JOSÉ GUERRA CAMPOS: "UN FARO EN LA TEMPESTAD". RECENSIÓN AMPLIADA Y REFLEXIÓN PERSONAL SOBRE UN OBISPO IMPRESCINDIBLE
En
medio de los cambios vertiginosos que transformaron a la Iglesia tras el
Concilio Vaticano II, la figura de José Guerra Campos emerge como una de las
más sólidas, serenas y, paradójicamente, más incomprendidas de nuestro tiempo.
Su voz, clara y profundamente teológica, resonó en un momento en que no pocos
confundieron renovación con ruptura. Volver hoy a su pensamiento —como propone
el libro Un faro en la tempestad— no es un ejercicio de
nostalgia, sino un acto de lucidez.
En una
época marcada por la confusión doctrinal, los cambios acelerados y las
tensiones internas en la Iglesia, pocas voces han resonado con tanta claridad y
hondura como la de José Guerra Campos, obispo auxiliar de Madrid durante el
Concilio Vaticano II y posteriormente obispo de Cuenca. La reciente publicación
del libro “Un faro en la tempestad”, de Manuel Acosta Elías, recupera una parte
significativa de su pensamiento: las intervenciones televisivas que, entre 1972
y 1973, realizó en Televisión Española bajo el título de “El octavo día”. Se
trataba de un espacio semanal en el que Guerra Campos explicaba con lucidez los
fundamentos de la fe católica, las claves del concilio Vaticano II y los retos
que afrontaba la Iglesia ante un mundo en transformación. Por otra parte, el
subtítulo del libro, “Enseñanzas de un obispo contra la infiltración de la
secta modernista”, revela ya la intención del autor, que no es otra que la de mostrar
al lector a un pastor que no solo deseaba enseñar, sino también defender la
integridad de la fe en tiempos de interpretaciones erróneas.
Cuando
Manuel Acosta Elías decidió reunir en un volumen todos los programas de “El
octavo día”, no se limitó a recuperar un documento histórico, sino que trató de
reconstruir el espíritu de un tiempo y el pensamiento de un obispo cuya voz fue
a la vez luminosa y, a menudo, incómoda. El resultado es un libro que, más que
una mera recopilación, funciona como un diagnóstico del posconcilio español y
como un testimonio de fidelidad al magisterio en medio de la agitación
doctrinal de los años setenta. Desde las primeras páginas, el lector percibe
que se encuentra ante un texto que tiene algo de advertencia, algo de enseñanza
y algo de memoria histórica. Pero lo que más sorprende es su actualidad; muchas
de las cuestiones que Guerra Campos abordó siguen presentes en los debates
eclesiales y culturales de hoy.
Una de
las claves centrales del libro es el tratamiento que el obispo concede al Credo
del Pueblo de Dios, proclamado por Pablo VI en 1968. Buena parte de los
programas recogidos están dedicados a explicar este Credo, que fue, como
subraya el propio Guerra Campos, una respuesta clara del Papa a las confusiones
doctrinales que proliferaron inmediatamente después del concilio Vaticano II.
En sus intervenciones, Guerra Campos desgrana la estructura del Credo, analiza
cada uno de sus artículos y muestra cómo esta nueva versión de la profesión de fe cristiana que nació en
Nicea en el año 325, no introduce, en realidad, novedad alguna, sino que
reafirma la continuidad de la fe, frente
a la tentación de interpretaciones rupturistas. Allí donde algunos pretendían
convertir el concilio en una suerte de “nuevo comienzo”, Pablo VI, y con él el
propio Guerra Campos, recordó que la Iglesia no parte de cero, sino que se
renueva, permaneciendo fiel a su tradición y a su dogma.
Es
significativo que, a pesar de su claridad teológica, Guerra Campos fuera
tildado durante años de “conservador”, cuando en realidad fue un obispo
profundamente conciliar. Pero conciliar en el sentido auténtico: conocía los
textos del concilio Vaticano II, había participado en él como experto para los
obispos españoles, leyó sus discusiones internas y comprendió su lógica desde
dentro. Por eso, cuando vio cómo en ciertos ambientes, incluso dentro de la
propia Iglesia, se extendían interpretaciones excesivamente sociológicas,
relativistas, o directamente ajenas al espíritu del concilio, entendió que su
deber pastoral era ofrecer luz. Y lo hizo, como él mismo señalaba, “no con
polémica, sino con claridad”.
El libro
muestra que las “malas interpretaciones del concilio” no eran para él un
fenómeno menor. Muchos sectores, tanto dentro como fuera de la Iglesia,
confundieron “aggiornamento” con modernización sociopolítica; renovación con
rupturismo; diálogo con claudicación; sensibilidad pastoral con relativismo
doctrinal. En la sociedad española de aquella época, el Concilio fue leído como
un gesto de apertura hacia la secularización, como si la Iglesia debiera
adaptarse a las ideologías dominantes del momento. En el ámbito teológico,
surgieron propuestas que diluían la divinidad de Cristo, relativizaban la moral
o reducían los sacramentos a símbolos humanizadores sin eficacia sobrenatural.
La teología de la liberación comenzaba a hacerse hueco en Europa a través de
sus versiones más radicalizadas, y algunos autores proponían lecturas del
Evangelio centradas exclusivamente en la lucha de clases.
Guerra
Campos, testigo directo de los debates conciliares, sabía que el Concilio no
había pretendido eso. Y precisamente por eso se convirtió en un obispo incómodo,
porque defendía la letra del concilio frente a quienes, desde posiciones
opuestas, lo manipularon, unos en nombre de un progresismo sin raíces, y otros
desde una nostalgia antimoderna que tampoco respondía al espíritu conciliar.
Esa posición intermedia, firme, serena, pedagógica, lo distinguió tanto de los
partidarios de la ruptura, como de los defensores de una inmovilidad ajena al
mandato conciliar.
La Iglesia, como cuerpo vivo inserto en la historia, siempre refleja en cierta medida las tensiones, búsquedas y crisis de la sociedad en la que vive; pero reflejar no significa rendirse. Una Iglesia verdaderamente viva es aquella que sabe dialogar con el mundo sin dejar de ser ella misma, que escucha sin confundirse, que acoge sin diluir la verdad que custodia. Por eso, si bien es inevitable que ciertas corrientes culturales —como el relativismo moral, el subjetivismo religioso o la disolución de la tradición— intenten infiltrarse en su interior, la Iglesia no puede permitir que esas fuerzas acaben definiendo su identidad. En este punto la figura de José Guerra Campos se vuelve especialmente elocuente: comprendió como pocos que la vitalidad eclesial no pasa por mimetizarse con la sociedad, sino por iluminarla desde la verdad del Evangelio. Su denuncia de la “secta modernista”, entendida como tendencia a relativizar el dogma y sustituir la fe por categorías sociológicas, no fue un gesto de cerrazón, sino la defensa lúcida de una Iglesia que quiere vivir en el mundo sin convertirse en espejo del mundo, una Iglesia que se renueva sin romperse, que se adapta sin negarse y que, precisamente por ser fiel, sigue siendo fecunda.
Vista
desde hoy, la convocatoria del Concilio Vaticano II aparece como un intento
audaz y necesario de ofrecer una respuesta cristiana a las transformaciones
culturales, científicas y sociales que estaban reconfigurando el mundo
occidental desde finales del siglo XIX. Juan XXIII no quiso un concilio para
rehacer la fe, sino para presentarla con nuevo vigor en un momento en que la
Iglesia experimentaba ya síntomas de crisis: descenso vocacional en algunos
países, tensiones entre tradición y modernidad, y un proceso de secularización
que había comenzado mucho antes de 1962. Por eso resulta injusto atribuir al
Concilio la responsabilidad de la crisis que se manifestó con fuerza en los
años posteriores; las secularizaciones masivas del último tercio del siglo XX
no fueron un efecto mecánico del Vaticano II, sino la aceleración de un proceso
que había comenzado décadas antes, y que el Concilio precisamente trató de
encauzar. Su intención fue iluminar, no desdibujar; renovar, no derribar. De
hecho, ya antes del Concilio se registraban abandonos de la vida religiosa,
tensiones teológicas profundas y un distanciamiento creciente entre la fe y la
cultura. Reconocer esto no es idealizar el Vaticano II, sino comprender que
nació para responder a una crisis previa, no para provocarla, y que su
verdadero sentido solo puede leerse desde una hermenéutica de continuidad, no
desde la simplificación que lo convierte en culpable de todos los males de la
Iglesia contemporánea.
En sus
programas televisivos evitó siempre la confrontación personal, pero fue muy
claro al denunciar el trasfondo doctrinal de ciertos planteamientos. Cuando el
subtítulo del libro habla de la “secta modernista”, no alude a un grupo
secreto, sino a una corriente doctrinal, ya condenada en el pontificado de Pío
X, caracterizada por reducir la fe a experiencia subjetiva, diluir el dogma,
reinterpretar la Escritura como mito, y someter la vida cristiana al
pensamiento dominante. En los años sesenta y setenta, esta tendencia reapareció
bajo nuevas formas en el ámbito académico, litúrgico y pastoral. Y aunque
Guerra Campos nunca emprendió una “caza de modernistas”, sí sintió la
obligación de explicar por qué esas ideas eran incompatibles con la fe católica.
Su lucha no fue disciplinaria, sino intelectual y pastoral: enseñar la verdad
para proteger al pueblo de Dios.
Aquí
está, quizá, uno de los rasgos más interesantes de su personalidad. Era un
pedagogo teológico. En “El octavo día” no trataba de imponer, sino de explicar.
No buscaba adoctrinar, sino iluminar. Sus análisis ofrecían al espectador
criterios claros y racionales para comprender la fe, la Iglesia y su misión. En
un tiempo en el que la televisión comenzaba a convertirse en formadora de opinión,
Guerra Campos supo utilizarla como un instrumento pastoral. Y lo hizo con una
combinación de serenidad, profundidad y claridad difícil de encontrar hoy.
Pero el
libro de Acosta Elías incorpora también una breve biografía del protagonista, que permite comprender mejor al hombre que hay
detrás del obispo. Nacido en Seares de Abajo, en la parroquia de Ames (La
Coruña), en 1920, ingresó muy joven en el seminario de Santiago de Compostela,
donde destacó por su capacidad de estudio y su disciplina. Acabada la Guerra
Civil, y después de terminar sus estudios en el propio semanario, que había
dejado aparcados para incorporarse al ejército, pasó después a la Pontificia
Universidad Gregoriana de Roma para completar estos, periodo en el que
permaneció como residente en el
Pontificio Colegio Español de San José, en una etapa en la que Italia se
encontraba sumida en plena Segunda Guerra Mundial. Fue profesor de Metafísica y
de Teología Fundamental, y se ganó pronto el reconocimiento de sus superiores
por su rigor intelectual. En 1964 fue nombrado obispo auxiliar de Madrid, cargo
en el que desempeñó una función clave dentro de la Conferencia Episcopal
Española; fue el primer secretario general estable de la institución,
responsable de coordinar las actividades del episcopado en un momento crucial,
a caballo entre el concilio y el posconcilio.
Su
actuación en el Vaticano II fue muy destacada. Participó como experto en
diversos grupos de trabajo, contribuyendo en discusiones sobre revelación,
antropología cristiana, moral y en la relación entre la Iglesia y el mundo
moderno. Durante aquellas sesiones conciliares elaboró importantes reflexiones
sobre el marxismo, no para imitar sus categorías, sino para comprender su
atractivo y refutar sus contradicciones internas. Fue uno de los primeros
teólogos españoles en sugerir que el marxismo, lejos de representar una
alternativa sostenible al cristianismo, contenía en sí mismo un germen de
autodestrucción que lo haría insostenible a largo plazo. Sin embargo, debe
resaltarse un matiz decisivo: aunque conocía a fondo el marxismo, nunca dedicó
programas de televisión específicamente a él. Lo abordó en otros escritos y en
discusiones conciliares, pero no en El octavo día. Su prioridad allí era
explicar la fe católica, no combatir ideologías concretas. Su enfoque era
esencialmente catequético, no político.
Casi diez
años antes de la crisis del bloque soviético, Guerra Campos anticipó que la
ideología marxista estaba condenada a desmoronarse por su incapacidad para
responder a la dignidad espiritual del ser humano. Como bien se dijo en el acto
de presentación del libro en Cuenca, hace unos días, si bien es cierto que
ahora, en pleno siglo XXI, el marxismo parece estar renaciendo en algunos
sectores de la población, se trata, en realidad, de un neomarxismo, que sólo en
algunos aspectos podría identificarse con el marxismo clásico.
En 1973
fue nombrado obispo de Cuenca, sede que ocupó durante más de dos décadas. Su
episcopado en la ciudad del Júcar estuvo marcado por la austeridad personal, la
fidelidad doctrinal, la promoción de la formación sacerdotal, y el
acompañamiento cercano a las comunidades cristianas. Fue un hombre de vida
sencilla, sin ostentación, y profundamente consciente del deber espiritual del
obispo como maestro de la fe. A quienes lo conocieron de cerca les sorprendía
su humildad, su capacidad de escuchar, y su intensa vida interior. Era un
trabajador incansable, un lector constante y un estudioso minucioso, pero
también un pastor que visitaba las parroquias, atendía a sus sacerdotes y
dedicaba largas horas a la confesión y la dirección espiritual. Todo ello quedó
demostrado en la gran cantidad de asociaciones de tipo laical que fueron
naciendo en el seno de la diócesis, pese a ser, ya entonces, uno de los
obispados más atacados por la emigración, convirtiéndose, a pesar de su
extensión, en una de las diócesis españolas con un menor número de fieles.
Su
figura, sin embargo, quedó en ocasiones empañada por interpretaciones injustas.
Algunos sectores eclesiales lo identificaron con una supuesta “derecha
eclesial”, cuando sus escritos revelan un pensamiento mucho más matizado. Fiel
a la tradición, sí, pero renovador en lo pastoral; crítico con el relativismo
teológico, pero abierto al diálogo; firme en sus convicciones, pero sin agresividad
ni ánimo de confrontación. Fue también una figura incómoda para quienes
pretendían convertir el concilio en un arma ideológica en un sentido u otro. En
ese contexto, su claridad resultó perturbadora para unos y para otros. Pero,
para quienes lo escucharon sin prejuicios, fue un maestro de la fe.
Es
inevitable, al leer “Un faro en la tempestad”, pensar que la figura de Guerra
Campos ha sido objeto de caricatura. Y no solo por algunos sectores ideológicos
interesados, incluso dentro de la propia Iglesia, sino también por una parte de
las personas que convivieron con él, en su diócesis de Cuenca. Mi impresión es
que no fue comprendido, ni por parte de la Iglesia española ni por muchos de
los fieles conquenses. Su exigencia doctrinal fue confundida con dureza; su
defensa del magisterio, con rigidez; su compromiso intelectual, con
intransigencia. Pero para quien lo estudia con serenidad, aparece la figura de
un obispo profundamente preocupado por la verdad, la caridad y la fidelidad a Cristo.
Y un pastor profundamente preocupado por su rebaño. La Iglesia necesita siempre
voces así: claras, libres, sin temor al juicio humano.
Creo,
sinceramente, que este libro debería ser lectura obligada para todos los
conquenses que nos consideramos católicos. No por obligación moral, sino por la
riqueza espiritual y doctrinal que nos ofrece, por la claridad con la que pone
luz sobre un tiempo complejo, y porque devuelve la voz a un pastor que habló
con autenticidad, sin doblez y sin miedo. Revisitar su pensamiento es revisitar
una parte decisiva de la historia reciente de nuestra diócesis, y de la Iglesia
española en general.
Guerra
Campos no fue un profeta aislado ni un intelectual solitario: fue un pastor que
supo mirar con lucidez su tiempo y discernir los peligros que amenazaban a la
fe. Y si hoy su figura vuelve a suscitar interés, tal vez sea porque las
tempestades de nuestro tiempo, distintas en apariencia pero similares en
esencia, reclaman también faros que orienten la navegación dentro de una sociedad
todavía más compleja y descreída que la que a él le toco vivir. Este libro
rescata uno de esos faros. Y nos invita, con humildad y con firmeza, a no
olvidar su luz.
El podcast de Clio: GUERRA CAMPOS: CLARIDAD TEOLÓGICA EN LA TEMPESTAD POSCONCILIAR




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