Albert Le Lay, el rey de Canfranc
En los años más oscuros de la Segunda Guerra Mundial, la monumental estación de Canfranc se convirtió en uno de los lugares más singulares de la frontera europea. Por sus andenes pasaron mercancías estratégicas, oro, agentes secretos, refugiados y hombres perseguidos por la Gestapo. En medio de aquel escenario se movía un discreto funcionario francés de Aduanas, Albert Le Lay, que utilizó su privilegiada posición para colaborar con la Resistencia y los aliados. Su historia, casi novelesca, permite descubrir la cara más secreta de Canfranc.
Albert Le Lay había nacido en Brest, en la Bretaña francesa,
en 1899. Pertenecía, por lo tanto, a aquella generación europea cuya juventud
quedó marcada por la Primera Guerra Mundial. Participó en ella y, terminado el
conflicto, formó parte del contingente de intermediación enviado a Polonia. La
guerra había frustrado sus deseos iniciales de ingresar en la Escuela Naval,
pero no su vocación de servicio público. En 1921 ingresó en el Servicio de
Aduanas francés, y comenzó una carrera profesional que, sin saberlo todavía,
terminaría situándolo en uno de los lugares estratégicos de Europa.
Su primer destino estuvo en Charleville, junto a la frontera
franco-belga. Aquel mismo año contrajo matrimonio con Lucienne Tholomé, una
joven belga que habría de acompañarlo durante el resto de su vida. Poco después
fue destinado a Hendaya, donde permaneció entre 1923 y 1931. Aquella etapa
tendría una importancia fundamental. Allí aprendió a conocer España, su idioma,
sus costumbres y, sobre todo, el complejo mundo de las relaciones fronterizas.
En una frontera, las leyes marcan sobre el papel dónde termina un país y
comienza otro, pero la vida cotidiana crea vínculos que con frecuencia
atraviesan esa línea. Le Lay comprendió muy pronto esa realidad. Después pasó
por Brest y París, y fue ascendiendo dentro de la administración aduanera
francesa. Cuando comenzó la Segunda Guerra Mundial ya era un funcionario
experimentado y con amplios conocimientos sobre España.
A comienzos de 1940 recibió el nombramiento que iba a
cambiar su vida: fue enviado a Canfranc para hacerse cargo de la aduana
francesa de su estación internacional. No era un destino cualquiera. La
estación había sido inaugurada en 1928 como una de las grandes obras de
ingeniería destinadas a comunicar España y Francia a través del Pirineo
central. Su enorme edificio de viajeros, sus playas de vías, almacenes y dependencias
aduaneras reflejaban las esperanzas depositadas en aquella comunicación
internacional. Pero cuando Le Lay llegó allí, Europa estaba nuevamente en
guerra y el tráfico ferroviario se encontraba todavía afectado por las
consecuencias de la Guerra Civil española.
Pero todo cambiaría muy pronto. En junio de 1940, acabada ya
la Guerra Civil en España pero iniciado un nuevo conflicto bélico de carácter
internacional que muy pronto iba a convertirse en mundial, Francia cayó ante el
avance alemán. El norte y la costa atlántica quedaron ocupados por Alemania,
mientras que en el sur se establecía el régimen de Vichy, encabezado por el
mariscal Pétain. España, recién salida de su propia guerra, mantuvo una
compleja posición ante el conflicto: inicialmente neutral, pasó después a
declararse no beligerante, y posteriormente recuperó formalmente la
neutralidad. En ese difícil equilibrio, la frontera pirenaica adquirió una
importancia extraordinaria.
Canfranc se transformó entonces en una puerta entre dos
mundos. Por ella comenzaron a circular mercancías esenciales para la economía
de guerra. Uno de los productos que adquirió mayor importancia fue el wolframio,
un mineral que era utilizado para endurecer el acero, y que por ello era
extraordinariamente valioso para la industria militar alemana. España y
Portugal disponían de importantes yacimientos, y Alemania estaba interesada en
asegurar su suministro. Los trenes transportaban el mineral hacia el territorio
controlado por el Tercer Reich.
En sentido contrario circulaba otro producto mucho más
llamativo: oro. Durante aquellos años llegaron a España importantes cantidades
de oro procedentes de la esfera económica alemana como pago de las mercancías
adquiridas en la península por el régimen de Hitler. Décadas después, la aparición
de documentación ferroviaria en Canfranc contribuyó a reconstruir la dimensión
de aquellos intercambios. La estación pirenaica quedó así asociada para siempre
a una de las historias más fascinantes de la Segunda Guerra Mundial en España:
los llamados trenes del oro nazi.
Pero aquella era solamente una de las caras de Canfranc. Mientras
por sus vías circulaban mercancías destinadas a alimentar la maquinaria
económica del Reich, por aquellos mismos caminos de hierro, túneles y las
cercanas montañas, transitaban clandestinamente hombres y mujeres que huían
precisamente de los nazis. Judíos perseguidos, aviadores aliados derribados
sobre territorio ocupado, miembros de la Resistencia, agentes de inteligencia o
simples refugiados, buscaban atravesar los Pirineos para alcanzar España y,
desde allí, Portugal, Gibraltar o el norte de África.
Y en medio de aquel mundo se encontraba Albert Le Lay. Su
puesto como responsable de la aduana francesa le proporcionaba una situación
privilegiada. Conocía los horarios de los trenes, los controles fronterizos,
los movimientos de funcionarios y de policías, y las peculiaridades de una
frontera que llevaba años recorriendo profesionalmente. Pero, sobre todo,
conocía a las personas. Sus años anteriores en España le habían permitido
establecer relaciones y comprender una realidad que escapaba muchas veces a los
informes oficiales.
Después de la derrota francesa, Le Lay decidió no limitarse
a cumplir pasivamente las órdenes del régimen de Vichy. Mantuvo exteriormente
la apariencia del funcionario leal, pero comenzó a colaborar con quienes
luchaban contra la ocupación alemana. Esa doble vida era extraordinariamente
peligrosa. Desde su despacho debía aparentar normalidad mientras,
discretamente, facilitaba contactos y movimientos relacionados con la Resistencia.
Canfranc se convirtió así en un punto de enlace entre las
redes clandestinas francesas y los aliados. Por allí atravesaron personas,
documentación, mensajes, dinero, y todo el material destinado a mantener viva
la resistencia contra la ocupación alemana. Entre los episodios más
significativos se encuentra el paso de equipos de radio destinados a establecer
comunicaciones clandestinas con Londres. En una guerra en la que la información
podía resultar tan decisiva como las armas, aquellas pequeñas emisoras constituían
instrumentos de enorme valor. La posición de Le Lay permitía además ayudar a
quienes intentaban escapar de la persecución nazi. No siempre se trataba de
grandes operaciones de espionaje. A veces lo esencial consistía simplemente en
mirar hacia otro lado en el momento oportuno, facilitar una información,
advertir de un control, o poner a una persona en contacto con quien pudiera
ayudarla a cruzar la frontera. Pequeños actos que, en aquellas circunstancias,
podían significar la diferencia entre la libertad y la deportación, e incluso
entre la vida y la muerte.
Por eso la historia de Albert Le Lay posee una dimensión
profundamente humana. No era un aventurero ni un agente secreto formado para
actuar detrás de las líneas enemigas. Era un funcionario de aduanas que utilizó
las posibilidades que le ofrecía su trabajo para participar en una red
clandestina. Y precisamente esa normalidad aparente constituía su mejor
protección. Durante un tiempo consiguió mantener su doble actividad. Sin
embargo, la situación se volvió cada vez más peligrosa. En noviembre de 1942,
después del desembarco aliado en el norte de África, las tropas alemanas
ocuparon también la zona de Francia que hasta entonces había permanecido bajo
la administración directa de Vichy. La presencia alemana en los Pirineos
aumentó, y con ella la vigilancia sobre las redes clandestinas.
Al final, la Gestapo terminó sospechando de Le Lay. En
septiembre de 1943 su situación se hizo insostenible. Descubierta su actividad,
tuvo que abandonar precipitadamente Canfranc para evitar ser detenido. Comenzó
entonces otro capítulo de su extraordinaria historia: el funcionario que
durante años había ayudado a otros a escapar se convertía ahora él mismo en
fugitivo. La huida tuvo que organizarse con enorme cautela. Las autoridades
alemanas conocían su identidad y podían vigilar tanto las comunicaciones como
los pasos fronterizos. Le Lay consiguió internarse en España y emprender un
recorrido hacia el sur. Zaragoza, Sevilla y finalmente Gibraltar marcaron
algunas etapas de un viaje cuyo objetivo era alcanzar territorio controlado por
los aliados.
Desde Gibraltar pudo trasladarse al norte de África y llegar a Argel, que se había convertido en uno de los centros políticos y militares de la Francia libre. Allí se reunió con quienes continuaban la lucha contra Alemania y siguió colaborando con la causa aliada hasta el final de la guerra. Resulta difícil imaginar lo que debió de significar para él abandonar Canfranc. No era solamente un puesto administrativo. Durante aquellos años había creado estrechos vínculos con los habitantes de la localidad, y había compartido con algunos de ellos riesgos que podían pagarse con la vida. Precisamente por eso, terminada la guerra, tomó una decisión significativa. Podía haber continuado su carrera en París o aceptar puestos de mayor responsabilidad. Sin embargo, prefirió volver al lugar en el que había vivido los años más peligrosos de su existencia. Retomó sus funciones, y permaneció vinculado a la estación hasta 1957. Francia y los países aliados reconocieron posteriormente sus servicios. Recibió importantes condecoraciones, entre ellas la Legión de Honor, la Medalla de la Resistencia Francesa y la estadounidense Medalla de la Libertad. Eran reconocimientos oficiales a una actividad que durante la guerra había tenido necesariamente que permanecer en secreto.
Albert Le Lay murió en 1988. Con el paso de los años su
nombre fue recuperándose junto con la memoria de aquella Canfranc secreta.
Documentos, testimonios familiares e investigaciones históricas permitieron
reconstruir una historia que durante mucho tiempo había permanecido oculta
detrás de la espectacular arquitectura de la estación. Su figura representa, en
cierto modo, una de las grandes paradojas de Canfranc durante la Segunda Guerra
Mundial. Por aquellos mismos andenes por los que circulaban mercancías
relacionadas con los intereses económicos de la Alemania nazi pasaban también
personas que escapaban de ella. Mientras unos trenes transportaban wolframio
hacia el norte y otros traían oro hacia España, en los despachos y pasillos de
la estación se desarrollaba una guerra silenciosa hecha de mensajes ocultos,
documentos falsos, confidencias y miradas cómplices.
Le Lay se encontraba en el centro de aquella contradicción. Quizá
por eso el sobrenombre de «rey de Canfranc» resulta tan apropiado,
aunque pueda parecer exagerado. No fue rey de ningún territorio, naturalmente,
pero durante aquellos años conoció como pocos los secretos de aquel pequeño
universo fronterizo. Sabía quién llegaba, quién partía, y qué intereses se
ocultaban detrás de determinados movimientos. Y utilizó ese conocimiento para
ayudar a quienes luchaban contra la ocupación nazi. Hoy, cuando se contempla la
restaurada estación internacional de Canfranc, resulta fácil dejarse seducir
por la monumentalidad del edificio. Pero su verdadera riqueza no está solamente
en sus dimensiones ni en su arquitectura. Está también en las historias de
quienes pasaron por allí.
Y entre todas ellas, la de Albert Le Lay ocupa un lugar
especial, porque recuerda que las grandes guerras no se libran únicamente en
los campos de batalla. También se libran en los despachos, en las estaciones
ferroviarias, en los controles fronterizos, y en las decisiones aparentemente
pequeñas de personas anónimas. A veces basta con permitir que alguien atraviese
una puerta, retrasar una inspección, transmitir un mensaje o guardar silencio
en el momento adecuado.
En Canfranc, durante algunos de los años más terribles de la
historia europea, un funcionario de Aduanas hizo precisamente eso. Mientras los
trenes atravesaban la frontera y Europa se consumía en la guerra, Albert Le Lay
convirtió su puesto de mando en una pequeña puerta hacia la libertad para
muchas personas. Y quizá sea esa, más que cualquier condecoración, la mejor
explicación de por qué todavía hoy Canfranc recuerda a quien fue conocido como el
rey de Canfranc.
La extraordinaria historia de Albert Le Lay ha terminado
también por encontrar su lugar en la literatura. En «Volver a Canfranc», la
novela de Rosario Raro, publicada en 2015, realidad y ficción se entrelazan
para reconstruir aquel mundo de fugitivos, resistentes franceses, espías aliados
y soldados alemanes, que convirtió la estación pirenaica en uno de los
escenarios más insólitos de la Segunda Guerra Mundial. Le Lay aparece
transformado en Laurent Juste, jefe de la aduana francesa y uno de los
personajes principales de la novela. No se trata, naturalmente, de una
biografía novelada. El autor cambia los nombres, introduce personajes ficticios,
y construye tramas propias de la ficción, pero conserva el núcleo esencial de
la verdadera historia de Le Lay, su pertenencia a la Resistencia, su
utilización del privilegiado puesto que ocupaba en la frontera y, sobre todo,
su compromiso con quienes trataban de escapar de la Europa dominada por los
nazis. De esta forma, «Volver a Canfranc» convierte en materia literaria unos
acontecimientos que durante décadas permanecieron prácticamente olvidados, y
devuelve protagonismo tanto a Le Lay como a aquellos hombres y mujeres que,
desde la discreción, y asumiendo enormes riesgos, hicieron de Canfranc una
puerta hacia la libertad. Resulta especialmente significativo que el propio
nieto de Albert Le Lay, Víctor Fairén Le Lay, haya destacado el cuidado con el
que Rosario Raro trasladó la figura de su abuelo a la ficción, manteniendo la
distancia necesaria entre Albert Le Lay, el hombre real, y Laurent Juste, su
trasunto literario.
El podcast de Clio: EL REY DE CANFRANC


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