Alonso de Barzana, un conquense en el corazón de América

 Hay personajes cuya vida parece desmentir la humildad del lugar en el que nacieron. Hombres que vinieron al mundo lejos de los grandes centros de poder en los que parecía escribirse la historia y que, sin embargo, terminaron recorriendo continentes y dejando una huella que sobrepasó con mucho las fronteras de su tierra natal. Uno de ellos fue Alonso de Barzana, sacerdote jesuita, misionero y extraordinario lingüista, nacido en Belinchón, en la actual provincia de Cuenca, hacia el año 1530.

 

Su nombre resulta hoy poco conocido entre los conquenses. Y, sin embargo, nos encontramos ante una figura de verdadera dimensión internacional. Recorrió territorios que en la actualidad pertenecen a países como Perú, Bolivia, Argentina o Paraguay, y destacó especialmente por su asombrosa facilidad para aprender las lenguas indígenas: quechua, aimara, puquina, tonocoté, kakán, toba, guaraní… La tradición le atribuye el conocimiento, en distinto grado, de una decena larga de idiomas americanos.

Barzana nació en el seno de una familia cuyo padre ejercía la medicina. Sin embargo, debido probablemente a su profesión, la familia abandonó pronto las tierras conquenses, y terminó estableciéndose en Andalucía. Desde aquel momento, Alonso quedó especialmente vinculado a Baeza, en la provincia de Jaén, que ya era entonces un importante centro universitario y religioso del siglo XVI. Y allí recibió una sólida formación en Artes y Teología, y fue ordenado sacerdote en Granada en 1555. Durante aproximadamente una década ejerció su ministerio en Andalucía, alcanzando cierto prestigio como predicador.

Era ya un hombre formado cuando, en 1565, ingresó en la Compañía de Jesús, en un momento en el que los jesuitas representaban ya una de las fuerzas más dinámicas de la renovación católica. La educación y las misiones constituían dos de sus principales campos de actuación, y el ejemplo de Francisco Javier, que había llevado su actividad misionera hasta la India y Japón, despertaba numerosas vocaciones. También la de Barzana.

En 1569 consiguió finalmente aquello que deseaba: ser enviado a América. Partió de Sanlúcar de Barrameda, en la costa gaditana, en marzo de aquel año, y llegó al puerto del Callao en noviembre. Pero durante la travesía había comenzado ya a preparar su futura labor, para lo cual consiguió hacerse con una gramática del quechua, y empezó a estudiar aquella lengua mientras cruzaba el océano. Este hecho aparentemente anecdótico define perfectamente al personaje. Barzana comprendió desde el principio que para acercarse a los indígenas no bastaba con predicar por mediación de los intérpretes. Si quería comunicarse realmente con ellos, debía conocer y hablar su mismo idioma. Así, su facilidad para aprender lenguas sorprendió muy pronto a sus compañeros. Pocos meses después de haber llegado a América era capaz de desenvolverse en quechua con notable soltura. Predicaba, confesaba y conversaba con los indígenas en su propia lengua.

Sus primeros destinos estuvieron en las proximidades de Lima y en Huarochirí. En 1571 pasó a Cuzco, la antigua capital del Imperio incaico. Allí perfeccionó todavía más su conocimiento del quechua y comenzó a preparar sermones y textos catequéticos. No se limitaba a memorizar vocabularios. Intentaba comprender la estructura de las lenguas, sus giros, sus formas verbales y su manera particular de expresar conceptos. Aquella necesidad planteaba problemas extraordinariamente complejos. ¿Cómo traducir al universo cultural indígena conceptos cristianos como pecado, gracia, alma, salvación o resurrección? ¿Qué palabras debían utilizarse sin alterar su significado?

El misionero comenzaba así a convertirse también en lingüista. Su capacidad volvió a manifestarse cuando llegó a las regiones próximas al lago Titicaca. Allí se encontró con otra de las grandes lenguas andinas, el aimara. Nuevamente consiguió aprenderla con sorprendente rapidez. En aquella época, uno de sus destinos fundamentales fue Juli, a orillas del lago Titicaca. La misión jesuítica de Juli acabaría adquiriendo enorme importancia porque en ella se ensayaron métodos que posteriormente encontrarían un desarrollo mucho mayor en las célebres reducciones del Paraguay.

Barzana, como ya hemos dicho antes, defendía que el misionero debía acercarse al indígena utilizando su propia lengua. Esta afirmación no debe llevarnos a convertirlo anacrónicamente en un antropólogo moderno. Era un religioso del siglo XVI cuyo propósito era la evangelización y contemplaba las creencias indígenas desde los presupuestos del cristianismo de su época. Pero dentro de aquel contexto existe algo especialmente atractivo en su actitud: su voluntad de conocer al otro antes de hablarle. Las crónicas jesuíticas le atribuyen además una expresión particularmente hermosa. Barzana acostumbraba a referirse a los indígenas como «mis señores los indios».

Su prestigio lingüístico siguió creciendo. Elaboró gramáticas, vocabularios, catecismos, confesionarios y sermonarios. Parte de aquellos trabajos se perdió y otros sólo los conocemos a través de referencias posteriores. Su propósito era fundamentalmente práctico: quería proporcionar a los futuros misioneros instrumentos que les permitieran aprender aquellas lenguas. En el siglo XVI se decía que era necesario «reducir una lengua a arte». La expresión significaba descubrir sus reglas y plasmarlas en una gramática, analizar los verbos, las relaciones entre las palabras, los sonidos y las estructuras de idiomas que los europeos apenas conocían. Y Barzana fue uno de los grandes protagonistas de aquella empresa.

Durante la década de 1580 estuvo relacionado también con el extraordinario esfuerzo lingüístico que acompañó al III Concilio Limense, celebrado entre 1582 y 1583. El concilio pretendía, entre otras cosas, unificar los textos empleados en la evangelización y preparar doctrinas, catecismos y confesionarios en las principales lenguas indígenas. La experiencia y los materiales elaborados por grandes conocedores del quechua y del aimara resultaron fundamentales para aquel proyecto. Algunos de aquellos textos estuvieron además relacionados con los primeros grandes trabajos de la imprenta de Lima.

El conquense de Belinchón se encontraba así participando en una de las mayores empresas culturales de la América del siglo XVI: convertir en escritura sistemática lenguas que hasta entonces habían mantenido fundamentalmente una tradición oral. Su autoridad llegó a ser reconocida oficialmente. En la región de Charcas fue nombrado examinador de lenguas indígenas. Los sacerdotes que pretendían ejercer su ministerio entre aquellas poblaciones debían demostrar que poseían conocimientos suficientes, y Barzana era uno de los encargados de comprobarlo.

Sin embargo, no permaneció cómodamente instalado como profesor. Cuando superaba ya los cincuenta años, emprendió nuevas misiones hacia el sur. Recorrió Tucumán, Santiago del Estero y otros territorios de la actual Argentina. Y volvió a hacer lo que había hecho desde su llegada a América: aprender. Así, llegaron otras lenguas, muy diferentes, que también consiguió aprender con facilidad: tonocoté, kakán, toba, guaraní… Algunas fuentes le atribuyen el conocimiento de hasta once lenguas indígenas, aunque esta cifra debe manejarse con prudencia, pues no significa necesariamente que dominara todas ellas con la misma perfección. Pero incluso admitiendo diferentes grados de competencia, su capacidad lingüística resulta excepcional.

Y debemos imaginar las condiciones en las que el conquense realizaba aquel trabajo. No existían entonces manuales ni diccionarios modernos. En muchas ocasiones llegaba a lugares donde prácticamente no existía ninguna documentación escrita en ninguno de esos idiomas. Debía escuchar, preguntar, comparar sonidos, anotar palabras y descubrir poco a poco sus reglas.

Su interés por las lenguas lo llevó inevitablemente a observar también las costumbres de los pueblos con los que convivía. Por ello, sus cartas poseen hoy un importante valor etnográfico. No fue, evidentemente, un antropólogo en el sentido moderno del término, pero sus escritos conservaron informaciones sobre sociedades indígenas en un momento muy temprano del contacto con los europeos.

En los últimos años de su vida llegó hasta Paraguay y permaneció algún tiempo en Asunción. Desde allí escribió en 1594 una importante carta en la que repasaba sus experiencias misioneras. Si trazáramos sus viajes sobre un mapa, comprenderíamos mejor la magnitud de su aventura. Desde Lima y Cuzco hasta el lago Titicaca, Potosí, Tucumán, Santiago del Estero o Asunción. Todo ello representa miles de kilómetros recorridos, en una época en la que viajar significaba, y más en un continente tan grande y, en aquellos tiempos, tan poco conocido, atravesar durante semanas o meses cordilleras, desiertos, ríos y territorios apenas conocidos.

Todo ello hizo que su salud terminara resintiéndose. A finales de 1597 se encontraba gravemente enfermo y sus superiores decidieron que regresara a Lima. Sin embargo, nunca pudo completar el viaje. Murió en Cuzco, entre la noche del 31 de diciembre de 1597 y las primeras horas del 1 de enero del año siguiente, y fue enterrado en la iglesia de la Compañía de Jesús de aquella ciudad.

Su fama de santidad apareció muy pronto. Fue conocido como el «Padre Santo» y el «Apóstol de los indios», e incluso llegó a comparársele con san Francisco Javier. Hubo tempranos intentos de promover su beatificación, aunque la causa quedó paralizada durante siglos. Finalmente fue recuperada. En diciembre de 2017 el papa Francisco reconoció oficialmente sus virtudes heroicas, y Alonso de Barzana recibió el título de Venerable. Pero, con independencia de su dimensión religiosa, su figura merece ser recordada por otras razones. Y especialmente por los conquenses.

Resulta sorprendente comprobar cómo un hombre nacido en un pequeño pueblo de nuestra provincia terminó escuchando quechua en los Andes, aprendiendo aimara junto al lago Titicaca, estudiando nuevas lenguas en Tucumán, y utilizando el guaraní en las tierras paraguayas.

Hay algo profundamente sugestivo en su trayectoria. En una época caracterizada muchas veces por la imposición, Barzana comprendió que para hacerse entender había que empezar por aprender. Y para aprender había que escuchar.

No debemos convertirlo en lo que no fue. Alonso de Barzana fue un misionero católico del siglo XVI, convencido de la necesidad de cristianizar a las poblaciones indígenas, y plenamente integrado en el mundo cultural de la Monarquía Hispánica. Pero las lenguas son mucho más que instrumentos para comunicarse. En ellas se conserva una manera de ordenar el mundo, de nombrar la naturaleza, de expresar los sentimientos y de transmitir la memoria. Al aprender cada nueva lengua, Barzana penetraba inevitablemente en otra forma de contemplar la realidad.

Algunas de aquellas lenguas terminaron por desaparecer posteriormente; otras, como el quechua, el aimara o el guaraní, siguen siendo habladas actualmente por millones de personas. Por eso, Alonso de Barzana ocupa un lugar relevante en la historia de la lingüística misionera americana. Y fue conquense. Quizá eso sea lo que más debería sorprendernos. Un niño nacido en un pequeño pueblo que está situado en el extremo occidental de la provincia de Cuenca, Belinchón, hacia 1530; un estudiante en Baeza; un sacerdote y un jesuita que cruzó el Atlántico; un viajero que recorrió buena parte de América del Sur; un hombre que quiso hablar con los indígenas en sus propias lenguas y que terminó sus días en Cuzco, a miles de kilómetros de su tierra natal.

Hoy, más de cuatro siglos después, su nombre merece ser recuperado. Porque Alonso de Barzana pertenece a la historia de la Compañía de Jesús y a la historia de América. Pertenece también a la historia de las lenguas indígenas y al conocimiento de los pueblos americanos del siglo XVI. Pero, sobre todo, pertenece igualmente a nuestra historia. A la historia de Cuenca.

Y no deja de resultar hermoso pensar que aquel hombre que dedicó gran parte de su existencia a aprender las palabras que hablaban los pueblos que estaban situados al otro lado del mundo había escuchado las primeras palabras de su vida, casi quinientos años atrás, en un pequeño pueblo conquense llamado Belinchón.






El podcast de Clio: ALONSO DE BARZANA: EL APÓSTOL DE LAS LENGUAS

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