Zaida, ¿esposa o concubina? La princesa andalusí que aún divide a los historiadores

 

Fue musulmana, princesa —o quizá nuera— de la refinada corte taifa de Sevilla, compañera del rey más poderoso de la España cristiana y madre del heredero destinado a cambiar el rumbo de Castilla. Pero más de nueve siglos después, la figura de Zaida sigue envuelta en incógnitas: ¿Estuvo casada realmente con Alfonso VI o fue solo la concubina del rey? El libro de Agrimiro Saiz, “Zaida, ¿esposa o concubina?”, afronta sin miedo las grandes polémicas sobre esta mujer fascinante, crucial para la historia de Cuenca, desde su verdadera relación familiar con los reyes musulmanes de Sevilla hasta el debate sobre la famosa dote con la que habría llegado a Castilla y el papel político jugado por su hijo, el infante Sancho Alfónsez. Una obra que rescata del margen de la historia a uno de los personajes femeninos más enigmáticos y decisivos de la Edad Media peninsular.

 

Sobre Zaida, la llamada por los poetas “princesa de Cuenca”, ya he escrito alguna vez más en este mismo blog (ver “Mito y realidad de la princesa Zayda”, 9 de marzo de 2023). Sin embargo, en esta ocasión quiero volver a hacerlo, pero a partir de un hermoso libro de Agrimiro Saiz, en el que se reúne todo lo que historiadores y cronistas escribieron de ella. En efecto, el libro “Zaida, ¿esposa o concubina?”, de Agrimiro Saiz, constituye una de esas raras aportaciones historiográficas que logran rescatar del margen de la historia a un personaje cuya importancia política y simbólica fue mucho mayor de lo que la tradición ha querido reconocer. La figura de Zaida —mujer musulmana vinculada a la corte sevillana, convertida al cristianismo, madre del heredero de Castilla y León y protagonista de una de las mayores controversias de la Edad Media peninsular— aparece en esta obra sometida a un análisis minucioso, libre de prejuicios y ajeno a las simplificaciones con las que tantas veces se ha tratado su vida. El mérito del libro no reside únicamente en abordar el personaje, sino en hacerlo sin esquivar ninguna de las polémicas que desde hace siglos acompañan su memoria: quién fue realmente Zaida; cuál era su posición en la compleja red familiar de los reinos taifas andalusíes; qué parentesco la unía a los grandes soberanos musulmanes del sur de la península; cuál fue el verdadero alcance de su relación con el rey Alfonso VI; y sobre todo, si fue reina legítima de Castilla o mera concubina del monarca. Se trata, por otra parte, del primer intento serio desde la historiografía reciente de hacer una biografía de esta mujer excepcional.

No es irrelevante detenerse en el autor de la obra estudiada. Agrimiro Saiz lleva años entregado a la recuperación y divulgación de la historia medieval, especialmente la vinculada a Cuenca. Es conocido por ser el alma material del grupo de recreación histórica Conca. Esta es una de las asociaciones que con mayor constancia ha proyectado el nombre de la ciudad por toda España en encuentros y recreaciones medievales. Su trabajo no responde al perfil del investigador encerrado en el ámbito estrictamente universitario, sino al del estudioso que combina archivo, divulgación, reconstrucción histórica y pasión por el pasado, especialmente por el pasado medieval. Quizá por ello el libro posee una cualidad poco frecuente: el equilibrio entre rigor documental y voluntad narrativa, entre la discusión historiográfica y la capacidad de hacer inteligible un problema que resulta complejo al lector no especializado.

Zaida es, en sí misma, un personaje profundamente novelesco, aunque la historia real resulte mucho más fascinante que las leyendas que sobre su vida fueron naciendo en los siglos posteriores. Acerca de esa relación entre historia y mito, realidad y leyenda, dice lo siguiente Agrimiro Saiz: “Sus contemporáneos se mostraron interesados en los avatares de esta princesa sevillana que contiene los ingredientes suficientes para elaborar un guion de Hollywood: nace rodeada de los lujos de un palacio sevillano, se casa con un príncipe andalusí, se ve inmersa en guerras y muertes, huye a reinos cristianos, termina en los brazos y en la cama del más grande rey cristiano del norte, muere al dar a luz a su hijo, tiene varias tumbas… Escritores posteriores, más cristianos que musulmanes, hablan de ella, del rey y sus esposas; no pasan por alto sus encantos personales y hasta generan unos cantares que van de boca en boca, haciéndose populares, hablando de amoríos y de castillos. En la actualidad, investigadores concienzudos han analizado documentalmente retazos de su vida, sacando a la luz novedosos datos y exhaustivos estudios hasta, incluso, de sus restos mortales. Tal es la atracción despertada por Zaida que se han publicado varias novelas históricas en las que ella es la principal protagonista. No obstante, intentar escribir la biografía de la princesa musulmana Zaida resulta harto difícil, y más todavía cuando se pretende profundizar en pasajes importantes de su vida, pues a la escasez de datos fidedignos hay que añadir las interpretaciones interesadas de los mismos.

Pero vayamos por partes. Durante mucho tiempo se repitió casi mecánicamente que era hija del rey poeta de Sevilla, el célebre Muhamad al-Mu‘tamid, soberano refinado, amante de las letras y figura emblemática del ocaso andalusí. Así nació su primera leyenda: Zaida como princesa del rico reino de Sevilla. Sin embargo, una de las primeras controversias que aborda el libro desmonta esta afirmación para introducir matices decisivos. Zaida no habría sido hija del rey sevillano, sino nuera suya, casada con uno de sus hijos, el príncipe al-Ma’mun, que había sido nombrado por su padre gobernador de Córdoba. La diferencia no es menor, porque modifica sustancialmente la lectura política de su trayectoria vital y explica mejor su posición dentro de las luchas sucesorias y familiares del momento. Y entonces, ¿podemos hablar realmente de Zaida como princesa, o se trata de una parte de la leyenda que surgió sobre su vida? Rotundamente sí; y no solo por ser la esposa de al-Ma’mun, príncipe heredero al trono de Sevilla. Si bien la muerte le sorprendió antes de que pudiera ocuparlo, sino también por derecho propio, por ser la hija. Tal y como ha demostrado Agrimiro Saiz en su libro, era una de las hijas de Ismail ibn Abad, el hermano de al-Mu’tamid, hijo primogénito de su antecesor en el trono, Muhámmad al-Mu‘tádid. Además, era una hija de Áhmad ibn Sulaymán al-Muqtádir, quien a su vez era rey de la taifa de Zaragoza.

La taifa sevillana de finales del siglo XI representaba uno de los últimos destellos del esplendor andalusí antes del terremoto político provocado por la irrupción de los almorávides norteafricanos, terremoto que, por cierto, había provocado el propio Mu’tamid, al haber hecho llamar a los radicales habitantes del desierto, con el fin de que estos pudieran liberarle de las taifas que él estaba obligado a pagar al monarca cristiano, Alfonso VI. En aquel contexto de alianzas quebradizas, traiciones y desesperadas estrategias de supervivencia, Zaida habría abandonado el ámbito musulmán tras la derrota de su entorno familiar, buscando refugio junto a quien se había convertido en árbitro de buena parte de la península: el propio rey Alfonso. Aquí emerge otra de las grandes polémicas que Saiz revisa con especial atención: la famosa cuestión de la “dote” de Zaida.

La tradición historiográfica y literaria repitió durante siglos la idea de que Zaida llegó a Castilla aportando una cuantiosa dote territorial, una especie de entrega de fortalezas, plazas y castillos musulmanes al rey cristiano. Se llegó incluso a hablar de ciudades estratégicas ofrecidas como precio de protección o como consecuencia de un vínculo personal con el monarca. El libro somete esta interpretación a un examen severo, cuestionando hasta qué punto responde realmente a las fuentes o si forma parte de una construcción posterior destinada a romantizar o justificar políticamente la relación. ¿Trajo Zaida verdaderamente territorios como compensación matrimonial o política? ¿O se ha exagerado el alcance de esa cesión para convertir a la princesa andalusí en pieza clave de una narrativa épica de la Reconquista? El debate queda abierto, pero la obra obliga al lector a desconfiar de ciertas afirmaciones repetidas durante generaciones sin suficiente sustento documental. Recogemos de nuevo las palabras que, acerca de esto, ha escrito el autor del libro:

“Reilly sugiere que Alfonso acepta a Zaida y las citadas plazas para utilizarlas como símbolo de su pretensión de erigirse en protector del Islam peninsular frente a los invasores musulmanes. Lo más lógico es pensar que simplemente se trata de acuerdos que se llevan a cabo según los intereses, conveniencias y necesidades del momento. Los más diversos historiadores dudan de la posesión de al-Mu’tamid sobre algunas de las plazas mencionadas [las de la falsa dote: Uclés, Huete, Amasatrigo, Cuenca, Ocaña, Consuegra, Alarcos, Oreja, Caracuel, Zorita y Mora] . Julio González, en su Repoblación de Castilla La Nueva, dice que Mora, Ocaña, Consuegra y Oreja cayeron en manos del rey castellano cuando este conquistó Toledo, mientras que Uclés, Amasatrigo, Huete y Cuenca pasaron al reino valenciano cuando al-Qadir fue puesto allí por Alfonso, y que, cuando este fue asesinado, quedaron bajo la tutela castellana, con guarniciones al mando de Alvar Fáñez. Sin embargo, Caracuel, dependiente de Calatrava, sí que perteneció a al-Mu’tamid al conquistarse Toledo, aunque pasó a poder de los almorávides cuando estos conquistaron Córdoba. Respecto a Zorita, dice Menéndez Pidal que fue entregada a Alfonso por al-Qadir en 1080.”

Sin embargo, la gran cuestión —la pregunta que da título al libro y atraviesa todas sus páginas— es la de su verdadera condición junto a Alfonso VI: ¿esposa o concubina? Durante mucho tiempo predominó la idea de que Zaida había sido simplemente la favorita musulmana del rey castellano, una concubina distinguida que, tras convertirse al cristianismo, ocupó un lugar relevante en la corte, pero sin alcanzar nunca plena legitimidad. Esta interpretación parecía encajar bien con ciertos silencios documentales y con el hecho de que Alfonso VI hubiera contraído varios matrimonios dinásticos con princesas europeas.

Pero la cuestión dista mucho de estar cerrada. Agrimiro Saiz se adentra en uno de los debates más complejos de la historiografía medieval española: la posible identificación entre Zaida y la reina Isabel. Algunos documentos posteriores parecen sugerir que, tras su bautismo, Zaida adoptó el nombre cristiano de Isabel y habría terminado convirtiéndose en esposa legítima del rey. La hipótesis no es nueva, pero el autor la revisa con detenimiento, enfrentándose a las objeciones tradicionales y valorando cuidadosamente el peso de las evidencias documentales. El problema resulta extraordinariamente relevante porque afecta directamente a la legitimidad de su hijo, Sancho Alfónsez. Si Zaida fue únicamente concubina, Sancho sería un hijo extramatrimonial elevado por voluntad política de Alfonso VI a condición de heredero. Sí, por el contrario, Zaida se convirtió en reina bajo el nombre de Isabel, entonces el muchacho habría sido heredero plenamente legítimo de las coronas de Castilla y León. Y aquí el debate se vuelve inevitablemente político: ¿habría confiado Alfonso VI el futuro de sus reinos a un hijo nacido de una simple relación secundaria? ¿O el reconocimiento excepcional de Sancho revela precisamente que su madre poseía un estatus mucho más alto del que la tradición posterior quiso admitir?

La respuesta del propio Agrimiro a esta pregunta es bastante clarificadora. Es cierto que Zaida se convirtió al cristianismo, probablemente con el nombre de Isabel. Sin embargo, identificar a esta Zaida-Isabel con la futura reina Isabel, cuarta esposa del monarca, probablemente hija del rey de Francia, es erróneo. Así lo defiende, una vez más, el autor: “Hay que tener presente que para legitimar al príncipe Sancho no es necesario el anticipado enlace matrimonial de sus padres, y lo sorprendente de que desde el nacimiento de Sancho hasta el nacimiento de Elvira [la segunda hija de esta segunda Isabel, futura esposa del rey Roger II de Sicilia] en 1100, no tuvieran ningún otro hijo. Resulta insólito que en siete años de relaciones apasionadas no se quedara nuevamente embarazada. Como dice Miguel Salas en su capítulo 3 de La batalla de Uclés (1108) contra los almorávides, ¿cómo se explica que Alfonso VI conviviera en Toledo con Zaida desde 1091 a 1094, y que después abandone la relación para volver a retornarla en 1100…? ¿No es más lógico pensar que Zaida murió en 1093 o en 1094, y que las dos hijas [Sancha, esposa del conde Rodrigo González de Lara, quien fue alférez del rey Alfonso VI, y la propia Elvira] sean de la reina Isabel?”

Porque lo más importante de todo este asunto romántico entre Zaida y Alfonso es el reconocimiento del hijo de ambos, el príncipe Sancho, como heredero legítimo a la corona de Castilla. Y la tragedia de su muerte termina de convertir la historia de Zaida en uno de los grandes dramas dinásticos del Medievo peninsular. En efecto, la muerte de Sancho en la batalla de Uclés, en 1108, alteró por completo el futuro político de Castilla. No voy a insistir más en este sentido, pues a la propia batalla ya le he dedicado también alguna otra entrada en el blog (ver “Desde el Pacto de Cuenca hasta la batalla de Uclés. Una parte de nuestra historia medieval”, 15 de julio de 2021). Con la desaparición del heredero, Alfonso VI quedó sumido en una profunda crisis personal y sucesoria que desembocaría en el problemático reinado de Urraca y en décadas de tensiones internas, que se sucedieron después de la muerte del monarca. Para Zaida, si aún vivía entonces, lo cual, como afirma Agrimiro, es bastante dudoso, aquella pérdida debió de significar no solo una devastación íntima, sino también el derrumbe del proyecto político que la había situado en el centro del poder castellano.

Sobre ello, Agrimiro Saiz se atreve a imaginar qué podría haber sucedido con el reino de Castilla de no haber fallecido el príncipe heredero: “Al rey Alfonso se le ha reconocido, si no una brillantez militar, sí la cualidad de ser un gran diplomático. Dentro de esta habilidad calculadora podríamos incluir la previsión de engendrar un heredero de su reino y de las débiles y dispersas taifas musulmanas. Imaginando que el infante Sancho hubiera sobrevivido a la batalla, es lógico de suponer que habría reinado en Castilla, León y Galicia con sus correspondientes condados, incluido el de Portugal. La unidad peninsular se podría haber materializado. Y, divagando, quién sabe si, siendo doblemente hispano por ser hijo del más poderoso rey del norte y de una auténtica princesa mora del sur, encarnando en su sangre todas las Hispanias, por su condición de andalusí y poseedor de un poderoso ejército, ¿no trataría de unificar también los reinos musulmanes del otro lado del estrecho…?”

Es cierto que, para ello, tendría que haber llevado la guerra contra los almorávides hasta sus lejanas tierras africanas, con lo que ello hubiera supuesto de cara a una posterior victoria contra ellos, que hubiera resultado muy difícil de conseguir incluso para un ejército poderoso. Y no solo esto. ¿Qué hubiera sucedido unos años más tarde, cuando otros musulmanes tan integristas como los almorávides, o incluso más, los almohades, hubieran empezado a extender su influencia desde Tinmel, un pequeño enclave situado en las montañas del Alto Atlas, hasta la gran ciudad de Marrakech, y desde allí al conjunto de las tierras marroquíes, e incluso hasta la propia península?

Pero dejando aparte esta pequeña dosis de historia ficción, el libro de Agrimiro Saiz no ofrece respuestas cerradas a todos los interrogantes, y probablemente ahí reside una de sus principales virtudes. Da su opinión, es cierto, pero no pretende establecer un dogma respecto a la realidad histórica de la princesa. La documentación medieval es fragmentaria, contradictoria y a menudo ambigua, lo que convierte cualquier afirmación rotunda en un riesgo. Pero precisamente por ello la obra resulta tan valiosa: porque no rehúye la polémica, ya que se atreve a discutir lugares comunes y porque devuelve espesor histórico a una mujer demasiado tiempo convertida en simple nota a pie de página de la biografía de Alfonso VI. Zaida emerge aquí no como figura secundaria, sino como protagonista de una época convulsa, mujer situada entre dos civilizaciones, heredera del refinamiento andalusí y participante involuntaria de las grandes decisiones que modelaron la historia medieval de España. Su vida, marcada por alianzas familiares, desplazamientos políticos, conversiones religiosas, maternidad dinástica y tragedia, sigue planteando preguntas incómodas más de nueve siglos después: ¿Quién fue realmente? ¿Qué lugar ocupó junto al rey Alfonso? Es probable que Zaida, rebautizada como Isabel, no llegara a ser nunca reina de Castilla, pero de lo que no cabe duda es que, durante unos pocos años, desde que el rey al-Mu’tamid de Sevilla la envió a Toledo para ponerla bajo la protección de su amigo —o por lo menos aliado—, ella nunca dejó de ser la reina que gobernó el corazón del rey Alfonso VI de León.






El podcast de Clio: ZAIDA, LA PRINCESA ANDALUSÍ ENTRE LA HISTORIA Y LA LEYENDA

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