Entre la memoria y los archivos: la compleja vida de Manuel Santa Coloma Lafuente
Los historiadores solemos desconfiar de la memoria. Con razón. El paso de los años desdibuja fechas, mezcla acontecimientos y reconstruye recuerdos desde la experiencia personal. Sin embargo, también sabemos que, cuando se utiliza con prudencia y se confronta con la documentación disponible, la historia oral constituye una herramienta extraordinariamente valiosa. En muchas ocasiones es precisamente el testimonio familiar el que permite abrir nuevas líneas de investigación, localizar documentos desconocidos, o comprender aspectos humanos imposibles de encontrar en un expediente oficial. Eso ocurre con la información que hoy presento. Los datos proceden de un extenso relato que me ha facilitado Eduardo Santa Coloma Tarré, nieto de Manuel Santa Coloma Lafuente, quien durante los últimos años de la vida de su abuelo escuchó directamente de él buena parte de los episodios que marcaron su existencia.
Como el propio Eduardo reconoce, algunos detalles pueden contener imprecisiones propias de la memoria de un hombre que había superado ya los noventa años, pero el conjunto ofrece un relato coherente y de enorme interés, especialmente porque muchos de sus extremos pueden contrastarse documentalmente. Sin embargo, sirva el escrito que él me envió para responder a algunos interrogantes que se me habían abierto durante la investigación que durante muchos años he venido realizando sobre una familia, los Santa Coloma, estrechamente vinculados a la provincia de Cuenca, aunque algunas de sus ramas llegaran a extenderse después por tierras catalanas, e incluso cubanas (ver “La descendencia cubana de la familia Santa Coloma”, 28 de diciembre de 2024).Especialmente, aquellos interrogantes que están relacionados
con la figura de Manuel Santa Coloma Lafuente, quien fuera sobrino del general
Federico Santa Coloma Olimpo, fruto principal de mis investigaciones (ver, a
este respecto, mi estudio “El león de Melilla. Fernando Santa Coloma Olimpo, un
general a caballo entre el liberalismo y el africanismo”, Diputación Provincial
de Cuenca, 2017), hijo de uno de sus hermanos, el también general Julián Santa
Coloma. Por ello, para comprender mejor la esencia de este relato, recomiendo al
lector acercarse primero a la entrada anterior que dediqué a este personaje
(ver “Perseguido por los dos bandos en la Guerra Civil: Manuel Santa Coloma
Lafuente”, 12 de mayo de 2023), en la que ya adelantaba todos esos
interrogantes que se habían abierto en el transcurso de mi investigación, y que
ahora, gracias a la generosidad de su nieto, he podido dar alguna respuesta
convincente.
Sin embargo, antes de detenernos en la figura de Manuel
Santa Coloma, he creído conveniente añadir un dato nuevo que completa la biografía
de los otros dos miembros de la familia. La documentación conservada sobre la
masonería española ha confirmado el dato proporcionado por Eduardo Santa
Coloma, en el sentido de que tanto Federico como Julián pertenecieron a la
logia masónica Hijos del Crisol nº 119, donde utilizaron respectivamente los
nombres simbólicos de "Ebro" y "Barrón". No obstante, ni
Eduardo ni la documentación procedente del banco de datos sobre la Masonería
Española, elaborado a partir de los fondos del actual Centro Documental de la
Memoria Histórica, informan del grado que ninguno de los dos lograron alcanzar
dentro de la logia. La pertenencia a la masonería de numerosos oficiales del
Ejército español durante las últimas décadas del siglo XIX y los primeros años de
la centuria siguiente no resulta excepcional, aunque en el caso de los Santa
Coloma introduce un elemento especialmente interesante si se compara con la
posterior evolución ideológica que tuvieron algunos de los miembros de la
familia.
En este sentido, debemos decir que era una de las logias que
estaba integrada en el Gran Oriente de España, una de las principales
obediencias masónicas españolas del siglo XIX. Estaba establecida en la ciudad
de Valencia y aparece documentada en los listados oficiales del Gran Oriente
hacia 1881, con el número 119. Como las demás logias de la época, desarrollaba
reuniones rituales, iniciaba nuevos miembros, impartía formación filosófica, y
promovía ideales como la libertad de conciencia, la igualdad y la fraternidad.
También era habitual que sus miembros participaran activamente en la vida
política, cultural y profesional de la ciudad. Por otra parte, su nombre es muy
significativo. En la simbología masónica, el crisol representa el recipiente en
el que los metales se purifican mediante el fuego. Así, "Hijos del
Crisol" aludía a hombres que aspiraban a perfeccionarse moral e
intelectualmente mediante el estudio, la fraternidad y el trabajo interior.
Volviendo al protagonista de esta entrada, éste representa,
precisamente, una de esas trayectorias personales que son difíciles de encajar
en los esquemas simplistas con los que, con frecuencia, se explica la historia
española del siglo XX. Nacido en Maella (Zaragoza) el 27 de noviembre de 1907,
Manuel Santa Coloma Lafuente era hijo del general Julián Santa Coloma Olimpo y
de Lorenza Lafuente, quien a su vez era natural de Alarba, en la misma provincia
aragonesa. Uno de los interrogantes familiares que todavía permanece abierto
gira en torno a la fecha del matrimonio de sus padres. La documentación
conservada por la familia incluye la autorización real para contraer
matrimonio, fechada en enero de 1918, fecha en la que Manuel había cumplido ya
diez años. Eduardo Santa Coloma desconoce la explicación de esta aparente
contradicción documental, un pequeño misterio genealógico que quizá algún día
pueda resolverse. En todo caso, todo parece indicar que se repetía la historia
familiar, pues hay que tener en cuenta que el padre de ambos generales, Eusebio Santa Coloma López, militar como
ellos, que había sido trasladado a Filipinas por decisión propia para poder ascender
más rápidamente en su carrera militar (ver “Vicente Santa Coloma, moderado y
héroe de la Primera Guerra Carlista”, 19 de junio de 2016), también había
solicitado la preceptiva autorización real para contraer matrimonio mucho
tiempo después de haber creado ya una familia numerosa en la colonia.
Su carrera militar comenzó muy pronto. En diciembre de 1922
ingresó como cadete en la Academia de Infantería, que estaba establecida en el
Alcázar de Toledo. Desde entonces fue recorriendo todos los escalones de la
oficialidad: alférez, teniente, capitán y, finalmente, ya retirado, coronel
honorífico. Su hoja de servicios lo llevó por diferentes regimientos y unidades
de las fuerzas armadas, como el regimiento
de Mahón, el regimiento de Jaén, los Cazadores de África, o la Legión,
participando en la campaña de Marruecos, donde obtuvo varias condecoraciones,
entre ellas la Medalla de la Paz de Marruecos y la Medalla de la Campaña, con
los pasadores de Melilla y Tetuán.
Pero sería la Segunda República y, sobre todo, la Guerra
Civil, la que marcaría definitivamente el resto de su vida. Según el relato
transmitido por su nieto, Manuel Santa Coloma simpatizó desde muy pronto con
Falange Española, que había fundado en 1933 José Antonio Primo de Rivera, y
colaboró activamente con diversos militares comprometidos con la conspiración
de julio de 1936. Destinado en el Cuerpo de Guardias de Asalto, primero en
Barcelona y posteriormente en Madrid, desde muy temprano vivió desde dentro las
dramáticas jornadas del comienzo de la guerra. Entre los episodios que más profundamente
le impresionaron figuraban el rescate de algunas religiosas perseguidas, la
ocultación de diversas reliquias para evitar su destrucción, y la protección a
varios funcionarios cuya vida, como la de tantos otros por el simple hecho de
ir a misa o ser considerados “de derechas”, corría verdadero peligro. Estos
hechos fueron incluso recogidos por la prensa de la época, especialmente por el
diario ABC, que el 5 de abril de 1939 publicó una información sobre la
recuperación de diversos objetos religiosos.
Sin embargo, su trayectoria posterior estuvo lejos de ser
sencilla. Tras refugiarse en la embajada de México, desde la que logró pasarse
finalmente a la zona nacional, fue sometido a un complejo proceso judicial
militar. En un primer momento resultó absuelto de dicho proceso, pero después
sería revisada aquella sentencia, y sustituida por una condena de doce años y
un día de prisión, pena que terminaría siéndole conmutada. La revisión del
proceso constituyó, según recordó siempre Manuel Santa Coloma, la mayor
injusticia que había sufrido en toda su vida. Durante décadas intentó, sin
éxito, obtener una rehabilitación plena en el ejército, mediante recursos,
declaraciones de antiguos mandos militares y testimonios de destacados
dirigentes del régimen franquista. Finalmente, ya en los años ochenta,
consiguió el reconocimiento de todos los derechos militares que había contraído
a lo largo de su carrera, y el ascenso honorífico al empleo de coronel. Es
precisamente en este episodio, en donde su historia personal adquiere un enorme
interés historiográfico. Al margen de cualquier valoración política, el caso
refleja las complejidades internas del propio régimen vencedor, donde tampoco
faltaron rivalidades personales, revisiones de causas, o conflictos entre
distintas familias políticas.
La vida civil tampoco fue sencilla para Manuel Santa Coloma.
Casado con Josefa Echagüe Bouza, quien pertenecía a una conocida familia que
estaba vinculada a José Ortiz-Echagüe, quien había fundado en 1923 la empresa Construcciones
Aeronáuticas Sociedad Anónima (CASA), y que en 1950 se convertiría en el primer
presidente de SEAT, tuvo cuatro hijos. Después de haber sido separado del
servicio activo militar, intentó rehacer su vida en Perú y en Uruguay. Aquella
aventura empresarial terminó también en fracaso, y obligó a la familia a
regresar a España prácticamente sin recursos. Y ya de regreso en Barcelona,
consiguió estabilizarse trabajando en el aeropuerto de El Prat, donde
desarrolló buena parte de su vida profesional hasta el momento de su
jubilación.
En Falange, según el testimonio de su nieto, ocupó algunos cargos
importantes una vez acabada la guerra: jefe de la Brigada Especial de
Información e Investigación, inspector jefe de Distritos de Información e
Investigación, e inspector provincial del Movimiento. Después, habría sido
destituido de esos cargos a raíz de una reestructuración vinculada a un asunto
de estraperlo, aunque, siempre según esa misma fuente, fue absuelto de
responsabilidad.
Eduardo Santa Coloma describe a su abuelo como un hombre
reservado, poco dado a exteriorizar sus sentimientos y profundamente marcado
por las circunstancias vividas. Solo al final de su vida decidió compartir con
él aquellos recuerdos que había mantenido prácticamente en silencio durante
décadas. Quizá esa discreción explique por qué algunos episodios permanecieron
desconocidos incluso para otros miembros de la familia. Probablemente, aquellos
recuerdos le dolían demasiado, y prefería mantenerlos escondidos, dentro de su
alma, sólo para él.
Precisamente ahí reside el valor de este testimonio. No sustituye a los archivos; los complementa. No pretende convertirse en verdad absoluta; invita a seguir investigando. Y en efecto, los archivos también han confirmado la memoria de su nieto. Su caso es especialmente interesante porque fue, en cierto modo, un perseguido por los bandos enfrentados durante la Guerra Civil. En zona republicana fue considerado desafecto, se refugió en la Embajada de México y consiguió pasar a la zona nacional. Sin embargo, una vez allí, también fue procesado: el BOE de 2 de marzo de 1950 recoge que fue condenado el 29 de diciembre de 1937 a doce años y un día de reclusión, con pérdida de empleo, por “auxilio a la rebelión”, pena que después sería conmutada. Después de la guerra fue apartado del servicio militar durante años. El BOE confirma que fue separado del servicio, y que por orden de 22 de abril de 1948 se le permitió reingresar, pasando después a situación de retirado; su recurso de agravios de 1950, referido al cómputo de haberes pasivos, fue desestimado.
En realidad, ocurre con la historia oral lo mismo que con
tantos documentos privados: no ofrece todas las respuestas, pero sí plantea
preguntas nuevas. Y eso, para un historiador, suele ser el mejor punto de
partida. Una familia como los Santa
Coloma, repartida entre Cuenca, Filipinas, Cuba, Aragón, Cataluña… , y los
principales acontecimientos militares y políticos de la España contemporánea,
todavía guarda muchas páginas por escribir. Gracias a la generosidad de Eduardo
Santa Coloma Tarré conocemos hoy un capítulo más de esa historia familiar.
Ahora corresponde a los archivos confirmar, matizar o completar un relato que,
en cualquier caso, enriquece notablemente nuestro conocimiento sobre una saga
cuya huella sigue apareciendo, una y otra vez, en los rincones menos esperados
de la historia de España.
Manuel Santa Coloma Lafuente falleció el 6 de marzo de 2003,
en el Hospital Clínico de Barcelona, a la edad de noventa y cinco años.
El podcast de Clio: MANUEL SANTA COLOMA, ENTRE LA MEMORIA Y LOS ARCHIVOS


