Julián de la Orden, el hombre que hizo sonar las catedrales de Cuenca y Málaga... y también la pequeña iglesia de Navalón
El órgano de la iglesia parroquial de Navalón ha desaparecido, pero no lo ha hecho por completo su memoria. La parroquia conserva todavía los antiguos planos del instrumento, un testimonio de extraordinario interés que permite acercarnos a la manera en que fue concebido, y que adquiere un valor aún mayor después de la pérdida de la obra material. Sobre el papel permanece así la huella de aquel órgano que Julián de la Orden construyó en 1766 para una pequeña iglesia recién levantada en un pequeño pueblo de la comarca conquense: el proyecto de una obra destinada a acompañar durante generaciones la vida religiosa del pueblo y cuyo sonido, después de más de dos siglos, terminó apagándose definitivamente a principios de este siglo.
Hay nombres que parecen destinados a quedar unidos para siempre a los grandes monumentos. El de Julián de la Orden es uno de ellos. Hablar de este maestro organero conquense significa hablar inevitablemente de los dos magníficos órganos de la catedral de Cuenca y de los no menos extraordinarios instrumentos que, algunos años más tarde, construyó para la catedral de Málaga. Son obras monumentales, concebidas para espacios igualmente monumentales, capaces todavía hoy de despertar la admiración de especialistas, músicos y visitantes. Sin embargo, existe otra obra mucho más modesta, casi olvidada por la historiografía y desaparecida ya para siempre, que permite contemplar al maestro desde una perspectiva diferente. Porque antes de hacer sonar algunas de las grandes catedrales españolas, Julián de la Orden construyó también un órgano para una pequeña iglesia rural de la provincia de Cuenca: la iglesia de Nuestra Señora de la Natividad de Navalón.
Y el dato no es menor. En
1766, cuando el nuevo templo de Navalón apenas llevaba unos años abierto al
culto, sus vecinos adquirieron por cuatro mil reales de vellón un órgano
realizado por quien ya era maestro organero de la catedral de Cuenca. Aquel instrumento
precedió incluso a los dos grandes órganos catedralicios que hoy constituyen la
obra más conocida de su autor. Dos años después, en 1768, un incendio obligaría
al cabildo conquense a encargar a Julián de la Orden los nuevos órganos de la
catedral; y más tarde, también haría lo propio con los de la diócesis
malagueña. De alguna manera, por tanto, antes de que sonara en las grandes
catedrales de Cuenca y Málaga, el arte de Julián de la Orden había sonado ya en
Navalón. La historia merece ser recordada.
Julián de la Orden había
nacido en Barchín del Hoyo, localidad conquense en la que durante el siglo
XVIII llegó a desarrollarse un importante foco de construcción de órganos. Era
hijo de Pedro de la Orden, maestro que también estaba dedicado al oficio, y
creció por tanto en un ambiente en el que la madera, los metales, los fuelles,
los secretos, los teclados y los tubos formaban parte del paisaje cotidiano del
taller familiar.
La organería era entonces una
actividad de enorme complejidad. El organero no era simplemente un carpintero
ni un constructor de instrumentos musicales. Debía reunir conocimientos de
ebanistería, metalurgia, mecánica y acústica; conocer las propiedades de las
diferentes maderas y las proporciones de las aleaciones utilizadas en los
tubos; saber cómo conducir el aire y distribuirlo por el secreto; calcular
longitudes, diámetros y presiones; y, finalmente, conseguir que aquel enorme
mecanismo respirara como un único instrumento. El órgano era, en cierta manera,
una arquitectura dentro de otra arquitectura. Y el organero, un constructor de
sonidos.
Julián de la Orden aprendió
inicialmente el oficio junto a su padre y estuvo vinculado también familiar y
profesionalmente con Juan Ruiz Fresneda, maestro organero de la catedral
conquense desde 1751. En 1753 había contraído matrimonio con Olalla Ruiz, hija
de este. Se formaba así una auténtica dinastía artesanal, fenómeno frecuente en
los oficios especializados del Antiguo Régimen, en los que los conocimientos
técnicos pasaban de padres a hijos y de maestros a oficiales y yernos.
Antes de alcanzar la gran
fama que le proporcionarían sus trabajos catedralicios, De la Orden había
realizado ya instrumentos destinados a diferentes iglesias de la diócesis
conquense. Su nombre aparece relacionado con localidades como Cervera del
Llano, Fuente de Pedro Naharro, Montalbo o Villar de Cañas. Era, por tanto, un
maestro que conocía perfectamente la realidad de las parroquias rurales de la
provincia. En 1762 se produjo el acontecimiento que consolidaría
definitivamente su carrera. Tras la muerte de Juan Ruiz Fresneda quedó vacante
el puesto de maestro mayor de órganos de la catedral de Cuenca. Julián de la
Orden solicitó la plaza y el 23 de febrero de aquel año el cabildo acordó
concedérsela.
Desde ese momento se
convirtió oficialmente en responsable de los órganos del principal templo de la
diócesis. Pero ser maestro organero de una catedral no significaba trabajar
exclusivamente para ella. El prestigio del cargo convertía a quien lo desempeñaba
en referencia para las iglesias del obispado, y precisamente en ese contexto
debe situarse el encargo realizado pocos años después por la parroquia de
Navalón. Para comprender la importancia que aquella adquisición tuvo para el
pueblo es necesario regresar hasta unos años más atrás, al momento de la
construcción de la nueva iglesia de Navalón, a la que ya hemos dedicado alguna
entrada de este mismo blog (ver “El altar mayor de la iglesia de Navalón”, 19
de enero de 2018; y “La iglesia de Navalón (Cuenca) en el siglo XVIII”, 23 de
agosto de 2019).
La iglesia que hoy conocemos
no era el antiguo templo parroquial de Navalón. Durante siglos había existido
otra iglesia situada fuera del núcleo urbano, en el paraje conocido como La
Muela. Las sucesivas visitas eclesiásticas realizadas durante la primera mitad
del siglo XVIII fueron dejando constancia del progresivo deterioro del
edificio. Las deficiencias llegaron a alcanzar tal gravedad, que su continuidad
terminó resultando prácticamente imposible. En 1758 se tomó finalmente la
decisión de levantar una iglesia nueva y, aprovechando la ocasión, trasladarla
a un emplazamiento más céntrico. El 3 de diciembre de aquel año, Manuel de
Castejón, cura párroco de Navalón, firmó el contrato para la adquisición del
solar con su anterior propietario, Antonio del Castillo y Prast, quien era
regidor de Cuenca y uno de los últimos descendientes de una antigua familia de
la oligarquía conquense, que estaba emparentada con el linaje de los Chirino.
La elección de aquel solar
encerraba incluso interesantes resonancias históricas. La familia propietaria
estaba vinculada desde antiguo tanto a Jábaga como a Navalón, y sobre todo a la
cercana ermita de la Virgen de Tejeda, de la que su esposa, Baltasara Chirino,
era camarera. Una de las campanas que todavía conserva la iglesia, fechada en
1759, muestra grabada una Cruz de Caravaca; el símbolo puede relacionarse
precisamente con la tradición familiar, y especialmente con la figura
legendaria de Ginés Pérez Chirino, sobrino de uno de los conquistadores de la
ciudad, canónigo de la catedral conquense a principios del siglo XIII, y
asociado desde antiguo al origen de aquella devoción.
La licencia episcopal
definitiva para iniciar las obras fue concedida en 1759 por el prelado de la
diócesis, José Flores Osorio. El encargado de levantar el nuevo templo, según
las trazas que ya había realizado fray Vicente Sevila, el mismo arquitecto que
construyó en la capital diocesana el seminario conciliar, fue el arquitecto
Agustín López, natural de Iniesta y padre de Mateo López, quien años más tarde
llegaría a convertirse en una de las figuras fundamentales para el conocimiento
histórico y urbano de la ciudad de Cuenca. El coste inicial de la construcción
ascendió a veinte mil reales de vellón, a los que hubo que sumar posteriormente
otros doscientos por diversas mejoras que se habían introducido durante la
ejecución de la obra. Las obras avanzaron con rapidez. En noviembre de 1760,
Bartolomé Ignacio Sánchez, maestro mayor de obras del obispado, inspeccionó y
dio por concluido el edificio.
Navalón tenía ya su nueva
iglesia. Pero un templo terminado arquitectónicamente no era todavía un templo
completo. Había que vestirlo, dotarlo de imágenes, retablos, objetos
litúrgicos, campanas y todo aquello que permitiera desarrollar en él dignamente
el culto. Durante los años siguientes se llevó a cabo ese proceso de
enriquecimiento interior. En 1768 se encargó el retablo mayor a Alonso Ruiz,
arquitecto, escultor y tracista vecino de Cuenca, cuya obra parece revelar la
influencia de José Martín de Aldehuela. Tres años después, en 1771, se pagaban
780 reales a Julián López por pintar y dorar la imagen de la Natividad de la
Virgen, el sagrario y la mesa del altar. Probablemente se debieron también a su
mano las representaciones de los cuatro evangelistas situadas en las pechinas
de la cúpula.
Pero antes incluso de que se
realizara el retablo mayor, los vecinos habían decidido dotar a su iglesia de
algo extraordinariamente costoso y significativo. Un órgano. En 1766, solo seis
años después de haberse terminado la construcción del templo, la parroquia
adquirió un órgano, que fue construido
por Julián de la Orden. Su precio fue de cuatro mil reales de vellón. Conviene
detenerse en estas cifras. La construcción de toda la iglesia había costado
aproximadamente veinte mil reales. El órgano representaba, por sí solo,
alrededor de una quinta parte de aquella cantidad. No se trataba, por
consiguiente, de un elemento accesorio adquirido simplemente para completar el
mobiliario. Era una inversión considerable para una comunidad rural de las
dimensiones de Navalón.
Y revela algo que muchas
veces olvidamos al contemplar las pequeñas iglesias de nuestros pueblos:
durante el siglo XVIII estos lugares no vivían necesariamente al margen de las
grandes corrientes artísticas de su tiempo. Navalón era una localidad pequeña.
Su iglesia no podía competir en dimensiones, riqueza o importancia
institucional con la catedral conquense. Sin embargo, sus responsables
quisieron que en el coro del nuevo templo hubiera un instrumento realizado por
el mismo maestro que cuidaba los órganos de la sede episcopal. Y no por un
maestro cualquiera. Precisamente aquellos años estaban marcando la transición
entre el Julián de la Orden que trabajaba para diferentes parroquias conquenses
y el gran organero que muy pronto iba a construir algunas de las obras maestras
de la organería española.
Dos años después del encargo
de Navalón ocurrió un acontecimiento decisivo. En febrero de 1768, un grave
incendio afectó al coro y a los órganos de la catedral de Cuenca. El desastre
obligó al cabildo a sustituir los instrumentos anteriores, y el encargo recayó
naturalmente en su maestro organero. Julián de la Orden construyó entre 1768 y
1770 los dos nuevos órganos catedralicios. Los instrumentos fueron concebidos
como una obra conjunta, enfrentados a ambos lados del coro, de manera que
pudieran dialogar musicalmente entre sí. Su disposición permitía desarrollar
una de las características más espectaculares de la música religiosa hispánica:
los efectos espaciales producidos por dos masas sonoras enfrentadas.
Las monumentales cajas fueron
realizadas siguiendo el diseño de José Martín de Aldehuela, una de las grandes
figuras de la arquitectura española del siglo XVIII y autor de numerosas
intervenciones en Cuenca, como maestro mayor de la diócesis. cargo que ya
desempeñaba por entonces. El resultado fue una perfecta integración de
arquitectura, escultura, decoración y música. Los órganos de la catedral
conquense constituyen, todavía hoy, uno de los conjuntos organísticos más
importantes de España. Su restauración, realizada ya en nuestro siglo —el
órgano de la Epístola en 2006 y el del Evangelio en 2009—, permitió recuperar
las características históricas de ambos instrumentos, y volver a interpretar en
ellos el repertorio para el que habían sido concebidos. El prestigio de Julián
de la Orden había alcanzado ya una dimensión que sobrepasaba ampliamente los
límites de la diócesis.
Y ese prestigio acabaría
llevándolo a Andalucía. A finales de la década de 1770 se encontraba en Málaga,
donde recibió uno de los encargos más importantes de toda su carrera: la
construcción de los dos grandes órganos de la catedral de la Encarnación. El
proyecto estaba relacionado también con una personalidad que los conquenses
conocemos bien: el ya citado José Martín de Aldehuela. El arquitecto turolense,
después de desarrollar una parte fundamental de su carrera en Cuenca, se había
trasladado a Málaga, donde intervino decisivamente en algunas de las
principales obras de la ciudad. La coincidencia de ambos nombres, de la Orden y
Aldehuela, en Cuenca y Málaga no deja de resultar significativa.
Los órganos malagueños fueron
construidos en torno a 1780 y 1782 y se levantaron, como los de Cuenca,
enfrentados sobre los laterales del coro. Cada uno de ellos cuenta con miles de
tubos, y constituye por sí mismo una extraordinaria máquina musical. Juntos
forman uno de los conjuntos de órganos gemelos más excepcionales conservados en
Europa. Su espectacular trompetería horizontal, característica de la tradición
organística ibérica, transforma además las fachadas en una verdadera exhibición
visual del sonido. Los tubos se proyectan hacia el espacio del templo como si
fueran abanicos metálicos, mientras las cajas se integran en la monumental
arquitectura barroca de la catedral.
Julián de la Orden había
alcanzado la cima de su profesión. El hombre que había comenzado trabajando en
el taller familiar de Barchín del Hoyo era ya el autor de los órganos de dos de
las principales catedrales españolas. Murió en Málaga el 21 de enero de 1794.
Su oficio, además, no desapareció con él. Su yerno, Fernando Molero, continuó
la tradición familiar, como harían después otros descendientes. El conocimiento
acumulado durante generaciones siguió transmitiéndose, demostrando, una vez
más, hasta qué punto la organería del Antiguo Régimen estaba basada en redes
familiares de artesanos altamente especializados. Hoy el nombre de Julián de la
Orden ocupa el lugar que merece en la historia de la organería española. En
Cuenca, incluso, la Academia de Órgano creada en torno a los instrumentos de la
catedral lleva su nombre. Sus órganos catedralicios han sido restaurados,
estudiados, fotografiados y grabados. Y tanto unos como otros siguen provocando
admiración entre quienes contemplan su monumental presencia en el coro de la
catedral.
Y, sin embargo, existe una
paradoja. Mientras los cuatro grandes órganos sobrevivieron, el pequeño
desapareció. Quizá precisamente por eso convenga reivindicar con especial
insistencia la historia del órgano de Navalón. Conocemos hoy todos los detalles
técnicos de aquel instrumento, porque en el archivo parroquial todavía existen
algunos planos del órgano, en los que se describen las partes más importantes
del mismo: la traza de la caja, con su distribución arquitectónica y
ornamental; la disposición de los castillos y campos de tubos de la fachada;
medidas y proporciones; indicaciones sobre el teclado, fuelles, secreto y
conducción del aire; e incluso datos sobre la distribución de los distintos
registros.
Evidentemente, no podía tener
las dimensiones ni la complejidad de los que De la Orden construiría después
para Cuenca o para Málaga. Debía adaptarse al espacio disponible, a las
necesidades litúrgicas de una parroquia rural y, naturalmente, a las posibilidades
económicas de sus vecinos. Pero su importancia histórica no depende de su
tamaño. Este órgano fue construido por Julián de la Orden. Y fue adquirido en
1766. Es decir, dos años antes de que el maestro comenzara los órganos que hoy
admiramos en la catedral de Cuenca, y más de una década antes de que
emprendiera los monumentales instrumentos de Málaga.
Cuando contemplamos la
trayectoria completa del organero, Navalón deja así de ocupar un lugar
marginal. El órgano de su iglesia pertenece a una etapa particularmente
interesante de su carrera: aquella en la que el maestro, ya reconocido y
convertido en responsable de los órganos catedralicios conquenses, estaba a
punto de acometer las obras que lo consagrarían definitivamente. Durante
generaciones, aquel órgano acompañó la vida religiosa del pueblo. Sonaría en
las misas solemnes y en las grandes festividades del calendario litúrgico.
Sonaría en Navidad y en Semana Santa, en las fiestas dedicadas a la Virgen, en
bodas y funerales, en celebraciones alegres y en momentos de duelo. Sus tubos
escucharon, por decirlo de alguna manera, la historia cotidiana de Navalón. Y
seguramente los vecinos terminaron acostumbrándose tanto a su presencia, que
dejaron de ser conscientes de su excepcionalidad.
Y ese es, precisamente, uno
de los grandes peligros de nuestro patrimonio cultural. Aquello que forma parte
de nuestra vida cotidiana puede acabar pareciéndonos algo corriente,
simplemente porque siempre ha estado allí. Los grandes monumentos suelen contar
con instituciones que los protegen, presupuestos para conservarlos y
especialistas que llaman la atención sobre su importancia. El patrimonio rural,
en cambio, ha estado sometido durante siglos a una fragilidad mucho mayor.
Guerras, reformas litúrgicas, cambios estéticos, despoblación, abandono,
humedad, xilófagos y simple desconocimiento, han provocado la desaparición de
innumerables retablos, imágenes, documentos, campanas y órganos. Los órganos
fueron especialmente vulnerables. Cuando dejaban de utilizarse, su compleja
maquinaria comenzaba un proceso casi inevitable de degradación. La madera era
atacada por la carcoma; los fuelles se deterioraban; las transmisiones dejaban
de funcionar; los teclados quedaban inutilizados; los tubos se deformaban, se
desprendían o desaparecían. Y cuanto más tiempo permanecía el instrumento sin
sonar, más difícil y costosa resultaba su recuperación.
Eso fue exactamente lo que
terminó sucediendo en Navalón. El órgano de Julián de la Orden dejó de
utilizarse. Después fue desmontado. Y sus restos terminaron almacenados durante
décadas en una dependencia de la iglesia. Allí permaneció, olvidado. El instrumento
que había costado cuatro mil reales de vellón a los vecinos del siglo XVIII; el
órgano construido por el mismo maestro que pocos años después realizaría los
extraordinarios instrumentos de las catedrales de Cuenca y Málaga; aquella
pequeña joya que durante generaciones había llenado de música la iglesia recién
construida, se fue deshaciendo lentamente en el silencio.
Hasta que ya fue demasiado
tarde. A comienzos del siglo XXI hubo que retirar definitivamente lo que
quedaba de él. La madera estaba completamente comida por la carcoma. Los tubos,
deformados y aplastados después de tantos años de abandono, se habían convertido
prácticamente en una masa informe de plomo. Ya no quedaba un instrumento
susceptible de restauración, sino apenas los restos irreconocibles de lo que
había sido. Y así desapareció para siempre el órgano que Julián de la Orden
había construido para Navalón en 1766. Los grandes órganos de Cuenca y Málaga
siguen hoy sonando y recordándonos la genialidad de su autor. El de Navalón ya
no puede hacerlo. Quizá por eso precisamente tengamos la obligación de recordar
que también existió.
Iglesia de Navalón
El podcast de Clio: JULIÁN DE LA ORDEN: EL MAESTRO ORGANERO DE NAVALÓN




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