La conquista de Cuenca: lo que cuenta la leyenda y lo que dice la historia
Hay ciudades cuya historia puede contarse únicamente a través de los documentos. Y hay otras que, además de documentos, conservan leyendas. Cuenca pertenece, sin duda, a estas últimas. Su pasado está poblado de personajes que se mueven en esa frontera imprecisa en la que la historia termina por confundirse con la tradición: reyes y pastores, vírgenes que se aparecen en mitad de la noche, soldados escondidos bajo pieles de carnero, guardianes ciegos, llaves entregadas solemnemente al vencedor y cruces que parecen señalar, muchos siglos después, el lugar exacto donde sucedieron unos acontecimientos que quizá nunca ocurrieron allí.
La historia de la conquista de Cuenca ha sido adornada desde hace muchos años por hermosas leyendas y tradiciones, que no deberíamos despreciar. Todo lo contrario. Quienes amamos la historia de Cuenca tenemos también la obligación de conocerlas, conservarlas y transmitirlas, porque forman parte de nuestro patrimonio cultural tanto como las murallas, las iglesias, los viejos documentos de nuestros archivos o las piedras centenarias de la ciudad. Las leyendas nos hablan, si no siempre de lo que realmente sucedió, sí de cómo las generaciones posteriores quisieron imaginar aquello que había sucedido. Pero una cosa es amar una leyenda y otra muy distinta convertirla en historia. Y precisamente porque ambas cosas son compatibles —el respeto por la tradición y el rigor del historiador— conviene regresar una vez más a aquel año de 1177 en el que Alfonso VIII consiguió incorporar definitivamente Cuenca al reino de Castilla. Un pastor, unas ovejas y un guardián ciego. Probablemente ninguna leyenda relacionada con la conquista de Cuenca resulta tan hermosa y novelesca como la de Martín Alhaja. La escena parece escrita expresamente para un relato medieval.
Cuenca llevaba meses cercada por las tropas cristianas. La
formidable situación de la ciudad, protegida de manera natural por las hoces de
sus dos ríos principales, el Júcar y el Huécar, y defendida además por sus
murallas, hacía extraordinariamente difícil cualquier intento de asalto por las
armas. Alfonso VIII necesitaba encontrar un punto débil en aquel extraordinario
sistema defensivo. Y entonces aparece nuestro protagonista. Martín Alhaja
sería, según la tradición, un pastor cristiano que vivía entre los musulmanes, y
que conocía perfectamente todos los accesos a la ciudad. Cierto día fue
sorprendido por soldados cristianos, cuando se encontraba fuera de las murallas
con su rebaño. Aquellos que le acompañaban en su tarea de apacentar los rebaños
de la ciudad fueron muertos, pero él consiguió salvarse al revelar su condición
como cristiano.
Y, sobre todo, al haber revelado un importante secreto a los
soldados cristianos. En la ciudad había una puerta pequeña, vigilada por un
anciano ciego, por la que entraban los rebaños cada tarde, cuando estaba a
punto de anochecer: la puerta de Aljaraz, identificada tradicionalmente con la
posterior puerta de San Juan. Cuando regresaba el ganado, el viejo portero se
situaba junto a la entrada, y contaba uno a uno a los animales, palpándolos el
lomo. De esa manera podía comprobar que ninguna oveja se había quedado fuera o
había sido entregada a los sitiadores. Martín Alhaja comprendió inmediatamente
las posibilidades que ofrecía aquella circunstancia.
Animados los cristianos por las palabras del pastor, fueron
sacrificados varios carneros, y algunos soldados cristianos se cubrieron con
sus pieles, con el fin de intentar engañar al vigilante. Al caer la noche, el
pastor condujo el rebaño hacia la puerta. En efecto, el anciano fue palpando
uno por uno aquellos cuerpos cubiertos de lana. Oveja tras oveja. Carnero tras
carnero. Y entre ellos, agachados y ocultos bajo las pieles, pasaron también algunos
soldados de Alfonso VIII. Una vez dentro, todo habría sucedido rápidamente. Los
cristianos se desprendieron de su disfraz, redujeron a las tropas musulmanas
que vigilaban aquella zona, se apoderaron de aquel punto de la muralla y
facilitaron la entrada de sus compañeros. Después vendría el combate por las
calles y, finalmente, la rendición de la ciudad.
Es una historia magnífica. Y precisamente por ello ha
sobrevivido durante siglos. Todavía hoy, el nombre de Martín Alhaja permanece
unido a Cuenca y a una conocida fuente de la ribera del río Júcar. El problema
aparece cuando dejamos de preguntarnos si la historia es hermosa y empezamos a
preguntarnos si es verdadera. El hecho de que un mismo pastor aparezca dos
veces plantea, en efecto, un inconveniente a la hora de considerarlo un
personaje histórico real. Martín Alhaja aparece también en otra de las grandes
empresas militares de Alfonso VIII, y no en una cualquiera: treinta y cinco
años después de la conquista de Cuenca, en 1212. Así, el anciano monarca
castellano se enfrentó a los almohades en Las Navas de Tolosa, donde tuvo
también la ayuda de otro pastor de igual nombre, quien les enseñó a los
cristianos la forma de poder llegar hasta el campamento del califa almohade,
Muhámmad an-Násir, conocido entre los cristianos como Miramamolín—, tiene, en
efecto, un inconveniente para poder ser considerado como un personaje histórico
real.
En efecto, también allí aparece un pastor. Las fuentes
medievales hablan de un hombre de aquellas tierras, conocedor de Sierra Morena,
que mostró a los cristianos un paso por el que podían superar las posiciones
musulmanas. El obispo de Toledo, Rodrigo Jiménez de Rada, contemporáneo de
aquellos acontecimientos, habla de aquel hombre, pero no lo llama Martín
Alhaja. El nombre aparecerá mucho tiempo después, cuando la historia empiece ya
a revestirse con los ropajes de la leyenda. Y ahí surge una coincidencia
demasiado llamativa. Tenemos al mismo rey, Alfonso VIII. Tenemos de nuevo un
ejército cristiano que encuentra dificultades para superar un obstáculo para
alcanzar sus intereses militares. Y tenemos nuevamente un pastor providencial
que conoce el terreno y que muestra a los soldados el camino que les permitirá
alcanzar la victoria. La historiografía conquense terminó trasladando ese
personaje hasta 1177, convirtiéndolo en protagonista de la conquista de nuestra
ciudad. De hecho, autores conquenses de siglos posteriores ya pusieron en duda
la veracidad de la historia. La tradición de Martín Alhaja en Cuenca parece,
por tanto, una reelaboración legendaria de motivos que aparecen también en el
relato de Las Navas de Tolosa.
Pero la imaginación popular todavía fue más lejos. Porque
aquel misterioso pastor de Las Navas terminó siendo identificado, nada menos,
que con San Isidro Labrador, santo patrono de Madrid y de todos los
agricultores. Según una tradición posterior, Alfonso VIII habría visitado en
Madrid el sepulcro del santo y, al contemplar su cuerpo, reconoció en él al
misterioso pastor que años antes le había mostrado el camino en Sierra Morena.
La tradición llegó incluso a incorporarse al proceso de canonización del santo
madrileño. Y a partir de ahí las leyendas terminaron entrelazándose: el pastor
de Las Navas, Martín Alhaja, San Isidro y el pastor de la conquista de Cuenca
acabaron convertidos, en algunas versiones, en una misma persona. Hermoso,
desde luego. Histórico, difícilmente. Sobre todo si tenemos en cuenta que al
monarca no le quedaría ya demasiado tiempo de vida para visitar la futura
capital de España: fallecería en 1214, apenas dos años después de la victoria
definitiva sobre los almohades. Por otra parte, aunque San Isidro en parte
coetáneo a Alfonso VIII, y falleció según las fuentes más fiables hacia el año
1172, cinco años antes de la conquista de Cuenca, la tradición es muy
posterior. Parece ser que el primero que identificó a ambos personajes fue Alonso
de Villegas, en su “Vida de Isidro Labrador”, escrita a finales del siglo XVI.
En todo caso, la primera biografía escrita sobre el santo, el llamado “Códice
de Juan Diácono”, de hacia 1270-1275, nada informa sobre ello.
Entonces, ¿por dónde entraron realmente las tropas de
Alfonso VIII cuando conquistaron Cuenca en 1177? Descartada la fantástica
infiltración de soldados disfrazados de ovejas por la puerta de San Juan,
debemos mirar a la topografía de la ciudad para intentar responder a esta
pregunta. Y la topografía de Cuenca dice muchas cosas. Todo indica que la
entrada definitiva de las tropas cristianas debió producirse por la parte alta
de la ciudad, por la zona del castillo, verdadero punto estratégico del sistema
defensivo musulmán. Allí se encontraba el acceso principal a la fortaleza, y
allí tenía sentido concentrar el esfuerzo militar una vez quebrada la
resistencia de los defensores. El 21 de septiembre de 1177, festividad de San
Mateo, Cuenca pasó definitivamente a manos cristianas. Lo verdaderamente
importante no necesita disfraces de piel de carnero. Alfonso VIII había
conseguido conquistar una de las plazas más difíciles de la frontera castellana
después de un largo asedio. La importancia estratégica de Cuenca era enorme, y
su incorporación a Castilla transformaría profundamente el equilibrio
territorial de toda esta zona peninsular.
La segunda gran tradición relacionada con la conquista de
Cuenca es todavía más querida por los conquenses porque afecta directamente a
nuestra patrona, la Virgen de la Luz. La leyenda cuenta que durante las largas
noches del asedio los soldados cristianos observaron una misteriosa luminosidad
en las inmediaciones del río Júcar. Una luz aparecía una y otra vez en la
oscuridad, despertando primero la curiosidad y después la esperanza de los
sitiadores, hasta que la Virgen se apareció a Alfonso VIII —en otras versiones,
a los soldados— y anunció que la conquista de Cuenca estaba ya próxima. El rey,
agradecido por aquella protección celestial, habría mandado levantar después
una ermita en aquel lugar, origen remoto del actual santuario que está dedicado
a la Virgen de la Luz.
De nuevo estamos ante una bellísima leyenda. Y de nuevo la
documentación histórica nos obliga a contar una historia diferente. La
advocación que existió allí durante muchos siglos no fue la de la Virgen de la
Luz, sino la de Nuestra Señora del Puente. Junto al Júcar, al lado de un
importante puente que, al parecer, había sido construido por los musulmanes, se
establecieron en la Edad Media los religiosos antonianos o antoneros, cuya
presencia en Cuenca está documentada desde mediados del siglo XIV. Allí desarrollaron
un importante complejo religioso y asistencial destinado, entre otras
funciones, a atender a los enfermos que padecían el llamado fuego de San Antón
o “mal francés”, enfermedad que hoy identificamos fundamentalmente con el
ergotismo, que está provocado por la ingestión de cereales contaminados por el
cornezuelo del centeno, un parásito de estos alimentos. La documentación es
suficientemente clara. En aquel lugar se encontraba la ermita de Nuestra Señora
del Puente, y bajo ese nombre fue conocida la Virgen que allí recibía culto durante
los siglos siguientes.
Pero la cronología resulta obstinada. Cuando Alfonso VIII
conquistó Cuenca, en 1177, todavía faltaban casi dos siglos para que los
antoneros establecieran allí su hospital, y muchos más para que la antigua
Virgen del Puente terminara convirtiéndose para los conquenses en Nuestra
Señora de la Luz. La leyenda nació después. Mucho después. Y precisamente por
eso resulta tan interesante: porque nos permite comprobar cómo una ciudad
construye su memoria y cómo cada generación va incorporando nuevos elementos
hasta terminar creando una tradición que parecía haber existido desde siempre.
La propia documentación conservada demuestra que durante los
siglos XV y XVI la devoción a la Virgen del Puente estaba perfectamente
asentada entre los conquenses. El complejo antoniano fue creciendo y
transformándose hasta que, ya en el siglo XVIII, José Martín de Aldehuela dio
al templo la extraordinaria configuración barroca que todavía hoy admiramos. Fue
precisamente durante aquellos siglos modernos cuando empezó a extenderse la
nueva advocación de la Virgen de la Luz, que terminó desplazando definitivamente
a la antigua denominación de la Virgen del Puente.
La tradición relacionó esa nueva advocación con las
luminarias milagrosas que supuestamente habían contemplado las tropas de
Alfonso VIII durante el cerco. Incluso el candil que acompaña iconográficamente
a la Virgen terminó reforzando la leyenda y permitiendo reconstruir hacia atrás
una historia según la cual aquella «luz» había acompañado a los cristianos
desde 1177. Un candil, por otra parte, que se sabe documentalmente que había
sido ofrecido a la talla mariana en la segunda mitad del siglo XV por uno de
los canónigos de la catedral, el chantre Álvaro Núñez de Fuente Encalada.
Hay todavía otra tradición que conviene revisar. Durante
mucho tiempo se ha repetido que Alfonso VIII instaló su campamento en el actual
Campo de San Francisco, aproximadamente en el espacio que hoy ocupa el Palacio
de la Diputación Provincial y sus jardines. Resulta difícil sostenerlo desde un
punto de vista militar. Basta situarse en ese lugar y mirar hacia la ciudad
antigua para comprender el problema. Un campamento instalado allí habría
quedado demasiado próximo a las defensas musulmanas y, sobre todo, excesivamente
expuesto a las incursiones defensivas de los sitiados. Un ejército medieval que
mantenía durante meses el cerco de una plaza tan importante necesitaba disponer
sus reales en una posición suficientemente segura, con espacio para hombres,
animales, almacenes y servicios, buenas comunicaciones con la retaguardia y una
distancia prudencial respecto de las murallas. No cabe duda de que el
posteriormente llamado Campo de San Francisco, a raíz de la instalación allí de
un convento franciscano, no disponía de ninguna de estas cosas. Por lo tanto, parece mucho más razonable
pensar que el campamento principal de Alfonso VIII se encontraba más alejado de
las murallas, aunque determinadas unidades pudieran establecer posiciones
avanzadas alrededor de la ciudad para completar el cerco.
Y si el campamento real no estaba en el Campo de San
Francisco, tampoco pudo producirse allí la solemne entrega de las llaves de
Cuenca por el caíd musulmán de Cuenca al rey castellano, lo cual configura otra
de esas imágenes que la tradición ha terminado fijando en nuestra memoria
colectiva. La propia denominación de aquel espacio contribuyó seguramente a
alimentar la leyenda. El nombre parece transportarnos inmediatamente a la Edad
Media, a un lugar sagrado levantado para recordar la victoria cristiana o la
entrega de la ciudad a Alfonso VIII.
Pero tampoco fue así. La cruz que dio nombre al lugar
pertenece a una realidad histórica muy posterior. Fue levantada en las primeras
décadas del siglo XVI, junto al convento de San Francisco, a iniciativa de ciertas
personas relacionadas con el cabildo de la Misericordia y de algunos regidores del
Ayuntamiento. Estamos hablando, por lo tanto, de aproximadamente tres siglos y
medio después de la conquista. La cruz tuvo su propia función religiosa y
urbana. Los humilladeros eran lugares de oración situados habitualmente en las
entradas o salidas de las poblaciones y junto a caminos importantes. Con el
paso de los siglos, sin embargo, aquella cruz terminó incorporándose al
imaginario de la conquista y proporcionando un escenario físico a un
acontecimiento que necesitaba un lugar concreto donde ser recordado. De esta
forma, la Cruz del Humilladero, como muchas veces es llamado también el lugar,
en sintonía con esta tradición, no tiene nada que ver con este hecho histórico.
Así funciona muchas veces la memoria colectiva. Primero
existe un lugar. Después se olvida por qué se llama de determinada manera. Y
finalmente aparece una leyenda capaz de explicarlo. Las leyendas también son
patrimonio. Nada de todo esto debería llevarnos a despreciar las viejas
historias conquenses. Sería un error. Martín Alhaja debe seguir viviendo en
nuestra memoria. Debemos seguir contando la historia del anciano ciego que
palpaba las ovejas mientras los soldados de Alfonso VIII, cubiertos con pieles de
carnero, atravesaban silenciosamente la puerta de San Juan. Debemos seguir
contando que, durante las noches del asedio, una misteriosa luz apareció junto
al Júcar y que la Virgen anunció a los cristianos que Cuenca estaba a punto de
caer. Y debemos recordar la tradición que sitúa al caíd musulmán entregando las
llaves de la ciudad al joven rey Alfonso VIII. Porque todas esas historias son
nuestras.
Pero debemos contarlas precisamente como lo que son:
leyendas. La historia tiene otras exigencias. Necesita documentos, arqueología,
cronología, análisis de las fuentes y conocimiento de la topografía. No puede
convertir una tradición tardía en un acontecimiento real e histórico del siglo
XII simplemente porque la historia sea hermosa. Y quizá no sea necesario
elegir. Podemos emocionarnos con Martín Alhaja y, al mismo tiempo, saber que
probablemente nunca existió. Podemos venerar a la Virgen de la Luz y conocer
que durante siglos fue la Virgen del Puente. Podemos conservar la memoria del
Humilladero y saber que su cruz no tiene ninguna relación histórica con la
rendición musulmana de 1177. La leyenda pertenece a la memoria. La historia
pertenece al conocimiento. Y ambas forman parte de la realidad de Cuenca.
Precisamente por eso, quisiera terminar estas líneas con una
cuestión que ya he defendido en otras ocasiones. Alfonso VIII es una figura
fundamental para comprender la historia de nuestra Cuenca. No solo conquistó la
ciudad en 1177. La dotó posteriormente de un fuero extraordinariamente
importante, que por cierto está reflejado en uno de los cuarteles de la
Excelentísima Diputación Provincial; favoreció su repoblación; y convirtió
aquella antigua ciudad musulmana en una de las plazas fundamentales de la Castilla
medieval, dotándola de uno de los obispados más importantes, económicamente
hablando. Cuenca tiene una deuda histórica con Alfonso VIII. Y contamos con un
magnífico monumento dedicado al monarca en los jardines del Palacio de la
Diputación Provincial. Una escultura de Miguel Zapata que, sin embargo, tiene
un problema difícil de comprender: está demasiado escondida, tanto para los
conquenses como para los visitantes. Su actual ubicación hace que pase
inadvertida para todos ellos. Hay que entrar prácticamente en los jardines y
buscarla para descubrirla. No parece el lugar adecuado para quien debería ser
uno de los grandes protagonistas del paisaje monumental de nuestra ciudad.
Por ello, quizá haya llegado el momento de que la Diputación
Provincial estudie el traslado de la estatua dentro de sus propios jardines,
llevándola a la parte delantera, a uno u otro lado de la fachada principal del
Palacio Provincial. No sería necesario sacarla de su entorno actual. Bastaría
con adelantarla hacia la calle Aguirre. Allí sería mucho más visible desde esta
calle, mucho más transitada que la otra. Allí, el monarca recibiría
simbólicamente a todos aquellos que necesiten acercarse al palacio principal.
Allí los conquenses podrían contemplar cotidianamente la imagen del rey que
incorporó definitivamente Cuenca a Castilla. Y habría, además, algo
especialmente significativo en ese traslado. Durante mucho tiempo, la leyenda
quiso colocar precisamente en aquellos terrenos el campamento del rey y la
entrega de las llaves de la ciudad. Hoy sabemos que las cosas no debieron
suceder así. No necesitamos inventar que Alfonso VIII estuvo allí en 1177 para
justificar que su estatua ocupe en el siglo XXI un lugar destacado. Nos basta
con la historia.
Porque las leyendas de Cuenca son hermosas y debemos
conservarlas. Debemos contarlas a nuestros hijos y a nuestros nietos, mantener
viva la figura del pastor Martín Alhaja, la del viejo guardián ciego, la
memoria de las misteriosas luminarias junto al Júcar, y de aquel caíd que,
según la tradición, descendió hasta aquí para entregar las llaves de la ciudad,
una vez se había visto derrotado por el poderoso monarca cristiano. Pero al
lado de esas leyendas debemos colocar siempre la historia. No para destruirlas.
No para reírnos de quienes las creyeron, sino para comprender cómo nacieron y
por qué han llegado hasta nosotros. Porque conocer la diferencia entre la
historia y la leyenda no empobrece nuestro pasado. Al contrario. Lo hace mucho
más fascinante.
El podcast de Clio: LA CONQUISTA DE CUENCA, ENTRE LA LEYENDA Y LA HISORIA




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