Geohispanidad: el sueño de una comunidad hispánica con voz propia en el nuevo orden mundial
¿Puede existir una comunidad geopolítica hispánica en pleno siglo XXI? Esa es la pregunta, tan sugestiva como controvertida, que atraviesa “Geohispanidad”, el último ensayo del coronel Pedro Baños. En una época marcada por el ascenso de nuevas potencias, el agotamiento del orden internacional surgido después de la Guerra Fría y el retorno de las grandes áreas de influencia, el autor propone repensar el papel de España en Hispanoamérica, no como fragmentos dispersos de un pasado común, sino como una posible comunidad de intereses con capacidad de influencia global.
El autor de esta obra, el coronel Pedro Baños, es una de las
voces más reconocidas de la divulgación geopolítica en España. Militar de
carrera, diplomado de Estado Mayor y especialista en estrategia y relaciones
internacionales, ha desarrollado buena parte de su trayectoria profesional en
el ámbito de la seguridad y el análisis estratégico. Ha ocupado cargos de gran
responsabilidad en instituciones nacionales e internacionales, entre ellas el
Ministerio de Defensa y la propia Organización del Tratado del Atlántico Norte.
Sin embargo, su figura ha trascendido el ámbito estrictamente militar gracias a
una intensa labor divulgativa realizada en medios de comunicación, conferencias
y publicaciones diversas. En estas, se ha distinguido por una visión crítica de
las dinámicas del poder global, el cuestionamiento de determinados relatos
dominantes y una constante llamada a interpretar la política internacional
desde parámetros geoestratégicos. Admirado por unos y discutido por otros, el
coronel Baños se ha convertido en un autor capaz de suscitar debate,
precisamente por su voluntad de ofrecer interpretaciones alejadas de los
lugares comunes.
Cuando se habla de Hispanidad, el término suele despertar
pasiones enfrentadas. Para unos, evoca una herencia cultural compartida que
trasciende fronteras; para otros, un concepto lastrado por lecturas políticas o
históricas controvertidas. Pedro Baños, sin embargo, intenta apartarse de esos
marcos tradicionales para formular una propuesta diferente: pensar la
Hispanidad no como un recuerdo del pasado, sino como una realidad actual y,
sobre todo, una herramienta de futuro. Por ello, en “Geohispanidad”, el coronel
propone observar el espacio hispánico desde una perspectiva eminentemente
estratégica. La pregunta central del libro es sencilla en apariencia, aunque
enorme en sus implicaciones: ¿Qué ocurriría si todos los países que están
unidos por una misma lengua —el español—, una historia compartida —la de España
y su imperio americano—, y determinadas afinidades culturales, actuaran de
manera coordinada en beneficio propio en el escenario internacional de este
siglo XXI?
La respuesta del coronel Baños es contundente: según el
experto autor del libro, en ese caso estaríamos ante uno de los grandes actores
globales del planeta. Porque esto que entendemos por Hispanidad no es solo una
comunidad lingüística de más de quinientos millones de personas, ni un espacio
cultural extendido por Europa y todo el continente americano. Baños nos
recuerda que el mundo hispánico dispone de recursos energéticos, agrícolas y
minerales decisivos, una enorme extensión territorial, presencia en dos océanos
y una posición privilegiada en las rutas del Atlántico y del Pacífico. A su
juicio, pocas comunidades poseen semejante potencial y, al mismo tiempo, tan
escasa conciencia de sí mismas.
Uno de los argumentos más reiterados del libro es que el
espacio hispánico constituye, de facto, una civilización compartida. El autor
compara esta realidad con otras comunidades de afinidad cultural y estratégica,
como la anglosfera —articulada alrededor de Estados Unidos y el Reino Unido—,
la francofonía o incluso determinados espacios civilizatorios asiáticos. La
gran diferencia es que, mientras otros bloques han sabido convertir sus
afinidades culturales en instrumentos de poder, la comunidad hispánica habría
permanecido fragmentada desde la independencia de los países hispanoamericanos,
hace ya más de dos siglos, encerrada en intereses nacionales inmediatos y, en
ocasiones, incluso, alimentando mutuas desconfianzas.
En la primera parte del texto, Baños repasa, en ocho
capítulos, la historia de esa comunión entre todos los territorios que
conforman la Hispanidad. En ellos analiza la América anterior al descubrimiento
del nuevo continente, el proceso de exploración y conquista del territorio, el
declive del imperio y los sucesivos procesos independentistas. Por supuesto,
también aborda los procesos que provocaron la desfragmentación del continente, a
partir de los años que siguieron a la independencia, en una veintena de países
diferentes, enemigos en muchas ocasiones entre sí. Considera el coronel que
esta fragmentación no es accidental. Según su interpretación, desde las
independencias americanas existieron intereses geopolíticos externos,
orientados a impedir que surgiera una destacada potencia hispánica capaz de
competir con los imperios marítimos anglosajones. La división del imperio
español, según esta visión, habría causado una fragmentación política que
dificultó la cooperación a largo plazo entre las nuevas repúblicas y la antigua
madre patria, así como entre las mismas repúblicas.
Una parte sustancial de “Geohispanidad” está dedicada a
replantear la interpretación histórica de la presencia española en América.
Baños cuestiona abiertamente la denominada leyenda negra, entendida como el
conjunto de relatos negativos construidos sobre la acción española desde los
siglos XVI y XVII por potencias rivales, particularmente Inglaterra y los
Países Bajos. Sin negar que en el proceso hispanizador hubo violencia,
explotación o injusticia —presente también en cualquier otra empresa
imperialista—, el autor afirma que la monarquía hispánica no se puede comparar
de manera simplista con otros modelos coloniales que vinieron después. Recuerda
la creación de universidades, hospitales, instituciones jurídicas, ciudades y
mecanismos de mestizaje cultural y humano —que nunca o, en todo caso, demasiado
tarde, existieron en otros procesos similares—, que dieron lugar a una realidad
singular en el continente americano. Desde esta perspectiva, el legado
hispánico habría sido interpretado de manera parcial, cuando no directamente
distorsionada, contribuyendo a una pérdida progresiva de la autoestima cultural
tanto en España como en América.
No es casual que Baños insista repetidamente en una idea:
ningún proyecto estratégico puede sostenerse sin una narrativa compartida sobre
su propio pasado. En este orden de cosas, en la segunda parte del texto, la más
corta, su autor, en apenas dos capítulos, se limita a analizar dos aspectos que
son primordiales a la hora de comprender cómo nos vemos mutuamente los hispanos
a un lado y otro del océano. Estos aspectos están relacionados con el rechazo a
un pasado común que, fomentado principalmente por los enemigos ingleses, se
desarrolló después del proceso independentista.
El problema no es la existencia de la leyenda negra en sí
misma, que, como tantos historiadores han demostrado, no es más que una
invención de los enemigos de España para justificarse a sí mismos. El verdadero
problema estriba en que esa leyenda haya sido aceptada, sin ningún tipo de
crítica, por una parte de los propios españoles. No se trata aquí de intentar
desmontar la propia leyenda negra, algo que, por otra parte, ya lo han hecho
otros muchos especialistas, y de alguno de ellos también nos hemos hecho eco en
este blog (ver “Doce de octub…, Día de la Hispanidad”, 17 de octubre de 2021;
“Un estudio de la frontera norte en Nuevo México”, 9 de diciembre de 2024; “El
día después del trópico”, 19 de febrero de 2026). España cometió errores a lo
largo de su historia, pero ¿qué países no los han perpetrado también, iguales o
peores, a lo largo de su propio pasado, y no pende sobre ella, como espada de
Damocles, esa misma leyenda?
Por ello, el coronel Baños no duda en preguntarse lo
siguiente: “Entonces, si la leyenda negra no es más que eso, una invención,
¿por qué la hemos aceptado? Parece lógico que lo hagan nuestros enemigos, pero
¿por qué también lo hemos hecho los españoles? ¿Qué consecuencias tiene que nos
avergoncemos de casi cinco siglos de historia, precisamente esos siglos en los
que España, con los Reyes Católicos, primero, y con la Casa de Austria,
después, era el centro del mundo europeo? Muchas veces se pasa por alto el
hecho de que España gobernó seria y responsablemente durante tres siglos una
gigantesca parte del Nuevo Mundo, con paz y prosperidad. Obviarlo responde a la
ignorancia, a la voluntad de desconocer la historia y a la comodidad de no
cuestionar lo que, desde el siglo XVI, nuestros enemigos han propagado sobre
los españoles en su propio beneficio.” Y dicho esto, cita a María Elvira Roca
Barea, autora de “Imperiofobia y Leyenda Negra”, un ensayo que, con sus treinta
y nueve ediciones y más de ciento cincuenta mil ejemplares vendidos a fecha de
2022, se ha convertido en la más conocida refutación actual de la leyenda
negra, para afirmar que lo que está detrás de la leyenda negra es, sobre todo,
una enorme ley del silencio para “hacer invisible todo logro cultural,
científico y social que se produce en el mundo católico al mismo tiempo que se
resaltan y se destacan continuamente los que se producen en el mundo
protestante.” Tanto el uno como la otra dan, en sus respectivos ensayos,
múltiples ejemplos de ello.
Como contrapartida a esa presencia española en el continente
americano y lo que ello significó para el nacimiento de esa nueva cultura a la
que llamamos Hispanidad, el autor también dedica varios capítulos a los
diversos procesos independentistas, procesos a los que no fue ajeno el mundo
anglosajón. En efecto, primero los ingleses y más tarde los norteamericanos,
nunca negaron su deseo de reemplazar la influencia hispana, como lo demuestran
los múltiples intentos de conquista, infructuosos, que los primeros ya
intentaron a lo largo de todo el siglo XVIII. Así, el militar español
demuestra, como otros muchos demostraron también antes que él, aunque algunos
historiadores, incluso españoles, parecen obviarlo, que la independencia de los
países hispanoamericanos a partir de las primeras décadas de la centuria
siguiente solo fue posible gracias al apoyo inglés, muchas veces combinado
también con los intereses de las logias masónicas —y en este sentido también es
clara la influencia que la masonería tuvo en la independencia de los propios
Estados Unidos—.
Por ello, la historia de la independencia americana es la de
un enorme fracaso, para España y para los propios países que participaron en el
proceso de esa mal llamada independencia —la situación, en realidad, pasó a
convertirse en una dependencia tácita de la propia Inglaterra, reconvertida más
tarde en una dependencia, igualmente tácita, de su hijo, Estados Unidos—. Un
fracaso que terminó por fragmentar un enorme imperio, que para entonces había
alcanzado un desarrollo económico y social tan significativo como el de la
propia Europa, en una veintena de países pequeños, muchas veces enfrentados
entre sí, que nunca volverían ya a alcanzar el mismo nivel que habían logrado
tener en el siglo XVIII. Recogemos, una vez más, las palabras del coronel Baños
respecto a este hecho, en una cita que, si bien es bastante extensa, no es por
ello menos clarividente en este sentido:
“Cuando los movimientos de independencia se constituyeron en
Estados, su dependencia del dinero británico no fue menor. Incluso antes de que
capitularan los últimos bastiones realistas, se fueron estableciendo las
primeras repúblicas americanas. Todas nacieron quebradas por la devastación de
vidas y bienes causada por la guerra. Los nuevos países tuvieron que hacer
frente a la reconstrucción de infraestructuras, a los gastos inherentes a la
creación de un Estado —con su administración, ejército y marina de guerra—, a
la situación calamitosa de sus arcas y a un comercio muy dañado por la
repatriación de capitales de los miles de españoles con recursos, tanto
americanos como europeos, que se exiliaron tras las independencias.
Inicialmente, las repúblicas nacientes siguieron recurriendo a los agentes
comerciales británicos para la adquisición de los pertrechos necesarios, pero
la deuda acumulada pronto resultó imposible de devolver. Por ejemplo, en 1820,
el Gobierno grancolombiano debía ya algo más de medio millón de libras
esterlinas a doscientos fabricantes y comerciantes británicos a los que había
comprado armas y pertrechos para el ejército. Esta situación, generalizada en
el resto de las repúblicas hermanas, lo empujó a embarcarse en préstamos
mediante la venta de bonos del tesoro para acceder al capital con que
consolidar los nacientes Estados. La primera fue la Gran Colombia de Simón
Bolívar, que, en 1822, firmó un préstamo con el banco Herring, Graham &
Powles de Londres por valor de dos millones de libras esterlinas. Pronto la
siguieron todas las demás. Así, entre 1822 y 1825, se calcula que los bancos
británicos concedieron préstamos a las nacientes repúblicas iberoamericanas por
valor de más de 20,3 millones de libras. La euforia crediticia aminoró el ritmo
a partir del pánico bursátil de 1825 en la Bolsa de Londres, en buena medida
causada por la quiebra de buena cantidad de firmas comerciales que se habían
creado para operar en Iberoamérica. Sin embargo, se mantuvo durante el siglo
XIX, en especial en el Cono Sur, y sus efectos se arrastraron hasta mediados
del siglo XX. Resulta paradigmático que el préstamo de un millón de libras
firmado por las Provincias Unidas del Río de la Plata, en 1824, con la banca
Baring Brothers, refinanciado con intereses leoninos a lo largo de las décadas
siguientes con la devenida República Argentina, solo se dejara de pagar en
1947, cuando Juan Domingo Perón decidió cancelar la deuda exterior.”
Dicho esto, una de las partes más sugerentes de
“Geohispanidad” es, precisamente, la dedicada al análisis del contexto
contemporáneo del mundo hispánico. Pedro Baños sostiene que la fragmentación de
la comunidad hispánica no solo responde a factores históricos heredados, sino
también a dinámicas ideológicas y geopolíticas plenamente vigentes. Desde el
interior, el autor identifica dos grandes corrientes que habrían contribuido a
debilitar la conciencia de un pasado compartido. Por un lado, determinadas
versiones del indigenismo político, que interpretan el legado hispánico
exclusivamente en términos de dominación y ruptura. Por otro lado, ciertos
nacionalismos periféricos, tanto en España como en algunos países
hispanoamericanos, que tienden a enfatizar identidades particulares en
detrimento de una memoria cultural hispánica común. Sin embargo, Baños no
limita su análisis a factores internos. Desde una perspectiva exterior, considera
que la Hispanidad continúa siendo objeto de atención geopolítica por parte de
las grandes potencias. Estados Unidos habría buscado históricamente mantener su
influencia predominante sobre el espacio iberoamericano, mientras que China
emerge hoy como un actor cada vez más decisivo, mediante inversiones
estratégicas, infraestructuras y acuerdos económicos que reconfiguran el
equilibrio de poder en la región. En este tablero global, el autor plantea una
cuestión incómoda pero esencial: la de saber si el mundo hispánico actúa como
sujeto protagonista de la historia, o si permanece como mero espacio de disputa
entre intereses ajenos.
La tercera parte de “Geohispanidad” está dedicada a
establecer una serie de propuestas que podrían permitir la recuperación para el
conjunto de la comunidad hispánica de parte de la influencia internacional
perdida desde las independencias americanas del siglo XIX. Lejos de cualquier
planteamiento nostálgico o neoimperialista, el autor propone una estrategia
basada en la cooperación entre naciones soberanas, unidas por una lengua común,
una herencia cultural compartida y unos intereses económicos y geopolíticos
convergentes. La defensa del español como gran lengua internacional, el
fortalecimiento de los intercambios educativos y universitarios, la promoción
del patrimonio artístico y cultural, la integración empresarial y financiera y
una mayor coordinación diplomática se constituyen algunos de los pilares en los
que se basa esta propuesta. Sin embargo, es en el ámbito geopolítico donde
Baños sitúa el verdadero desafío del siglo XXI: transformar una comunidad
cultural dispersa en una comunidad consciente de su peso estratégico.
En efecto, el majestuoso telón de fondo del libro es el
cambio de orden mundial, y a ese futuro, que ya empieza a ser presente, está
dedicada la tercera parte del libro. Porque la hegemonía occidental de los
Estados Unidos, que caracterizó a los años finales del siglo pasado, muestra ya
algunos signos de desgaste. China emerge como potencia global. Rusia desafía
abiertamente el equilibrio internacional heredado de los años noventa, que
siguieron a la desaparición del comunismo. India reclama también un papel
creciente. Los BRICS, ese modesto grupo de países emergentes que se unieron
para cooperar en temas económicos, políticos y de desarrollo global —entre los
cuales se encuentran también, junto a los ya citados, Brasil y Sudáfrica—,
aspiran a reducir la dependencia del dólar, y numerosos actores regionales
buscan mayor autonomía.
En este escenario multipolar, Baños sostiene que los países
hispanos continúan actuando de forma dispersa, perdiendo capacidad de
negociación frente a los gigantes económicos y militares. La tesis del coronel
es clara: solo una mayor cooperación permitiría defender intereses comunes en ámbitos
tan sensibles como la energía, la tecnología, las materias primas, la seguridad
alimentaria o la diplomacia internacional. La lengua española, además, podría
actuar como uno de los grandes instrumentos de poder blando del siglo XXI,
comparable a la influencia cultural ejercida por el inglés.
Es probablemente aquí donde el lector encuentra la principal
pregunta que se hace el autor: ¿Es realmente posible una geohispanidad en
verdadera relación de poder, frente a las otras grandes potencias emergentes?
Baños no propone una reconstrucción política del antiguo imperio ni una
estructura supranacional rígida. Su planteamiento es más pragmático: una
alianza flexible basada en intereses convergentes, la cooperación económica
entre los diferentes países hispanos, unas posiciones diplomáticas comunes y el
fortalecimiento de los vínculos culturales. Sin embargo, la propuesta enfrenta
dificultades evidentes. Las diferencias políticas entre los países
hispanoamericanos, las asimetrías económicas, los nacionalismos, las distintas
orientaciones estratégicas y las propias relaciones con Estados Unidos o China,
hacen pensar que el camino estaría lejos de ser sencillo. Otros considerarán
excesivamente idealizada la visión del pasado hispánico o cuestionarán la
viabilidad real de un bloque geopolítico sustentado principalmente sobre
afinidades culturales.
Desde esta perspectiva puede interpretarse la reciente
visita de la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, a México.
Más allá de las polémicas políticas que la acompañaron, el viaje puede
entenderse como un ejemplo de esa voluntad de reforzar los vínculos económicos,
culturales e institucionales entre las dos orillas del Atlántico que Baños
considera imprescindible para el futuro de la Hispanidad. Los datos reflejan la
profundidad de esa relación. El turismo representa el 8,6 % del PIB mexicano y
el 12,8 % del español. Por otro lado, España mantiene inversiones superiores a
los 150.000 millones de euros en Hispanoamérica, siendo México uno de sus
principales destinos para esas inversiones. Más de siete mil empresas españolas
operan en territorio mexicano, generando más de un millón de puestos de
trabajo, mientras que unas quinientas empresas mexicanas están implantadas en
España, donde proporcionan empleo a cerca de cincuenta mil trabajadores. En
este entramado económico, Madrid desempeña un papel fundamental como capital
política, financiera y empresarial de España, y como principal puente de
conexión entre Europa e Hispanoamérica. Bajo esta óptica, iniciativas como la
visita de la presidenta de la comunidad regional madrileña no serían meros
gestos institucionales, sino manifestaciones concretas de una estrategia de
acercamiento que buscara fortalecer una red de relaciones capaz de convertir la
afinidad histórica y cultural en una auténtica comunidad de intereses.
Precisamente esa es una de las ideas centrales de “Geohispanidad”: que el
futuro común de España y de América dependiera menos de la evocación del pasado
que de la capacidad de sus pueblos para cooperar y proyectarse conjuntamente en
el mundo global del siglo XXI.
“Geohispanidad” es, ante todo, un ensayo de ideas. Un libro
pensado para provocar preguntas y cuestionar inercias intelectuales muy
asentadas. Pedro Baños invita al lector a mirar el mundo desde una perspectiva
diferente: no solo preguntarse qué fue la Hispanidad, sino qué podría llegar a
ser, en un siglo marcado por el retorno de los grandes espacios civilizatorios
y de las políticas de poder. Puede compartirse o discutirse su tesis. Puede
considerarse demasiado ambiciosa o incluso utópica. Pero resulta difícil negar
que el libro plantea una cuestión de fondo de enorme interés: si pueblos
separados por fronteras, pero unidos por siglos de historia, una lengua común,
y una determinada visión cultural del mundo, están condenados a actuar siempre
por separado, o si aún existe la posibilidad de construir una voz compartida en
el concierto internacional. Porque acaso la verdadera pregunta que subyace en
estas páginas no sea geopolítica, sino histórica: si la Hispanidad pertenece
únicamente al pasado o si todavía conserva algo que decir sobre el futuro.




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