La ermita de la Virgen de la Fuensanta y la memoria de un barrio desaparecido
La ermita de la
Virgen de la Fuensanta constituye uno de esos espacios físicos en los que la
historia reciente de Cuenca se entrelaza con una tradición mucho más antigua,
en la que el paisaje, la devoción y la transformación urbana dialogan de forma
elocuente. Su origen se sitúa en la primera mitad de los años sesenta del siglo
XX. Fue entonces cuando don Ángel García Benedicto, sacerdote que ya entonces
estaba destinado en la parroquia de Nuestra Señora de la Luz, impulsó su
construcción con el objetivo de atender espiritualmente a los vecinos del
barrio de Buenavista, conocido popularmente como el “barrio de chocolate”.
Aquel núcleo, humilde y vivo, desaparecería pocos años después, en la década de 1970, al ser atravesado por la nueva vía de acceso a Cuenca desde la carretera de Madrid, el conocido entonces como Puente Nuevo. La ermita quedó así en tierra de nadie, como uno de los escasos testigos materiales de un paisaje humano que el progreso urbanístico transformó profundamente. Como un fantasma del nuevo urbanismo; como un derrelicto del pasado más reciente, un pecio varado en tierra firme tras el naufragio de las construcciones y funciones que hasta entonces le habían dado sentido.
Sin embargo, la
elección de la advocación que se le quiso dar a la ermita, de la Virgen de la
Fuensanta, no fue casual ni reciente. Era heredera de una tradición mucho más
antigua vinculada directamente a la presencia histórica de los frailes
mercedarios en ese mismo entorno hasta bien entrado el siglo XVII. En las
proximidades, al pie del cerro sobre el que se asienta el barrio de San Antón,
y junto al antiguo camino de Madrid, se levantaba desde la Edad Media el
convento de la Orden de la Merced, que dio nombre al propio cerro; uno cuya
advocación era precisamente esta Nuestra Señora de la Fuensanta.
Como recoge la documentación histórica, este monasterio estaba estrechamente
ligado a un manantial cercano, cuyo nacimiento se asociaba al propio nombre de
la advocación.
De este modo, los
mercedarios no solo adoptaron una devoción existente, sino que contribuyeron
decisivamente a fijarla en el territorio, dotando al lugar de una identidad
espiritual que perduró durante siglos. Puede afirmarse que fueron ellos quienes
“consagraron” simbólicamente el espacio, de manera que el nombre de La
Fuensanta quedó unido tanto al paisaje como a la religiosidad popular. La
ermita del siglo XX no hace sino recoger esa memoria profunda, actualizándola para
una nueva comunidad.
Esta relación
entre una orden religiosa, un manantial de agua y una advocación mariana no es
un caso aislado, sino que encuentra numerosos paralelos en la geografía
española. La propia advocación de la Virgen de la Fuensanta —Fuente Santa—
aparece repetida en distintos lugares, siempre con un elemento común: la
vinculación con una fuente o manantial considerado sagrado. Este patrón muestra
un fenómeno habitual: la cristianización de lugares naturales especiales, como
fuentes, montañas o cuevas, a través de la devoción a la Virgen María, que a
menudo es promovida o respaldada por comunidades religiosas. En Cuenca, esa
función la desempeñaron los mercedarios, cuya presencia explica la pervivencia
del nombre y del culto.
En Murcia, por ejemplo,
la devoción a la Virgen de la Fuensanta nace de la tradición según la cual la
Virgen hizo brotar una “fuente santa” en un monte cercano, origen del culto y
del nombre. Desde el siglo XV existía allí una ermita, y la relación entre
agua, fertilidad y protección divina consolidó una de las devociones más
significativas del Levante español. De forma similar, en otras regiones —como
en Córdoba, las Villas de Jaén o el entorno de Villel, en Teruel—, la
advocación aparece asociada a santuarios rurales ligados a manantiales, donde
las romerías y rogativas por la lluvia refuerzan el carácter protector de la
Virgen.
Los frailes
mercedarios residieron en este enclave de la periferia urbana, al menos desde
el siglo XV, y en la centuria siguiente, el edificio fue ampliado y
ennoblecido, bajo el patronazgo de algunos linajes locales, destacando en este
sentido la familia de los Jaraba. El convento alcanzó notable relevancia en la
vida religiosa conquense, hasta el punto de llegar a ser considerado como un
edificio ya renombrado en los años iniciales del siglo XVII. En aquella época,
por otra parte, tuvo un residente ilustre, uno de los destacados dramaturgos
españoles del Siglo de Oro, Tirso de Molina. Porque el célebre fraile
mercedario, más conocido por sus inmortales obras literarias que por su vida
religiosa, pasó entre los muros del convento conquense una larga temporada,
entre 1630 y 1633, al haber sido castigado por sus superiores, quienes le
obligaron a abandonar la corte madrileña por un periodo de tiempo.
La presencia
mercedaria en el paraje de la Fuensanta se mantuvo hasta 1685, cuando la
comunidad abandonó este emplazamiento para trasladarse al interior de la
ciudad. El cambio fue posible gracias a la cesión de unas casas solariegas en
el barrio del Alcázar por parte de los marqueses de Cañete, quienes facilitaron
así la instalación de un nuevo convento en un lugar más céntrico. Para
entonces, la casa nobiliaria vinculada a este patronazgo había fijado ya su
residencia principal en Madrid. Allí había mandado construir un nuevo palacio
en la calle Mayor, obra del arquitecto conquense Juan Gómez de Mora. Él fue una
de las figuras clave de la arquitectura del barroco español. Este hecho refleja
el estrecho vínculo entre la nobleza castellana y las órdenes religiosas, así
como su papel decisivo en la configuración del espacio urbano y devocional.
Sin embargo,
aunque los mercedarios abandonaron el paraje, de algún modo su tradición se
mantuvo en este lugar durante mucho tiempo; no solo adoptaron una devoción existente,
sino que contribuyeron decisivamente a fijarla en el territorio, dotando al
lugar de una identidad espiritual que perduró durante siglos. Puede afirmarse
que fueron ellos quienes “consagraron” simbólicamente el espacio, de manera que
el nombre de La Fuensanta quedó unido tanto al paisaje como a la religiosidad
popular. La ermita del siglo XX no hace sino recoger esa memoria profunda,
actualizándola para una nueva comunidad.
La continuidad del
topónimo se manifiesta también en elementos urbanos más recientes. El paraje ha
seguido siendo conocido como La Fuensanta, denominación que pervivía en la
fuente homónima, que quedó situada a la entrada de la carretera de Madrid —y
que aún continúa, aunque hace algunos años tuvieron que trasladarla unos pocos
metros, con el fin de salvar la rotonda que se construyó para mejorar la
entrada al recinto universitario—. Esta, la fuente, forma parte de un conjunto
que se ha denominado “las cuatro fuentes hermanas” —con la de la Plaza Mayor,
la de San Fernando y la actualmente denominada Fuente del Sol, que en un primer
momento se situó en el lugar actual de Cuatro Caminos, donde antiguamente se
juntaban las carreteras de Madrid, Valencia y Alcázar, y que más tarde, al
ampliarse la ciudad por esta zona, se situó en un extraño del llamado Poblado
del Obispo Laplana—, todas ellas de similar diseño, y concebidas como parte del
desarrollo urbano contemporáneo.
Junto a la ermita
se dispuso además un campo de fútbol, sobre unos terrenos que, como la propia
ermita, habían sido donados por el poeta Federico Muelas, quien era propietario
de esos terrenos a través de su familia materna, los Santa Coloma. De este
modo, el espacio quedó configurado como un lugar de encuentro, en el que
convivían la vida espiritual y la cotidiana, reflejando el tejido social de un
barrio que, aunque desaparecido físicamente, pervive en la memoria colectiva.
Así, la ermita de
la Virgen de la Fuensanta no es solo un edificio religioso. Es un punto de
confluencia entre distintas capas de la historia: la medieval y moderna,
marcada por la presencia mercedaria y el patronazgo nobiliario; la cultural,
ligada a figuras como Tirso de Molina; y la contemporánea, que la adapta a las
necesidades de un barrio efímero y pobre. En ella se sintetiza, en definitiva,
la continuidad de un paisaje espiritual que ha sabido sobrevivir a los cambios
del tiempo.
Barrio de la Fuensanta, antes de su destrucción en los años setenta para construir la nueva entrada desde la carretera de Madrid.
En la imagen de arriba, convento de Nuestra Señora de la Fuensanta, de carmelitas descalzos en el siglo XVI. Anton de Wyngaerde.
El podcast de Clio: LA FUENSANTA: MEMORIA Y ESPÍRITU DE UN BARRIO CONQUENSE


