Mesopotamia, o cuando los mapas soñaron con ser eternos
Hay territorios que no existen sin relato. La vieja Mesopotamia, o lo que es lo mismo, la actual Irak, es uno de ellos. Antes que Estado, fue palabra; antes que frontera, fue memoria; antes que nación, fue ruina. En el corazón de esa tierra, entre el Tigris y el Éufrates, se cruzan hoy la literatura, la biografía y la política, como si el tiempo no hubiera aprendido a avanzar en línea recta. La última obra del escritor francés Olivier Guez, “Mesopotamia”, dedicada a la figura de la polifacética inglesa Gertrude Bell, nos devuelve a ese instante decisivo en el que una mujer, un imperio y un puñado de mapas creyeron que podían ordenar el mundo. El resultado, un siglo después, sigue ardiendo.
Y es que Mesopotamia, la región, no es solo un espacio geográfico, de la misma manera que Gertrude Bell no es solo un nombre o una entrada en un diccionario biográfico: ambas son una idea que persiste a través de los tiempos. Es el lugar donde la civilización comenzó a contarse a sí misma y donde, paradójicamente, la modernidad política ha fracasado una y otra vez. Hablar hoy de Mesopotamia, o de Irak, su heredero imperfecto, es hablar de una herida que no termina de cerrar. Y es también hablar de Gertrude Bell, la mujer que caminó ese territorio cuando aún era posible creer que el conocimiento, la erudición y el trato personal podían sustituir a la violencia desnuda del poder.En “Mesopotamia”, el libro, Olivier Guez escribe un texto inclasificable. No
es una novela en el sentido estricto, o al menos no es solamente una novela,
pero tampoco es una biografía académica al uso. Es, más bien, la crónica
literaria del derrumbe de un mundo y del nacimiento forzado de otro, tomando
como base la narración sobre el derrumbe de una vida. Porque el Irak actual,
fragmentado, tensionado, sometido a influencias externas, no se entiende sin
aquel momento en el que Mesopotamia dejó de ser un mosaico de pueblos,
lealtades y memorias. Se convirtió en un Estado trazado con regla sobre un mapa
colonial. Este mapa había sido delineado artificiosamente en las cancillerías
europeas.
En el centro de ese momento fundacional aparece la figura de Gertrude Bell,
cuya biografía no puede entenderse como la mera suma de aventuras personales,
sino como un caso excepcional de convergencia entre saber, poder y escritura.
Formada en Oxford con una brillantez poco común para una mujer de su tiempo,
Bell convirtió muy pronto el viaje en método de conocimiento. No fue una
turista ilustrada, sino una observadora sistemática del Oriente Próximo.
Aprendió árabe y persa, recorrió a caballo regiones vedadas para la mayoría de
los europeos y estableció relaciones directas con jefes tribales, notables
urbanos y autoridades religiosas. Ese capital humano, basado en la confianza
personal y en un conocimiento fino de equilibrios locales, fue lo que la
transformó, casi sin transición, en una pieza clave para la diplomacia
británica en la región.
Durante la Primera Guerra Mundial y los años inmediatamente posteriores, Bell
actuó como asesora política, analista y mediadora informal del Imperio
británico. Su trabajo no se limitó a la recopilación de información. Por el
contrario, participó activamente en la definición del nuevo orden surgido tras
la caída del Imperio otomano. En Bagdad, donde residió largos periodos de
tiempo, fue secretaria oriental del alto comisionado británico, y una de las
voces más influyentes en la configuración del futuro Estado iraquí. Defendió la
solución monárquica, apoyó la entronización de Faisal y sostuvo que solo un
liderazgo árabe, aunque tutelado, podría dotar de legitimidad al nuevo país.
Esa labor diplomática, ejercida desde una posición informal pero decisiva, la
convirtió en una de las arquitectas intelectuales del Irak moderno, con todo lo
que ello implica de lucidez política y de responsabilidad histórica.
Paralela a esa trayectoria política se desarrolló la Bell escritora, quizá
la faceta más duradera y reveladora de su legado. Sus libros de viajes,
estudios arqueológicos, cartas y diarios constituyen hoy una fuente de primer
orden para comprender el Oriente Próximo de comienzos del siglo XX. Bell
escribía con precisión topográfica, sensibilidad histórica y una notable
capacidad literaria, combinando descripción, análisis y reflexión personal. Su
prosa revela tanto la fascinación por el mundo árabe como los límites del
pensamiento imperial que la sostenía. En ese cruce entre escritura y poder
reside buena parte de su interés contemporáneo: Bell no solo ayudó a crear un
país, sino que dejó el relato de cómo se intentó hacerlo. Y ese relato, leído
hoy, es tan valioso como inquietante.
En este sentido, Gertrude Bell no fue una mera espectadora de su tiempo. Fue
una actriz principal en la creación del Irak moderno. Participó activamente en
la Conferencia de El Cairo de 1921, aconsejó a Winston Churchill, fue amiga de
Thomas Edward Lawrence, el célebre Lawrence de Arabia, defendió la coronación
de Faisal como rey del nuevo país iraquí y trabajó en la delimitación de las
fronteras, que aún hoy condicionan la vida de millones de personas. Su
conocimiento del terreno era real, profundo, ganado a pie del desierto. Sin
embargo, ese conocimiento se puso al servicio de una lógica imperial que creía
posible fabricar naciones como quien compone un puzle, cuyas piezas se están
construyendo al mismo tiempo que se ensamblan unas con otras.
Por otra parte, hay que destacar también el papel de la inglesa como espía,
agente encubierto al servicio de su país, sin dejar por ello de ser amiga de
los árabes. Guez describe así su primer encuentro con el propio Lawrence,
quien, como ella, también fue un experto historiador y un arqueólogo
aficionado, y quien, también como ella, fue un espía a medio camino entre su
patria inglesa y los árabes: “Tenían otra cosa en común, que se cuidaron de no
mencionar aquella noche, pero que muy pronto sospecharon: los dos arqueólogos
eran fieles informantes de los servicios de inteligencia. Los había reclutado,
por cierto, el mismo hombre calvo, el director de las excavaciones del yacimiento
de Carquemís, que fue conservador del Museo Ashmolean, y cuya hermana era
íntima amiga de Gertude desde la universidad —se está refiriendo a David George
Hogarth— Este hombre había tomado bajo su tutela al joven Lawrence, cuya
clasificación metódica de fragmentos de cerámica recogidos en la región de
Oxford lo había impresionado. Cuando el muchacho volvió de su primer viaje a
Siria, examinó sus cuadernos y fotografías y le creyó cuando le dijo que era
capaz de caminar trece horas al día y mezclarse con la población local sin
llamar la atención, como Kim, el héroe de Kipling, cuyas lecciones había
aprendido para ser un buen espía: disfrazarse, adoptar el modo de vida de los
nativos, hablar su idioma.”
Gertrude Bell llegó a Oriente Próximo como viajera culta, arqueóloga
aficionada y mujer de mundo. Pero terminó convirtiéndose en algo mucho más
peligroso: en intérprete entre civilizaciones, en mediadora entre tribus, en
asesora política de un imperio que no entendía del todo aquello que pretendía
gobernar. Su figura, central en el libro de Guez, encarna una paradoja moral
difícil de resolver. Fue, en fin, una mujer extraordinariamente libre en un
mundo de hombres, y al mismo tiempo una pieza clave del engranaje colonial
británico.
Guez entiende esa ambigüedad y la explota con inteligencia. Su “Mesopotamia”
no es un canto épico a la aventura, ni una celebración ingenua del orientalismo
ilustrado. Es un libro crepuscular. La protagonista —Bell, pero también el
propio Oriente Próximo, en aquel momento todavía otomano, o el propio Reino
Unido imperialista— avanza sabiendo que el mundo que ama está condenado. Las
ruinas que describe no son solo arqueológicas; son también ruinas políticas.
Cada ciudad, cada desierto, cada encuentro con jefes tribales, está atravesado
por la conciencia de que algo se está rompiendo para siempre.
Ahí reside el núcleo trágico de “Mesopotamia”, el libro, pero también estoy
hablando de la Mesopotamia física: la colisión entre una historia milenaria y
una modernidad impuesta desde el continente europeo. El Imperio otomano, con
todas sus limitaciones, había permitido una convivencia flexible de
comunidades, identidades y poderes locales. El modelo europeo de Estado-nación,
en cambio, exigía fronteras claras, centros de poder definidos, y una idea
homogénea de soberanía. De esta forma, Irak nació sin haber tenido tiempo de
convertirse antes en una nación verdadera. Guez lo describe claramente en el
libro, tal y como puede leerse en el siguiente párrafo, en una cita densa, pero
interesante, porque su “Mesopotamia” no es sólo la novela sobre la mujer, sino
también, sobre el país a cuyo nacimiento ella contribuyó de una manera tan
determinante:
“La explotación del petróleo iraquí empezó en 1927. Había dos oleoductos que
unían los yacimientos de Kirkuk con el Mediterráneo. Uno desembocaba en
Trípoli, en el Líbano francés; el otro, en Haifa, en la Palestina bajo mandato
británico, y se le llamó la carótida del imperio. El petróleo reportó ingresos
considerables al Estado iraquí, pues se quedaba con la mitad de los beneficios
obtenidos por el consorcio euroamericano que explotó los yacimientos a partir
de la década de 1950. Estos ingresos se multiplicaron por diez veinte años
después. Irak había nacionalizado su industria de hidrocarburos; el precio del
barril de petróleo se disparó tras las dos crisis del petróleo. Irak se dotó de
autopistas, hospitales y escuelas modernas. Pero también de un arsenal militar,
de armas químicas y biológicas y de un programa nuclear, durante el reinado de
Sadam Husein. Este se hizo con el poder en 1979, tras veinte años de
inestabilidad política y golpes de Estado sangrientos. Comenzó así un largo
descenso a los infiernos de Irak. Ocho años de guerra con Irán, la invasión de
Kuwait y, como castigo, la destrucción completa de sus infraestructuras por
parte de la coalición liderada por Estados Unidos —la operación Tormenta del
Desierto—. A esta operación surgieron severas sanciones internacionales que
empobrecieron considerablemente el país y a la población. De nuevo el petróleo
llevó a los estadounidenses a invadir Irak en 2003, como lo habían hecho los
británicos noventa años antes. Desde los albores de la humanidad, en
Mesopotamia se suceden los conquistadores que esperan hacerse con las riquezas
naturales de la región.”
Y continúa el escritor francés: “El pequeño imperio que Gertrude creó era
una quimera. Ni los kurdos ni las tribus chiíes quisieron nunca formar parte de
él, y los gobiernos autoritarios que se sucedieron en Bagdad los han reprimido
siempre, incluso gaseándolos con armas químicas y ametrallándolos con
helicópteros de combate bajo el régimen de Sadam Husein. Las bombas
incendiarias de la Real Fuerza Aérea británica mostraron el camino. El
derrocamiento del tirano por parte de los estadounidenses reabrió la caja de
Pandora iraquí.”
Guez subraya ese error original, el del país y el de la propia protagonista, con una prosa densa, reflexiva, casi melancólica. Y es que Gertrude Bell no supo encontrar nunca, a lo largo de toda su vida, un espacio para su propio corazón. Ese vacío íntimo no fue episódico, sino reiterado, casi estructural, y se manifestó en tres fracasos amorosos sucesivos, que marcaron de forma decisiva la vida de Gertrude Bell. El primero fue Henry Cadogan, su gran amor juvenil, cuya muerte prematura truncó una relación que, según revela su correspondencia, había sido estable, esperanzada y emocionalmente fundacional. El segundo, y quizá el más devastador, fue Charles Doughty-Wylie, oficial británico casado. Con él, Bell mantuvo una relación intelectual y afectiva de enorme intensidad, imposible por las convenciones sociales y cerrada de forma trágica con la muerte de él. Esto ocurrió durante el desembarco de las tropas inglesas en Gallípoli en 1915, en la Primera Guerra Mundial. El tercero fue Kinahan Cornwallis, funcionario imperial y especialista en Oriente Próximo, con quien Bell compartió afinidades profundas, complicidad intelectual, y una cercanía sostenida en el tiempo, pero que nunca llegó a transformarse en una vida común. Estos tres fracasos —la muerte temprana, la imposibilidad moral y la renuncia prolongada— no solo explican la soledad afectiva de Bell. También dialogan directamente con su entrega absoluta a Mesopotamia: incapaz de consolidar un hogar propio, volcó su energía emocional en la construcción de un orden político ajeno. Así, el fracaso del amor y el fracaso del proyecto iraquí aparecen, en retrospectiva, como dos expresiones de una misma tragedia moderna: la de creer que la inteligencia, la voluntad y la pasión, bastan para imponerse a la historia. Aquí también hay un espacio para la cita, una cita que nos remite al mismo momento en el que la protagonista sabe que está a punto de morir:
“Pero Gertrude tirita. Le arden los pulmones, la mente no para de pensar.
Desfilan imágenes como en un diaporama. Tiene miedo. Querría que la abrazaran,
la besaran y la tranquilizaran; querría sentir el aliento de Dick -Charles- en
sus párpados, estrechar las manos consoladoras de su padre y de su joven madre,
recibir una transfusión de amor y vida, y que la cogieran en brazos, ahora que
es tan ligera como una pluma. Se dice que nunca se ha acostado con un hombre, y
que ningún hombre ha cuidado de ella, que no ha tenido las verdaderas alegrías
de la vida. Gertrude enciende la lámpara. Busca algo en la mesita de noche y va
tambaleándose a una cómoda, de la que saca un cofre que lleva años cerrado. La
llave no entra en la cerradura. Llama a Marie, le pide que fuerce el candado y
que se retire enseguida; la tumba de sus amores difuntos no es asunto suyo.
Grita al ver que los gusanos han roído el sobre en el que guardaba el mechón de
pelo de Dick y algunas de sus cartas. Lo único que ha quedado intacto es una
frase de Cadogan: La vida es corta, por lo menos que sea buena. Gertrude rompe
a llorar con lágrimas amargas, el pecho agitado por la pena.”
Su Mesopotamia es un espacio condenado por el exceso de razón. Bell y sus
contemporáneos creyeron que el conocimiento histórico, etnográfico y
lingüístico, bastaría para compensar la violencia simbólica de la imposición
colonial. No entendieron, o no quisieron entender, que los mapas también matan.
Un siglo después, Mesopotamia sigue siendo un tablero de juego para potencias
externas. Ya no es solo el Reino Unido el país que desea influir en el juego
abrupto de la diplomacia. Estados Unidos, Irán, Turquía, Rusia…, todos
proyectan sobre Irak sus intereses estratégicos, del mismo modo que Gran
Bretaña lo hizo en su momento. La diferencia es que hoy ya no existe la ilusión
romántica del viajero erudito. La política se ha vuelto más cruda, más cínica,
más tecnológica. Pero las líneas maestras del conflicto siguen siendo las
mismas: tensiones sectarias, disputas territoriales, identidades superpuestas.
Porque Gertrude Bell representa lo mejor y lo peor de una época: la fe en el
conocimiento, el respeto por la cultura ajena, la capacidad de diálogo. Al
mismo tiempo, muestra la arrogancia de creer que todo eso legitima el derecho a
decidir en el lugar de los otros. Esa tensión atraviesa Mesopotamia, el libro y
el espacio geográfico al que hace referencia, como una grieta permanente. Guez
no ofrece soluciones ni moralejas; ofrece preguntas. Y en un mundo saturado de
respuestas simplistas, eso es quizá lo más honesto.
La situación política actual de Irak, con un Estado débil, una sociedad
fragmentada, y una soberanía constantemente negociada, no puede desligarse de
aquel momento en el que Mesopotamia fue “inventada” como entidad política
moderna. Las fronteras trazadas entonces, desde las diversas cancillerías
europeas, siguen condicionando la vida cotidiana hoy en día, los conflictos
internos, y la percepción externa del país. La historia, aquí, no es pasado,
sino estructura. Y en ese sentido, el libro del escritor francés funciona como
advertencia. Nos recuerda que no basta solo con conocer un territorio para
comprenderlo, ni con admirar una cultura para respetar su autonomía. La
verdadera lección de Mesopotamia no está en sus ruinas arqueológicas o en su
pasado glorioso, sino en sus cicatrices actuales.
Gertrude Bell amó esa tierra con una intensidad que pocos occidentales han
alcanzado. Pero ese amor no la libró de cometer errores históricos. Quizá por
eso sigue fascinándonos su figura; porque en ella se concentran nuestras
mejores intenciones y nuestras peores consecuencias. Leerla, a través de Guez,
es aceptar que la historia no se escribe solo con buenas ideas, sino, sobre
todo, con responsabilidades que se heredan. Leer hoy la “Mesopotamia” de Guez,
no es solo un ejercicio de nostalgia política, sino, sobre todo, de lucidez
intelectual. Este libro nos recuerda que la historia no se cierra, que los
errores fundacionales pesan durante generaciones, y que la literatura puede, y
debe, ayudarnos a pensar políticamente el pasado. Gertrude Bell no es solo un
personaje fascinante: es un espejo incómodo en el que Occidente debería
mirarse.
Mesopotamia, al final, no es solo un lugar. Es una pregunta abierta. Y
mientras esa pregunta siga sin respuesta, seguirá siendo necesario volver a
estos libros, a estas vidas, a estos mapas que soñaron con ser eternos, y
terminaron convirtiéndose en fronteras sangrantes.
El podcast de Clio: GERTRUDE BELL Y LA INVENCIÓN DE MESOPOTAMIA




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