JUAN MALDONADO, UN HUMANISTA DESDE LA PERIFERIA CONQUENSE
Hay pueblos que parecen destinados a no salir nunca del mapa local, a permanecer en silencio, mientras la Historia transcurre por otros caminos. Y, sin embargo, a veces, desde uno de esos lugares pequeños, casi invisibles, surge una idea capaz de adelantarse siglos a su tiempo. Bonilla, en la provincia de Cuenca, es uno de esos lugares. Allí nació Juan Maldonado, humanista del siglo XVI, y autor de una obra sorprendente, el Somnium, que muchos consideran hoy como uno de los primeros textos de ciencia ficción de la historia. Esta es una historia de paisaje y pensamiento, de periferia y cosmos, de un pueblo mínimo, y un sueño inmenso.
Bonilla no es un nombre que evoque grandes gestas. No fue corte, ni universidad, ni campo de batalla decisivo. Es un pueblo pequeño, asentado en un territorio de transición, entre la Serranía y la Mancha, en una provincia que ha sido, durante siglos, frontera y cruce de caminos, más que centro de poder. Su historia es la de tantos lugares rurales de Castilla: agricultura, ritmos lentos de vida; de una vida marcada por el calendario litúrgico y por el paso de las estaciones. Precisamente por eso, Bonilla es un lugar profundamente representativo de la España en la que nació Juan Maldonado. Una España todavía medieval en muchos aspectos, pero ya abierta a una modernidad que comenzaba a insinuarse con fuerza.
En ese mundo es donde nació Juan
Maldonado, hacia 1485. en el seno de una Castilla todavía marcada por
estructuras medievales, pero ya permeable a los aires renovadores del
Renacimiento. Tras una primera formación en su entorno natal, marchó a la
Universidad de Salamanca, donde estudió Artes y Derecho y fue discípulo de
figuras capitales del humanismo hispano como Antonio de Nebrija. En ese
ambiente universitario entró en contacto con el ideal humanista: el cultivo del
latín clásico, la recuperación de los autores antiguos y la convicción de que
la filología era la base de todo saber. Muy pronto se sintió atraído por las
ideas de Erasmo de Róterdam, con quien mantuvo amistad y correspondencia,
convirtiéndose en uno de los principales introductores del erasmismo en España.
Ordenado sacerdote, desarrolló la
mayor parte de su vida intelectual en Burgos, ciudad especialmente receptiva a
las corrientes humanistas del momento. Allí ejerció como administrador y
capellán de la diócesis y, desde 1534, como profesor de Humanidades. Fue
protegido por Diego Osorio, y nombrado preceptor de Mencía de Mendoza, una de
las grandes figuras femeninas del humanismo peninsular, mecenas de
intelectuales como Luis Vives. Maldonado intentó siempre conciliar la práctica
eclesiástica con el humanismo erasmista, una posición cada vez más delicada
conforme avanzaba el siglo XVI y se endurecía el clima doctrinal tras el
Concilio de Trento, lo que contribuyó a que su figura y su obra quedaran pronto
relegadas.
Toda su producción literaria fue
escrita en latín, y revela una notable versatilidad intelectual. Cultivó el
teatro humanístico con la “Comoedia Hispaniola o La Española”, ejerció una
crítica moral del clero en obras como “Pastor bonus”, reflexionó sobre la
enseñanza y la filología en la “Paraenesis ad litteras”, y compuso diálogos y
monólogos de tono autobiográfico en “Eremitae”. A esta producción se suman una
crónica de los sucesos comuneros (“De motu Hispaniae”) y el “Somnium” (1541),
una audaz ficción especulativa sobre un viaje cósmico. Precisamente por el tono
autobiográfico, crítico y narrativo de algunos de sus escritos, varios
estudiosos han propuesto a Juan Maldonado como posible autor del anónimo “Lazarillo
de Tormes”, hipótesis discutida pero reveladora del lugar que ocupa su figura
en los orígenes de la literatura moderna española. Falleció hacia el año 1554.
Resulta tentador pensar que la
infancia de Maldonado transcurrió bajo cielos limpios, noches oscuras y
silenciosas, con un firmamento que aún no había sido domesticado por la luz artificial,
ni por las prisas modernas. El cielo, entonces, no era una abstracción
científica, ni un objeto lejano; era, más bien, una presencia cotidiana. Las
estrellas marcaban el tiempo, las estaciones regulaban el trabajo, y la bóveda
celeste formaba parte de la experiencia vital de cualquier niño nacido en un
entorno rural. Ese contacto temprano con el horizonte y con la noche quizá no
explique por sí solo la obra futura de Maldonado, pero ayuda a entender la
sensibilidad desde la que más tarde se atrevió a imaginarse el cosmos.
Como tantos jóvenes brillantes de su
tiempo, Maldonado pronto abandonó su lugar de origen para formarse en uno de
los grandes centros intelectuales de la época: la Universidad de Salamanca.
Salamanca era entonces algo más que una universidad prestigiosa; era un
auténtico laboratorio intelectual del Renacimiento español. Allí convivían la
escolástica tardomedieval, el humanismo clásico, el estudio filológico de las
lenguas antiguas y las primeras inquietudes científicas modernas. Maldonado se
formó en ese ambiente fecundo, abierto todavía a la pregunta y a la
especulación, antes de que el siglo XVI cerrara muchas de esas puertas.
Maldonado fue, ante todo, un
humanista. Es decir, un intelectual convencido de que el conocimiento de los
clásicos, el dominio de la lengua latina y el ejercicio de la razón eran
herramientas esenciales para comprender el mundo y al ser humano. No fue un
rebelde ni un heterodoxo en sentido estricto, pero sí perteneció a una
generación que todavía creía que fe y razón podían dialogar sin miedo. Cercano
al clima erasmista, atento a los métodos filológicos y a la claridad expresiva,
Maldonado encarna ese momento delicado y brillante del humanismo español
anterior a la rigidez doctrinal que impondría el Concilio de Trento.
Es en ese contexto donde hay que
situar su obra más sorprendente, el “Somnium”. El título, que puede traducirse
como “El sueño”, no debe engañarnos. El recurso del sueño como marco narrativo
era bien conocido desde la Antigüedad clásica. Autores como Cicerón o Luciano
de Samosata habían utilizado la ensoñación como espacio de libertad literaria,
como un territorio donde era posible decir lo que no podía afirmarse de forma
directa. El sueño protegía al autor y al mismo tiempo abría la puerta a lo
imposible. Pero en manos de Maldonado, el sueño se convierte en algo nuevo: en
un instrumento para pensar el universo.
El “Somnium” de Maldonado no es una
alegoría moral ni una visión mística al uso. Tampoco es una fantasía desbordada
sin anclaje racional. Es un texto en el que la imaginación se pone al servicio
de la reflexión. El narrador se ve transportado más allá de la Tierra y
contempla el cosmos desde una perspectiva distinta, exterior, casi
deshumanizada. Desde ese punto de vista, el mundo se vuelve objeto de análisis.
Los astros, el movimiento celeste, la posición del ser humano en el universo
dejan de ser verdades recibidas y se convierten en preguntas abiertas.
Aquí radica la modernidad radical de
Maldonado. En un momento en que el modelo cosmológico tradicional aún dominaba
el pensamiento europeo, se atreve a utilizar la ficción para ensayar una mirada
nueva sobre el universo. No afirma dogmas científicos, pero sí introduce la
duda, la hipótesis, la observación imaginada. El espacio deja de ser solo el
ámbito de lo divino para convertirse en un escenario que puede ser pensado,
recorrido y descrito, aunque sea mediante un sueño.
Por eso, aunque el término sea
posterior, muchos estudiosos consideran hoy el Somnium de Juan Maldonado
como una de las primeras manifestaciones de lo que llamamos ciencia ficción. No
porque aparezcan tecnologías futuristas ni sociedades alienígenas, sino porque
se da un paso decisivo: la imaginación ya no se limita a lo maravilloso, sino
que se vincula a la razón. La ficción se convierte en un laboratorio mental
para explorar lo posible.
Esta idea resulta aún más clara
cuando se compara la obra de Maldonado con el célebre “Somnium” de Johannes
Kepler, escrito varias décadas después. Kepler suele ocupar un lugar destacado
en la historia de la ciencia ficción por su relato de un viaje lunar con
finalidad astronómica. Sin embargo, Maldonado se adelanta cronológicamente al
célebre astrónomo alemán, y escribe desde un momento aún más incierto, cuando
la cosmología medieval no ha sido sustituida aún por el pensamiento moderno,
pero ya está empezando a resquebrajarse. Su mérito es haber intuido, antes que
muchos otros, que el universo podía ser pensado de otra manera.
Que esta obra naciera de la pluma de
un humanista español y no de un científico moderno no es un dato menor. Durante
mucho tiempo, la historiografía ha tendido a presentar a la España del siglo
XVI como un país cerrado a la modernidad científica, más preocupado por la
ortodoxia religiosa que por la exploración intelectual. Sin embargo, figuras
como Maldonado desmienten ese tópico. Hubo en España un humanismo inquieto,
abierto al cosmos, capaz de dialogar con las grandes preguntas científicas de
su tiempo. Lo que ocurrió es que ese humanismo quedó pronto eclipsado por
diversos factores.
A partir de mediados del siglo XVI,
el clima intelectual cambió de manera profunda. El Concilio de Trento,
necesario para la clarificación doctrinal de la Iglesia, tuvo también como
efecto colateral una reducción de los márgenes de libertad especulativa. El
erasmismo fue visto con sospecha, la imaginación comenzó a ser vigilada, y el
pensamiento se replegó hacia posiciones más seguras. En ese nuevo contexto,
obras como el “Somnium” de Juan Maldonado dejaron de circular, se leyeron menos,
quedaron relegadas a bibliotecas y manuscritos.
El hecho de que Maldonado escribiera
en latín contribuyó también a su olvido. El latín era la lengua internacional
del saber, pero no la de la difusión popular. Con el paso del tiempo, la
literatura en lengua vernácula ocupó el centro del canon, y los textos
humanistas latinos fueron quedando al margen de la memoria colectiva. Así, Juan
Maldonado pasó de ser un intelectual respetado en su tiempo, a convertirse en
una figura casi desconocida para el gran público.
Volver hoy la mirada hacia Bonilla y
hacia Juan Maldonado es, por lo tanto, un ejercicio de recuperación y de
justicia histórica. Bonilla no es solo el lugar donde nació un humanista; es el
símbolo de una periferia capaz de generar pensamiento universal. Desde un
pueblo pequeño de la provincia de Cuenca surgió una obra que se atreve a pensar
el cosmos cuando aún no existía la ciencia moderna tal como hoy la entendemos.
Ese dato, por sí solo, debería hacernos reconsiderar muchos prejuicios sobre la
historia intelectual española.
Hay algo profundamente sugerente en
imaginar a Juan Maldonado, ya formado en Salamanca, recordando quizá las noches
estrelladas de su infancia en Bonilla, mientras escribe su “Somnium”. No porque
el texto sea autobiográfico, sino porque en él se percibe una mirada que no se
conforma con lo inmediato, que necesita distancia para comprender. Esa
distancia, paradójicamente, puede nacer tanto del viaje intelectual como del
arraigo en un lugar concreto.
Bonilla, hoy, sigue siendo un pueblo
pequeño, discreto, ajeno a los grandes focos mediáticos. Pero su vínculo con
Juan Maldonado le otorga una dimensión simbólica extraordinaria. Es el
recordatorio de que las grandes ideas no siempre nacen en las capitales ni en los
centros de poder. A veces surgen en los márgenes, en espacios aparentemente
secundarios, cuando alguien se atreve a mirar más allá de lo visible.
Reivindicar a Juan Maldonado no es
un gesto de orgullo localista, ni una curiosidad erudita. Es reconocer que la
modernidad no fue un proceso lineal ni exclusivo de unos pocos países o
ciudades. Que también en la España del siglo XVI hubo imaginación científica,
pensamiento especulativo y audacia intelectual. Que hubo, en definitiva, sueños
que apuntaban al futuro.
El “Somnium” de Maldonado nos
interpela hoy porque nos recuerda que imaginar es una forma de conocer. Que
soñar, cuando se hace con rigor y con preguntas auténticas, puede abrir caminos
inesperados. Desde Bonilla hasta el cosmos, desde un pueblo pequeño hasta una
idea universal, la obra de Juan Maldonado nos invita a mirar el cielo con
curiosidad, y a no subestimar nunca la capacidad de la periferia para generar
pensamiento.
Quizá esa sea la lección más
duradera de esta historia: que incluso desde los lugares más humildes, se puede
pensar el universo entero. Que el mapa cultural está lleno de silencios que
merecen ser escuchados. Y que, a veces, basta con volver la vista a un pequeño
pueblo de Cuenca para descubrir que allí, hace quinientos años, alguien se
atrevió a soñar con las estrellas.



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