Alonso de Barzana, un conquense en el corazón de América
Hay personajes cuya vida parece desmentir la humildad del lugar en el que nacieron. Hombres que vinieron al mundo lejos de los grandes centros de poder en los que parecía escribirse la historia y que, sin embargo, terminaron recorriendo continentes y dejando una huella que sobrepasó con mucho las fronteras de su tierra natal. Uno de ellos fue Alonso de Barzana, sacerdote jesuita, misionero y extraordinario lingüista, nacido en Belinchón, en la actual provincia de Cuenca, hacia el año 1530.
Barzana nació en el seno de una familia cuyo padre ejercía
la medicina. Sin embargo, debido probablemente a su profesión, la familia
abandonó pronto las tierras conquenses, y terminó estableciéndose en Andalucía.
Desde aquel momento, Alonso quedó especialmente vinculado a Baeza, en la
provincia de Jaén, que ya era entonces un importante centro universitario y
religioso del siglo XVI. Y allí recibió una sólida formación en Artes y
Teología, y fue ordenado sacerdote en Granada en 1555. Durante aproximadamente
una década ejerció su ministerio en Andalucía, alcanzando cierto prestigio como
predicador.
Era ya un hombre formado cuando, en 1565, ingresó en la
Compañía de Jesús, en un momento en el que los jesuitas representaban ya una de
las fuerzas más dinámicas de la renovación católica. La educación y las
misiones constituían dos de sus principales campos de actuación, y el ejemplo
de Francisco Javier, que había llevado su actividad misionera hasta la India y
Japón, despertaba numerosas vocaciones. También la de Barzana.
En 1569 consiguió finalmente aquello que deseaba: ser
enviado a América. Partió de Sanlúcar de Barrameda, en la costa gaditana, en
marzo de aquel año, y llegó al puerto del Callao en noviembre. Pero durante la
travesía había comenzado ya a preparar su futura labor, para lo cual consiguió
hacerse con una gramática del quechua, y empezó a estudiar aquella lengua
mientras cruzaba el océano. Este hecho aparentemente anecdótico define
perfectamente al personaje. Barzana comprendió desde el principio que para acercarse
a los indígenas no bastaba con predicar por mediación de los intérpretes. Si
quería comunicarse realmente con ellos, debía conocer y hablar su mismo idioma.
Así, su facilidad para aprender lenguas sorprendió muy pronto a sus compañeros.
Pocos meses después de haber llegado a América era capaz de desenvolverse en
quechua con notable soltura. Predicaba, confesaba y conversaba con los
indígenas en su propia lengua.
Sus primeros destinos estuvieron en las proximidades de Lima
y en Huarochirí. En 1571 pasó a Cuzco, la antigua capital del Imperio incaico.
Allí perfeccionó todavía más su conocimiento del quechua y comenzó a preparar
sermones y textos catequéticos. No se limitaba a memorizar vocabularios.
Intentaba comprender la estructura de las lenguas, sus giros, sus formas
verbales y su manera particular de expresar conceptos. Aquella necesidad
planteaba problemas extraordinariamente complejos. ¿Cómo traducir al universo
cultural indígena conceptos cristianos como pecado, gracia, alma, salvación o
resurrección? ¿Qué palabras debían utilizarse sin alterar su significado?
El misionero comenzaba así a convertirse también en
lingüista. Su capacidad volvió a manifestarse cuando llegó a las regiones
próximas al lago Titicaca. Allí se encontró con otra de las grandes lenguas
andinas, el aimara. Nuevamente consiguió aprenderla con sorprendente rapidez.
En aquella época, uno de sus destinos fundamentales fue Juli, a orillas del lago
Titicaca. La misión jesuítica de Juli acabaría adquiriendo enorme importancia
porque en ella se ensayaron métodos que posteriormente encontrarían un desarrollo
mucho mayor en las célebres reducciones del Paraguay.
Barzana, como ya hemos dicho antes, defendía que el
misionero debía acercarse al indígena utilizando su propia lengua. Esta
afirmación no debe llevarnos a convertirlo anacrónicamente en un antropólogo
moderno. Era un religioso del siglo XVI cuyo propósito era la evangelización y
contemplaba las creencias indígenas desde los presupuestos del cristianismo de
su época. Pero dentro de aquel contexto existe algo especialmente atractivo en
su actitud: su voluntad de conocer al otro antes de hablarle. Las crónicas
jesuíticas le atribuyen además una expresión particularmente hermosa. Barzana
acostumbraba a referirse a los indígenas como «mis señores los indios».
Su prestigio lingüístico siguió creciendo. Elaboró
gramáticas, vocabularios, catecismos, confesionarios y sermonarios. Parte de
aquellos trabajos se perdió y otros sólo los conocemos a través de referencias
posteriores. Su propósito era fundamentalmente práctico: quería proporcionar a
los futuros misioneros instrumentos que les permitieran aprender aquellas
lenguas. En el siglo XVI se decía que era necesario «reducir una lengua a
arte». La expresión significaba descubrir sus reglas y plasmarlas en una gramática,
analizar los verbos, las relaciones entre las palabras, los sonidos y las
estructuras de idiomas que los europeos apenas conocían. Y Barzana fue uno de
los grandes protagonistas de aquella empresa.
Durante la década de 1580 estuvo relacionado también con el
extraordinario esfuerzo lingüístico que acompañó al III Concilio Limense,
celebrado entre 1582 y 1583. El concilio pretendía, entre otras cosas, unificar
los textos empleados en la evangelización y preparar doctrinas, catecismos y
confesionarios en las principales lenguas indígenas. La experiencia y los
materiales elaborados por grandes conocedores del quechua y del aimara
resultaron fundamentales para aquel proyecto. Algunos de aquellos textos estuvieron
además relacionados con los primeros grandes trabajos de la imprenta de Lima.
El conquense de Belinchón se encontraba así participando en
una de las mayores empresas culturales de la América del siglo XVI: convertir
en escritura sistemática lenguas que hasta entonces habían mantenido
fundamentalmente una tradición oral. Su autoridad llegó a ser reconocida
oficialmente. En la región de Charcas fue nombrado examinador de lenguas
indígenas. Los sacerdotes que pretendían ejercer su ministerio entre aquellas
poblaciones debían demostrar que poseían conocimientos suficientes, y Barzana
era uno de los encargados de comprobarlo.
Sin embargo, no permaneció cómodamente instalado como
profesor. Cuando superaba ya los cincuenta años, emprendió nuevas misiones
hacia el sur. Recorrió Tucumán, Santiago del Estero y otros territorios de la
actual Argentina. Y volvió a hacer lo que había hecho desde su llegada a
América: aprender. Así, llegaron otras lenguas, muy diferentes, que también
consiguió aprender con facilidad: tonocoté, kakán, toba, guaraní… Algunas
fuentes le atribuyen el conocimiento de hasta once lenguas indígenas, aunque
esta cifra debe manejarse con prudencia, pues no significa necesariamente que
dominara todas ellas con la misma perfección. Pero incluso admitiendo
diferentes grados de competencia, su capacidad lingüística resulta excepcional.
Y debemos imaginar las condiciones en las que el conquense
realizaba aquel trabajo. No existían entonces manuales ni diccionarios
modernos. En muchas ocasiones llegaba a lugares donde prácticamente no existía ninguna
documentación escrita en ninguno de esos idiomas. Debía escuchar, preguntar,
comparar sonidos, anotar palabras y descubrir poco a poco sus reglas.
Su interés por las lenguas lo llevó inevitablemente a
observar también las costumbres de los pueblos con los que convivía. Por ello,
sus cartas poseen hoy un importante valor etnográfico. No fue, evidentemente,
un antropólogo en el sentido moderno del término, pero sus escritos conservaron
informaciones sobre sociedades indígenas en un momento muy temprano del
contacto con los europeos.
En los últimos años de su vida llegó hasta Paraguay y
permaneció algún tiempo en Asunción. Desde allí escribió en 1594 una importante
carta en la que repasaba sus experiencias misioneras. Si trazáramos sus viajes
sobre un mapa, comprenderíamos mejor la magnitud de su aventura. Desde Lima y
Cuzco hasta el lago Titicaca, Potosí, Tucumán, Santiago del Estero o Asunción. Todo
ello representa miles de kilómetros recorridos, en una época en la que viajar
significaba, y más en un continente tan grande y, en aquellos tiempos, tan poco
conocido, atravesar durante semanas o meses cordilleras, desiertos, ríos y
territorios apenas conocidos.
Todo ello hizo que su salud terminara resintiéndose. A
finales de 1597 se encontraba gravemente enfermo y sus superiores decidieron
que regresara a Lima. Sin embargo, nunca pudo completar el viaje. Murió en Cuzco,
entre la noche del 31 de diciembre de 1597 y las primeras horas del 1 de enero del
año siguiente, y fue enterrado en la iglesia de la Compañía de Jesús de aquella
ciudad.
Su fama de santidad apareció muy pronto. Fue conocido como
el «Padre Santo» y el «Apóstol de los indios», e incluso llegó a comparársele
con san Francisco Javier. Hubo tempranos intentos de promover su beatificación,
aunque la causa quedó paralizada durante siglos. Finalmente fue recuperada. En
diciembre de 2017 el papa Francisco reconoció oficialmente sus virtudes
heroicas, y Alonso de Barzana recibió el título de Venerable. Pero, con
independencia de su dimensión religiosa, su figura merece ser recordada por
otras razones. Y especialmente por los conquenses.
Resulta sorprendente comprobar cómo un hombre nacido en un
pequeño pueblo de nuestra provincia terminó escuchando quechua en los Andes,
aprendiendo aimara junto al lago Titicaca, estudiando nuevas lenguas en Tucumán,
y utilizando el guaraní en las tierras paraguayas.
Hay algo profundamente sugestivo en su trayectoria. En una
época caracterizada muchas veces por la imposición, Barzana comprendió que para
hacerse entender había que empezar por aprender. Y para aprender había que escuchar.
No debemos convertirlo en lo que no fue. Alonso de Barzana
fue un misionero católico del siglo XVI, convencido de la necesidad de
cristianizar a las poblaciones indígenas, y plenamente integrado en el mundo
cultural de la Monarquía Hispánica. Pero las lenguas son mucho más que
instrumentos para comunicarse. En ellas se conserva una manera de ordenar el
mundo, de nombrar la naturaleza, de expresar los sentimientos y de transmitir
la memoria. Al aprender cada nueva lengua, Barzana penetraba inevitablemente en
otra forma de contemplar la realidad.
Algunas de aquellas lenguas terminaron por desaparecer
posteriormente; otras, como el quechua, el aimara o el guaraní, siguen siendo
habladas actualmente por millones de personas. Por eso, Alonso de Barzana ocupa
un lugar relevante en la historia de la lingüística misionera americana. Y fue
conquense. Quizá eso sea lo que más debería sorprendernos. Un niño nacido en un
pequeño pueblo que está situado en el extremo occidental de la provincia de
Cuenca, Belinchón, hacia 1530; un estudiante en Baeza; un sacerdote y un
jesuita que cruzó el Atlántico; un viajero que recorrió buena parte de América
del Sur; un hombre que quiso hablar con los indígenas en sus propias lenguas y
que terminó sus días en Cuzco, a miles de kilómetros de su tierra natal.
Hoy, más de cuatro siglos después, su nombre merece ser
recuperado. Porque Alonso de Barzana pertenece a la historia de la Compañía de
Jesús y a la historia de América. Pertenece también a la historia de las
lenguas indígenas y al conocimiento de los pueblos americanos del siglo XVI. Pero,
sobre todo, pertenece igualmente a nuestra historia. A la historia de Cuenca.
Y no deja de resultar hermoso pensar que aquel hombre que
dedicó gran parte de su existencia a aprender las palabras que hablaban los
pueblos que estaban situados al otro lado del mundo había escuchado las
primeras palabras de su vida, casi quinientos años atrás, en un pequeño pueblo
conquense llamado Belinchón.
El podcast de Clio: ALONSO DE BARZANA: EL APÓSTOL DE LAS LENGUAS


