Alonso de Ojeda, el conquense que dio nombre a Venezuela: Una historia de descubrimiento, hermandad y esperanza

 Las imágenes del reciente terremoto que ha vuelto a golpear a Venezuela han despertado la solidaridad del mundo entero. De nuevo, un pueblo hermano afronta el dolor provocado por la fuerza de la naturaleza, sumándose a las dificultades que desde hace años padecen millones de venezolanos. Para España, y especialmente para Cuenca, esta tragedia adquiere un significado especial, porque fue precisamente un conquense, Alonso de Ojeda, quien, según una tradición historiográfica ampliamente aceptada, dio nombre a aquellas tierras al contemplar los poblados indígenas construidos sobre pilotes, que le recordaron a la ciudad de Venecia. Aquella "pequeña Venecia", Venezuela, nacía así para la historia.

 

No deja de resultar sorprendente que uno de los personajes más universales de la provincia de Cuenca sea hoy tan poco conocido por algunos de los propios conquenses, especialmente entre la gente más joven. Mientras otras ciudades reivindican con orgullo a sus grandes exploradores, la memoria de Alonso de Ojeda permanece casi olvidada. Sin embargo, su figura ocupa un lugar destacado entre los protagonistas de la Era de los Descubrimientos.

Nacido hacia 1468 en Cuenca, aunque la localidad de Torrejoncillo del Rey también reivindica ser el lugar de nacimiento de este ilustre conquense, Ojeda destacó desde muy joven por su extraordinario valor, su habilidad como jinete, y su carácter decidido. Se cuenta que cuando era todavía muy joven, antes de su aventura americana, el conquense, enterado de que la reina Isabel deseaba saber la longitud de una enorme viga de madera que sobresalía en uno de los vanos de la torre de la Giralda, a muchos metros de altura, subió decidió hasta allí y, puesto de pie sobre ella, la midió contando los pasos que daba sobre el vacío. Gracias a la protección del duque de Medinaceli participó en la Guerra de Granada, y más tarde llamó la atención del obispo Juan Rodríguez de Fonseca, uno de los principales organizadores de la política castellana en las Indias.

El descubrimiento de América abrió horizontes desconocidos para toda una generación de aventureros. Alonso de Ojeda embarcó con Cristóbal Colón en el segundo viaje en 1493, en el que adquirió una valiosa experiencia recorriendo las Antillas y explorando el interior de La Española. Aquellos años le proporcionaron los conocimientos necesarios para emprender su propia expedición. En 1499 recibió autorización de los Reyes Católicos para organizar un viaje, independiente de los que había organizado el navegante genovés. Lo acompañaban dos personajes de enorme importancia histórica: Américo Vespucio y el cartógrafo Juan de la Cosa. Tras cruzar el Atlántico comenzaron a recorrer las costas septentrionales de Sudamérica, explorando territorios que hasta entonces ningún europeo había descrito con precisión.

El momento culminante de aquel viaje llegó cuando la expedición penetró en el golfo de Venezuela. Allí encontraron numerosos poblados indígenas, que estaban levantados sobre pilotes de madera, comunicados entre sí mediante pasarelas trazadas sobre el agua. Aquella imagen evocó inevitablemente a los exploradores la ciudad italiana de Venecia. Según la tradición que aquí defendemos, fue Alonso de Ojeda quien comparó aquel paisaje con una "pequeña Venecia", dando origen al nombre de Venezuela. Más allá de la discusión historiográfica sobre la autoría exacta del topónimo, lo verdaderamente importante es que aquel viaje situó a Ojeda entre los grandes exploradores de su tiempo. Nombrar un territorio significaba incorporarlo al mundo conocido, y dejar una huella imborrable en la historia. Cinco siglos más tarde, el nombre de Venezuela sigue recordando a aquella expedición que fue protagonizada por un hijo de la tierra conquense.

Ojeda regresó a España convertido en un navegante prestigioso, y realizó posteriormente nuevas expediciones por Tierra Firme, explorando las actuales costas de Venezuela y Colombia. Su vida, sin embargo, estuvo marcada tanto por los éxitos como por las dificultades. Las enfermedades, las rivalidades entre conquistadores y la dureza de aquellas empresas terminaron alejándolo de la primera línea. El “Caballero de la Virgen”, tal y como era llamado por su firme religiosidad y por la devoción que sentía por la Virgen María, falleció en Santo Domingo hacia 1515, prácticamente olvidado, una circunstancia frecuente entre quienes abren caminos para que otros los recorran después.

Su legado, sin embargo, sobrevivió al paso de los siglos. Desde entonces, España y Venezuela quedaron unidas por una historia común que se prolongó durante más de trescientos años. Compartieron lengua, instituciones, tradiciones y una cultura que aún hoy constituye uno de los grandes patrimonios de ambos pueblos. A principios del siglo XIX, Venezuela, como el resto de aquellas tierras que hasta entonces habían sido parte de España, obtuvo la independencia, pero la relación no terminó con ella. Durante buena parte del siglo XX fue Venezuela quien tendió la mano a España. Miles de compatriotas españoles, muchos de ellos castellanos y manchegos, conquenses en general, encontraron allí el futuro que la difícil situación económica española no podía ofrecerles. Aquella nación acogió con enorme generosidad a quienes llegaban con poco más que una maleta y el deseo de trabajar. Muchos españoles prosperaron gracias a esa hospitalidad, y nunca olvidarían la tierra que los recibió.


Precisamente por ello resulta especialmente doloroso contemplar la situación que hoy vive Venezuela. Pocos países reúnen unas condiciones naturales tan extraordinarias. Posee algunas de las mayores reservas de petróleo del planeta, importantes yacimientos de gas, hierro, aluminio, oro y coltán, además de una riqueza agrícola e hidráulica excepcional. Durante décadas fue uno de los países más prósperos de América Latina, y un referente para millones de emigrantes europeos.

Sin embargo, aquella inmensa riqueza natural no se tradujo en el bienestar que cabría esperar de una nación privilegiada por sus recursos naturales. El progresivo deterioro de las instituciones democráticas, la concentración del poder, la pérdida de libertades públicas, el colapso económico y la emigración masiva, han convertido a Venezuela en el ejemplo más dramático de cómo un país extraordinariamente rico puede precipitarse hacia una profunda crisis cuando desaparecen los contrapesos propios de un Estado de derecho.

La comunidad internacional no ha permanecido ajena a esta realidad. Organismos de las Naciones Unidas, organizaciones de defensa de los derechos humanos y numerosos gobiernos democráticos, han denunciado durante años detenciones arbitrarias, torturas, desapariciones forzadas, persecución de la oposición, y otras graves vulneraciones de los derechos fundamentales. Estas denuncias han dado lugar a investigaciones internacionales, entre ellas las desarrolladas por la Corte Penal Internacional sobre presuntos crímenes de lesa humanidad. Mientras tanto, las autoridades venezolanas rechazan de forma sistemática todas esas acusaciones, y sostienen que obedecen a una campaña de descrédito promovida desde el exterior.

Las consecuencias de ese deterioro institucional resultan visibles. Millones de venezolanos han abandonado su país en busca de libertad, seguridad y oportunidades, protagonizando uno de los mayores movimientos migratorios registrados en la historia reciente de América. Para un país que durante décadas acogió con generosidad a cientos de miles de emigrantes españoles, portugueses e italianos, este éxodo constituye una de las mayores tragedias de su historia contemporánea.

En este contexto también ha sido objeto de un intenso debate el papel desempeñado por algunos dirigentes extranjeros. En España, la actuación del expresidente del gobierno de España, José Luis Rodríguez Zapatero, como mediador ha recibido duras críticas por parte de amplios sectores de la oposición democrática venezolana, que consideran que sus gestiones contribuyeron a reforzar internacionalmente al régimen de Nicolás Maduro, sin obtener avances efectivos en materia de libertades, garantías democráticas o respeto de los derechos humanos. El expresidente, por el contrario, ha defendido siempre que su actuación perseguía favorecer el diálogo y una salida pacífica al conflicto.

Al margen de las distintas interpretaciones políticas, existe una cuestión que no debería admitir discusión: cuando un pueblo sufre durante años la pérdida de sus libertades, el empobrecimiento generalizado, y el exilio de millones de ciudadanos, la comunidad internacional tiene la obligación moral y jurídica de exigir responsabilidades, apoyar la acción de la justicia internacional, y situar siempre la defensa de los derechos humanos por encima de cualquier interés ideológico, económico o geopolítico. Ese compromiso constituye una exigencia de la legalidad internacional y un deber hacia el pueblo venezolano, cuya dignidad merece prevalecer sobre cualquier cálculo político.

La naturaleza tampoco ha sido benévola con Venezuela. En diciembre de 1999, el estado de Vargas —hoy La Guaira, trístemente famosa por haber sido el epicentro del terremoto que acaba de asolar de nuevo las tierras venezolanas— fue escenario de una de las mayores catástrofes naturales de la historia del país. Unas lluvias torrenciales desencadenaron gigantescos deslizamientos de tierra que arrasaron poblaciones enteras, destruyeron carreteras, puentes y viviendas, y causaron decenas de miles de víctimas entre fallecidos y desaparecidos. Las imágenes de aquellos días dieron la vuelta al mundo, y suscitaron una extraordinaria ola de solidaridad internacional. España, unida a Venezuela por profundos lazos históricos y humanos, participó activamente en las tareas de ayuda a un pueblo que contemplaba con impotencia cómo la naturaleza se llevaba por delante décadas de esfuerzo.

Paradójicamente, aquella inmensa tragedia pudo haberse convertido también en una oportunidad para reconstruir el país sobre bases más sólidas. La magnitud de la destrucción exigía un ambicioso programa de modernización de infraestructuras, una mejor planificación territorial, el fortalecimiento de las instituciones y una gestión transparente de unos recursos económicos que, gracias a la extraordinaria riqueza petrolera de Venezuela, parecían ofrecer los recursos necesarios para afrontar semejante desafío. Muy pocos países disponían entonces de unas condiciones tan favorables para convertir una desgracia en el punto de partida de una profunda transformación nacional.

Sin embargo, el tiempo demostró que aquella oportunidad histórica se perdió. Numerosos analistas, economistas y observadores internacionales sostienen que los ingentes ingresos procedentes del petróleo no se tradujeron en una reconstrucción duradera ni en la creación de unas infraestructuras capaces de responder a futuras emergencias. Las denuncias de corrupción, el creciente deterioro institucional, la politización de la administración y un modelo de gobierno que muchos de sus críticos califican de autoritario, fueron alejando al país de los objetivos de desarrollo y estabilidad que la tragedia de Vargas parecía reclamar con urgencia. A ello se añadieron graves acusaciones formuladas por distintos organismos y gobiernos, sobre presuntas tramas de corrupción y de connivencia con el narcotráfico, acusaciones rechazadas por las autoridades venezolanas, pero que han contribuido a deteriorar profundamente la imagen internacional del régimen.

Hoy, cuando un nuevo terremoto vuelve a sembrar la inquietud entre la población venezolana, resulta inevitable recordar la tragedia de Vargas y preguntarse cuántas vidas podrían haberse protegido, si aquella lección hubiera servido para construir un Estado más eficaz, unas infraestructuras más seguras y unas instituciones más sólidas. Las acometidas de una naturaleza desbocada  no pueden evitarse, pero sí pueden mitigarse sus efectos cuando existe una administración responsable, preparadaDe nuevo y comprometida exclusivamente con el bienestar de sus ciudadanos.

Esa ha sido, probablemente, una de las mayores tragedias de la Venezuela contemporánea: no solo haber padecido los golpes de la naturaleza, sino haber visto cómo, según denuncian numerosos observadores, las oportunidades que brindaban su inmensa riqueza y el esfuerzo de su pueblo fueron desperdiciadas por unas políticas, que no lograron situar el interés general por encima de los intereses del poder. Cinco siglos después de que Alonso de Ojeda bautizara aquellas tierras como una "pequeña Venecia", el mayor deseo de cuantos contemplan hoy su sufrimiento es que Venezuela pueda recuperar algún día la prosperidad, la libertad y la estabilidad que durante tanto tiempo parecieron estar a su alcance.

Sin embargo, más allá de la política, permanece el vínculo humano que une a españoles y a venezolanos desde hace más de cinco siglos. Ese lazo comenzó a construirse cuando un conquense del siglo XVI, Alonso de Ojeda, contempló aquellos palafitos levantados sobre el agua, y encontró en ellos la inspiración para bautizar una nueva tierra. Desde entonces, ambas naciones han compartido una historia de encuentros, emigraciones, afectos y solidaridad.

Por eso, cuando hoy miramos hacia Venezuela, no contemplamos un país extraño. Vemos a un pueblo hermano que un día acogió a nuestros emigrantes y que ahora merece el apoyo de todos cuantos compartimos una misma lengua, una misma herencia cultural y una historia común. Quizá sea ese el mejor homenaje que Cuenca puede rendir a Alonso de Ojeda. Recuperar la memoria de uno de sus hijos más universales y recordar que, gracias a él, el nombre de Venezuela quedó para siempre unido a la historia de nuestra tierra. Porque las personas pasan, pero los nombres permanecen. Y cada vez que pronunciamos el nombre de Venezuela evocamos, aunque muchas veces no seamos conscientes de ello, la extraordinaria aventura de un conquense que ayudó a ensanchar el mundo conocido, y a tender un puente de más de quinientos años entre dos pueblos unidos por una misma historia.





El podcast de Clio: ALONSO DE OJEDA Y EL ORIGEN DE VENEZUELA

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