la novela de capa y espada, hay un lugar que actúa como bisagra histórica y literaria entre la obra de Alejandro Dumas y la de Arturo Pérez-Reverte: La Rochelle. Su importancia excede con mucho la anécdota militar o el decorado novelesco. La Rochela, dicho así, hispanizando el término geográfico es el punto en el que la épica individual comienza a perder su eficacia histórica, y donde se impone definitivamente la lógica del Estado moderno. En la Francia del siglo XVII, el sitio de la ciudad y su sometimiento por parte del poder real, bajo la dirección de Cardenal Richelieu, simbolizan el triunfo de la razón de Estado sobre cualquier forma de autonomía política, religiosa o moral. Tras La Rochela, ya no hay espacio para ciudades rebeldes ni para héroes que actúen al margen del poder central.

En “Los tres mosqueteros”, Dumas sitúa ese acontecimiento en el centro del relato, y lo convierte en escenario privilegiado de la aventura. Allí todavía es posible creer que el coraje, la amistad, y la espada, pueden influir en el curso de la Historia. La Rochela aparece como el último gran teatro donde el heroísmo individual conserva sentido, incluso cuando sirve, de manera ambigua, a los planes de un poder cada vez más implacable. Es el canto romántico a un mundo que se resiste a desaparecer, aunque ya esté condenado. En “Misión en París”, los protagonistas no viven La Rochela como un hecho ya cerrado, sino que se mueven en el contexto previo e inmediato del conflicto, cuando la maquinaria política y militar francesa se está preparando para el asedio, y para la confrontación decisiva con el bloque hugonote apoyado por Inglaterra. Es decir, La Rochela aún no ha caído, y precisamente por eso la tensión es tan alta.

La crisis de La Rochelle es uno de los episodios más significativos del conflicto religioso y político que sacude a Francia, y a Europa entera, en la primera mitad del siglo XVII. Bastión histórico del protestantismo hugonote, La Rochela no era solo una ciudad disidente en términos confesionales, sino una auténtica entidad política autónoma, con instituciones propias, milicia, flota y una red de alianzas internacionales que desafiaban abiertamente la autoridad del rey. Para los hugonotes, la ciudad representa la defensa de las libertades religiosas, garantizadas tras las guerras de religión francesas; para la monarquía católica de Luis XIII, en cambio, su existencia supone una negación intolerable de la soberanía real, y una amenaza directa a la unidad del reino.

Por otra parte, en ese contexto relativo al asedio de La Rochelle, la figura de Jean Guiton, conocido en algunas fuentes españolas como Yinguitón, adquiere un valor histórico y simbólico que refuerza la verosimilitud del mundo narrado en “Misión en París”. En efecto, más allá de otros personajes históricos reales a los que ya conocemos por otras entregas de la serie -Quevedo, el conde-duque de Olivares,  el duque de Buckingham,…-, y de otros nuevos en esta entrega -el cardenal Richelieau o el propio monarca francés, Luis XIII-, quienes forman parte de las más altas magistraturas de los tres gobiernos en liza, el alcalde de La Rochela y principal dirigente de su resistencia, Guiton encarna la última expresión del hugonotismo como poder político autónomo, capaz todavía de desafiar a la monarquía católica de Luis XIII y al proyecto centralizador de Cardenal Richelieu. Su determinación —legendariamente resumida en el juramento de matar al primero que hablara de rendición— refleja un mundo aún regido por el honor cívico, la lealtad colectiva y la resistencia abierta, un mundo que está a punto de desaparecer. La presencia implícita de Yinguitón en el horizonte histórico de la novela subraya precisamente esa condición de umbral: los personajes de Pérez-Reverte actúan, mientras hombres como Guiton todavía creen posible sostener una ciudad contra un Estado, aun cuando la Historia ya ha decidido lo contrario. Así, Yinguitón funciona como contrapunto trágico de Alatriste: ambos pertenecen a códigos de honor distintos pero igualmente condenados, y ambos dan a la novela su densidad histórica al situarla en el instante exacto en que la épica individual empieza a ser devorada por la política moderna.

El enfrentamiento adquiere una dimensión internacional cuando Inglaterra apoya a La Rochela, como parte de su estrategia para debilitar a Francia y contener la influencia católica en Europa occidental. Bajo la dirección política del cardenal Richelieu, el asedio de 1627–1628 se convierte así en una guerra total, no solo contra una ciudad rebelde, sino contra un modelo alternativo de poder basado en la autonomía confesional y el respaldo extranjero. La caída de La Rochela supone la derrota definitiva del hugonotismo como fuerza política independiente, y consagra el triunfo de la monarquía católica centralizada. Desde ese momento, la tolerancia religiosa deja de ser una cuestión de equilibrio, y pasa a estar subordinada a la razón de Estado, estableciendo un precedente clave para la construcción del absolutismo moderno en Francia.

Así, La Rochela funciona en el texto como el punto exacto de transición entre dos novelas, y dos concepciones diferentes del heroísmo. En Dumas, es el último escenario donde la aventura todavía puede ser celebrada; en Pérez-Reverte, es el acontecimiento histórico que explica por qué la aventura ha dejado de ser posible. Alatriste es, en última instancia, el heredero de ese fracaso: un espadachín formado para un mundo que murió en La Rochela, obligado a sobrevivir en otro donde su ética ya no gobierna. Por eso “Misión en París” no puede leerse solo como el cierre de una saga, sino como la constatación literaria de que, desde La Rochela en adelante, la Historia ya no necesita héroes; solo ejecutores.

Con “Misión en París”, Pérez-Reverte no solo pone fin a una saga, sino que dialoga de igual a igual con el gran relato fundacional de la novela de aventuras europea para mostrar su agotamiento histórico. Donde Dumas ofrecía un canto al inicio, Pérez-Reverte escribe una elegía del final. Y en ese tránsito, el capitán Alatriste se convierte en el testigo lúcido de que los mosqueteros existieron, de que su mundo fue posible… y de que ya no puede volver.

 





El podcast de Clio: EL OCASO DE ALATRISTE











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