LOS TRES MUNDOS: CIVILIZACIONES EN OCASO Y UNA POTENCIA EN EXPANSIÓN

 

Con “Los tres mundos, Santiago Posteguillo” continúa la trilogía novelística dedicada a Julio César, iniciada con “Roma soy yo” y “Maldita Roma”, a las cuales, como a otras novelas del mismo autor, uno de los escritores que más conocen la historia de Roma, ya le he dedicado alguna entrada en este mismo blog (ver “Yo, Julia, de Santiago Posteguillo, o cómo acercarnos a la historia a través de la novela”, 22 de diciembre de 2019; “Roma. soy yo. Julio César y Roma en la pluma de Santiago Posteguillo”, 11 de enero de 2023; “Maldita Roma, la última novela de Santiago Posteguillo sobre Julio César”, 21 de abril de 2024) . En esta tercera entrega, el autor desplaza deliberadamente el centro del relato desde el héroe individual hacia el escenario político global, convirtiendo la novela en una reflexión sobre el choque entre civilizaciones y la naturaleza del poder. Roma, Egipto y la Galia aparecen así, no solo como espacios históricos, sino como modelos políticos en conflicto —una potencia en expansión frente a dos culturas en declive—, en un relato que interpela de forma directa al lector contemporáneo y a las tensiones geopolíticas de nuestro tiempo.

 

Con “Los tres mundos”, Santiago Posteguillo no se limita a reconstruir un episodio decisivo de la Antigüedad clásica, sino que propone una lectura global del poder histórico, una reflexión sobre el nacimiento, agotamiento y colisión de civilizaciones. El título, aparentemente sencillo, encierra una ambición interpretativa mayor: explicar por qué algunas culturas están destinadas a expandirse, otras a extinguirse y otras, pese a su grandeza, a quedar relegadas al recuerdo. Leída desde una perspectiva crítica, la novela funciona como una metáfora histórica de alcance universal. Roma, Egipto y la Galia no son únicamente espacios geográficos o marcos narrativos; son modelos civilizatorios, tres maneras distintas de situarse ante el tiempo, el poder y el futuro. En ese sentido, Los tres mundos se inscribe en la tradición de la novela histórica que, más que ilustrar el pasado, interroga el presente.

 


I. Roma: la civilización que avanza incluso cuando se descompone

Roma aparece en la obra de Posteguillo como una potencia en plena expansión, pero también como un sistema político tensionado hasta el límite. No es una Roma idealizada ni heroica, sino una República enferma de ambición, luchas internas y violencia estructural. Sin embargo, esa misma conflictividad es parte de su fortaleza. Roma sobrevive —y se impone— porque posee algo que las otras civilizaciones han perdido o nunca tuvieron: capacidad de adaptación histórica. Su grandeza no reside únicamente en sus legiones, sino en su comprensión del poder como herramienta mutable. Roma cambia, absorbe, copia, transforma. No venera su pasado como una reliquia intocable, sino como un instrumento al servicio del futuro.

Desde el punto de vista literario, Posteguillo construye una Roma profundamente humana: pragmática, brutal cuando es necesario, contradictoria, pero siempre consciente de su destino expansivo. La República está muriendo, sí, pero de ese cadáver nacerá el Imperio. Roma no teme destruir sus propias estructuras si con ello garantiza su supervivencia como civilización dominante. Posteguillo no idealiza Roma, pero tampoco la condena. La presenta como lo que es: una maquinaria histórica que avanza porque sabe hacerlo, incluso a costa de su propia alma republicana.

La lectura de la novela, en clave de política actual, resulta inevitable. Roma recuerda a las grandes potencias actuales que, aun atravesando crisis internas profundas —polarización, corrupción, descrédito institucional—, continúan proyectando poder global. Como entonces, la pregunta no es moral, sino histórica: ¿quién posee los medios, la organización y la voluntad para imponer su modelo?


II. Egipto: la civilización sublime que llega demasiado tarde

Si Roma representa el movimiento, Egipto simboliza la permanencia. Es el mundo antiguo por excelencia, una civilización de miles de años que ha alcanzado un grado de sofisticación cultural, religiosa y simbólica que Roma apenas puede comprender. Pero esa misma grandeza es su condena. Egipto vive anclado en el pasado. No porque sea ignorante, sino porque su identidad se construye sobre la idea de eternidad. Los rituales, la monarquía sagrada, el peso de la tradición convierten cualquier reforma en sacrilegio. Frente a una Roma que cambia constantemente, Egipto permanece inmóvil, convencido de que la Historia acabará respetando su antigüedad.

Posteguillo retrata un Egipto espléndido, fascinante, intelectualmente brillante, pero políticamente impotente. La corte alejandrina es un lugar de intrigas refinadas, no de decisiones efectivas. La cultura egipcia lo ha explicado todo, menos cómo sobrevivir en un mundo que ya no se rige por símbolos, sino por ejércitos.

La figura de Cleopatra es clave en este análisis. En la novela no aparece como mero icono romántico, sino como la última conciencia histórica de Egipto. Es inteligente, políglota, perfectamente consciente del peligro romano. Pero su tragedia es estructural: comprende la realidad cuando ya no puede cambiarla. Cleopatra no fracasa por falta de talento, sino porque representa una civilización que ha agotado su ciclo histórico. Egipto puede negociar, seducir, aliarse… pero no puede imponerse. Y en la lógica del poder romano, eso equivale a desaparecer.

Egipto evoca hoy a aquellas culturas o estados con un pasado deslumbrante, gran peso simbólico y prestigio cultural, pero escasa capacidad real de influencia global. Son referentes morales, estéticos o espirituales, pero no actores decisivos. El respeto no sustituye al poder.

 

III. La Galia: la resistencia sin futuro

El tercer mundo es, quizá, el más trágico. La Galia representa la cultura que no logra convertirse en civilización política. Valiente, orgullosa, profundamente enraizada en su territorio, pero incapaz de superar la fragmentación tribal. Posteguillo muestra a la Galia como un conjunto de pueblos que valoran la libertad por encima de todo, incluso de su supervivencia colectiva. Su resistencia a Roma es heroica, pero desorganizada. Cada tribu lucha por sí misma, y cuando comprende la magnitud del enemigo, ya es demasiado tarde. La Galia no cae por inferioridad moral o cultural, sino por falta de estructura histórica. Roma no la destruye por crueldad, sino por necesidad. En el choque entre un sistema organizado y una suma de voluntades dispersas, el resultado es inevitable.

La Galia simboliza a los pueblos, regiones o identidades que se resisten a los grandes bloques de poder sin disponer de los medios necesarios para sostener esa resistencia. Son culturas ricas, auténticas, pero políticamente vulnerables. La Historia suele ser despiadada con ellas.


 IV. Tres mundos, una sola lección histórica

El autor escribe con un estilo que oscila entre la crónica y la épica. Su prosa, clara y vigorosa, se adorna de imágenes que convierten la historia en relato vivo. No se limita a reconstruir hechos: los insufla de emoción, de carne y de destino. “Los tres mundos” es, más que una novela histórica: es un espejo donde se reflejan las eternas tensiones del poder, la gloria y la pérdida. Posteguillo nos recuerda que César no fue solo un conquistador, sino un hombre atrapado entre tres mundos que lo reclamaban: el fragor de la guerra, la astucia de la política y el misterio de Oriente. Es un libro que se lee como quien escucha un canto antiguo: con la certeza de que cada página nos acerca a la raíz de lo humano, allí donde la ambición y la tragedia se funden en un mismo latido.

El gran acierto de “Los tres mundos” es mostrar que la Historia no es un juicio moral, sino un proceso dinámico. No sobreviven los más justos, ni los más antiguos, ni los más nobles, sino los que mejor se adaptan a la lógica de su tiempo. Roma, Egipto y la Galia no son buenos o malos. Son fases distintas del ciclo histórico:

·                 Roma es el futuro que avanza

·                 Egipto es el pasado que se resiste a morir

·                 La Galia es la identidad que no logra transformarse en poder

La última novela de Santiago Posteguillo demuestra que la novela histórica, cuando está bien construida, no sirve para evadirse del presente, sino para comprenderlo mejor. El escritor valenciano utiliza el pasado romano para hablar del poder, de la decadencia, del choque cultural y de la fragilidad de las civilizaciones. En tiempos de incertidumbre global, esta obra invita a una reflexión incómoda pero necesaria: ningún mundo es eterno, y la Historia no concede privilegios por antigüedad, belleza o nobleza. Solo concede tiempo a quienes saben utilizarlo. Leída hoy, la novela funciona como un espejo incómodo. Nuestro mundo también se organiza en torno a potencias emergentes, civilizaciones agotadas y culturas en riesgo de desaparición. Las preguntas que plantea Posteguillo no pertenecen al siglo I a. C., sino al XXI d.C.

Sin embargo, lo que aparece en la novela, si la leemos más detenidamente, no son dos mundos en declive frente a una potencia en expansión, sino tres mundos en declive chocando entre sí, como tres gigantescas placas tectónicas. Porque Roma, la Roma republicana, también es un mundo que, al menos tal y como era conocido en el siglo I a.C., está a punto de desaparecer. Así lo entiende la discreta y a la par inteligente Aurelia, la madre de César, quien no duda en confesárselo a su nieta, Julia, cuando se encuentra en su lecho de muerte: “Mi tiempo entre los vivos ha pasado, ha llegado a su fin… Es a vosotros a quien os corresponde seguir aquí… Tú eres ahora la única importante: te has vuelto a quedar embarazada, y el niño que llevas en ti es la clave de todo, y lo sabes. Te lo dije cuando estuviste embarazada la primera vez, pero ahora es aún más cierto: sólo tú y tu criatura podéis salvarnos a todos. Sin ese niño, Cicerón y Catón harán que tu esposo se enfrente con tu padre. Y si Pompeyo y César luchan, ay, hijas mías, ese será el duelo entre dos titanes, y se lo llevara todo por delante.” Y a continuación remarca lo que de verdad significará esa lucha de titanes: “Si Cicerón y Catón fuerzan a Pompeyo para que acepte combatir contra tu padre, la Roma que conocemos desaparecerá. De ese enfrentamiento surgirá otro mundo sobre las cenizas del Senado, y no estoy segura de que vaya a ser un mundo mejor.”

Sí. El nieto de César fallece a los pocos días de nacer, como también fallece, en ese mismo acto vital, la propia Julia. Y en efecto, leer “Los tres mundos” es asistir al derrumbe de una república y al nacimiento de un imperio, aunque éste tardará aún algunas décadas en configurarse definitivamente, cuando acceda al poder Cayo Octavio, el futuro primer emperador, Augusto. Sí, llegará un día, no muy lejano, en el que nacerá ese nuevo mundo, pero entre medias, César y Roma tendrán que hacer frente a una nueva guerra en las Galias y, sobre todo, una guerra civil contra Pompeyo. Son embargo, todo ello, como afirma Posteguillo en su nota final aclaratoria, forma ya parte de otras novelas, de futuras entregas de la serie, que el lector ya espera con anhelo.

Pero también es sentir el temblor de nuestro propio presente. Porque en cada siglo, también en pleno siglo XXI, hay un senado que calla, un pueblo que se resigna, y un líder que promete la salvación. Y en cada siglo, un escritor, como lo hace ahora Santiago Posteguillo, levanta su palabra contra el olvido, recordándonos que el poder no cambia de naturaleza; solo de escenario. En efecto, cuando el lector termina la lectura de “Los tres mundos”, siente que la historia no ha concluido del todo. Porque César aún no ha cruzado el Rubicón, ni pronunciado las palabras que cambiarían para siempre el destino de Roma. Posteguillo, fiel a su instinto de narrador de grandes ciclos, ha dejado abierta la puerta a la continuación: la caída de la República, el ascenso del dictador, el amor con Cleopatra, el filo de las dagas bajo la sombra de Pompeyo y Bruto. Todo está por venir. Su propuesta de proseguir la serie no es una simple promesa editorial. Es la intuición de que Roma sigue viva en su pluma, y que el eco del poder, ese que resuena a través de los siglos, aún tiene mucho que decir. Porque mientras haya hombres que confundan la gloria con la eternidad, siempre habrá un César dispuesto a escribir su nombre sobre el polvo de la historia.

Para finalizar, creo interesante recordar las palabras que el propio Julio César dirige a Marco Antonio, cuando ambos deben enfrentarse a una de las situaciones más críticas de la carrera de los dos: la rebelión de los galos, quienes, después de haber derrotado por completo a las legiones de Sabino y de Cota, están a punto de derrotar también a la de  Quinto Cicerón: “Quinto, además, no es el único asediado. Con él está una legión entera, e incluso, si fuera a cometer la torpeza, y también la injusticia, de no querer asistir a Quinto, no podríamos nunca, de ninguna manera, no acudir en ayuda de una legión asediada. No asistir a quien nos necesita, cuando está en nuestras manos ayudarlo, por perjudicar a un enemigo político, es de una bajeza moral y de una indignidad sólo propias de los miserables de la peor calaña, de seres traidores a su patria que sólo merecen la ignominia y el desprecio de todos… Piensa bien en esto que te digo y llegarás lejos en tu carrera militar y en tu vida política. Pues en política la misma estrategia es igualmente aplicable: si un gobernante deja morir a quien necesita ayuda porque, por un ruin cálculo político cree que así perjudica a un opositor en el Senado, te garantizo que, al final, será barrido por el paso de la historia, y en verdad no merece vivir.” No resulta demasiado difícil encontrar paralelismos y contradicciones con situaciones similares en el momento político actual, situaciones en las que, contrariamente a las recomendaciones de César, los comportamientos son muy diferentes.

En este sentido, no parece causal la incorporación a la novela del capítulo CXXI –“La crecida del Nilo”-, en la que el lector puede encontrar con facilidad los paralelismos existentes entre el mundo narrado por el autor y lo vivido por éste. No hay que olvidar que Santiago Posteguillo es valenciano, que precisamente vive en Paiporta, uno de los municipios más afectdados por la pasada DANA, la cual, incluso, retrasó durante un tiempo la aparición de la novela, y que ha criticado muy duramente la actuación que los políticos -todos los políticos, independientemente de su sesgo ideológico- mantuvieron respecto a la tragedia. Por ello, detrás de las palabras del narrador, el lector sabe que Santiago Posteguillo está hablando, también, de la tragedia que él mismo, como tantos valencianos, vivió en sus propias carnes:

“Consideró alternativas. Ciertamente, los gabiniani, soldados fuertes, podrían ayudar a muchos de los que se encontraran en peligro, en condiciones extremas, luchando por su supervivencia, y sin duda, si los enviaba junto con la flota, se podría salvar a muchos campesinos, comerciantes y artesanos, a hombres, mujeres y niños. Se los podría rescatar desde los barcos y luego los soldados, cuando descendiera el nivel de las aguas, podrían ayudar a todos a limpiar y reconstruir. Pero…” Y más adelante continúa, ya en palabras del propio Potino, el consejero real: “No, no enviaremos a nadie. Que yo sepa es responsabilidad del sacerdote de Ptah y del resto de los sacerdotes, avisar de la crecida del Nilo y reclamar ayuda, si la consideran necesaria, para asistir a quien lo necesite si prevén un ascenso violento de sus aguas.”

Los sacerdotes, el consejero Potino, la propia princesa Cleopatra… Mazón, Pedro Sánchez, el rey Felipe VI… Los personajes históricos se superponen con la propia actualidad: “Fueron días en los que Potino no envió a nadie del ejército a los barrios y las granjas afectadas. Fueron días en los que estuvo calculando que el odio del pueblo se volvería contra el estúpido e incompetente sacerdote de Ptah, y contra aquellos otros sacerdotes que no habían querido apoyarlo en sus planes para derrocar a Tolomeo XII. Fueron días en los que el eunuco sonreía convencido de que, al final, la situación obligaría a los sacerdotes, impopulares ante el pueblo por lo ocurrido, a buscar su ayuda y su protección y, por supuesto, a brindarle todo su apoyo en sus planes para el golpe de Estado que estaba urdiendo con meticuloso cuidado. Fueron días en los que murió más gente, prescindibles piezas insignificantes en el gran tablero de sus planes para hacerse con el poder absoluto.”

A pesar de todo, Roma no murió. Murió la Roma de Julio César, pero sobre sus cenizas nació otra Roma diferente. Porque Roma seguimos siendo nosotros mismos, los que seguimos replicándola todavía hoy, en pleno siglo de la inteligencia artificial, del colapso ecológico, y de la crisis de la democracia liberal, tal y como la hemos conocido hasta hoy.









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