Zaida, ¿esposa o concubina? La princesa andalusí que aún divide a los historiadores
Fue musulmana, princesa —o quizá nuera— de la refinada
corte taifa de Sevilla, compañera del rey más poderoso de la España cristiana y
madre del heredero destinado a cambiar el rumbo de Castilla. Pero más de nueve
siglos después, la figura de Zaida sigue envuelta en incógnitas: ¿Estuvo casada
realmente con Alfonso VI o fue solo la concubina del rey? El libro de Agrimiro
Saiz, “Zaida, ¿esposa o concubina?”, afronta sin miedo las grandes polémicas
sobre esta mujer fascinante, crucial para la historia de Cuenca, desde su
verdadera relación familiar con los reyes musulmanes de Sevilla hasta el debate
sobre la famosa dote con la que habría llegado a Castilla y el papel político
jugado por su hijo, el infante Sancho Alfónsez. Una obra que rescata del margen
de la historia a uno de los personajes femeninos más enigmáticos y decisivos de
la Edad Media peninsular.
No es irrelevante detenerse en el autor de la obra
estudiada. Agrimiro Saiz lleva años entregado a la recuperación y divulgación
de la historia medieval, especialmente la vinculada a Cuenca. Es conocido por
ser el alma material del grupo de recreación histórica Conca. Esta es una de
las asociaciones que con mayor constancia ha proyectado el nombre de la ciudad
por toda España en encuentros y recreaciones medievales. Su trabajo no responde
al perfil del investigador encerrado en el ámbito estrictamente universitario,
sino al del estudioso que combina archivo, divulgación, reconstrucción
histórica y pasión por el pasado, especialmente por el pasado medieval. Quizá
por ello el libro posee una cualidad poco frecuente: el equilibrio entre rigor
documental y voluntad narrativa, entre la discusión historiográfica y la
capacidad de hacer inteligible un problema que resulta complejo al lector no
especializado.
Zaida es, en sí misma, un personaje profundamente novelesco,
aunque la historia real resulte mucho más fascinante que las leyendas que sobre
su vida fueron naciendo en los siglos posteriores. Acerca de esa relación entre
historia y mito, realidad y leyenda, dice lo siguiente Agrimiro Saiz: “Sus
contemporáneos se mostraron interesados en los avatares de esta princesa
sevillana que contiene los ingredientes suficientes para elaborar un guion de
Hollywood: nace rodeada de los lujos de un palacio sevillano, se casa con un
príncipe andalusí, se ve inmersa en guerras y muertes, huye a reinos
cristianos, termina en los brazos y en la cama del más grande rey cristiano del
norte, muere al dar a luz a su hijo, tiene varias tumbas… Escritores
posteriores, más cristianos que musulmanes, hablan de ella, del rey y sus
esposas; no pasan por alto sus encantos personales y hasta generan unos
cantares que van de boca en boca, haciéndose populares, hablando de amoríos y
de castillos. En la actualidad, investigadores concienzudos han analizado
documentalmente retazos de su vida, sacando a la luz novedosos datos y
exhaustivos estudios hasta, incluso, de sus restos mortales. Tal es la
atracción despertada por Zaida que se han publicado varias novelas históricas
en las que ella es la principal protagonista. No obstante, intentar escribir la
biografía de la princesa musulmana Zaida resulta harto difícil, y más todavía
cuando se pretende profundizar en pasajes importantes de su vida, pues a la
escasez de datos fidedignos hay que añadir las interpretaciones interesadas de
los mismos.
Pero vayamos por partes. Durante mucho tiempo se repitió
casi mecánicamente que era hija del rey poeta de Sevilla, el célebre Muhamad
al-Mu‘tamid, soberano refinado, amante de las letras y figura emblemática del
ocaso andalusí. Así nació su primera leyenda: Zaida como princesa del rico
reino de Sevilla. Sin embargo, una de las primeras controversias que aborda el
libro desmonta esta afirmación para introducir matices decisivos. Zaida no
habría sido hija del rey sevillano, sino nuera suya, casada con uno de sus
hijos, el príncipe al-Ma’mun, que había sido nombrado por su padre gobernador
de Córdoba. La diferencia no es menor, porque modifica sustancialmente la
lectura política de su trayectoria vital y explica mejor su posición dentro de
las luchas sucesorias y familiares del momento. Y entonces, ¿podemos hablar
realmente de Zaida como princesa, o se trata de una parte de la leyenda que
surgió sobre su vida? Rotundamente sí; y no solo por ser la esposa de
al-Ma’mun, príncipe heredero al trono de Sevilla. Si bien la muerte le
sorprendió antes de que pudiera ocuparlo, sino también por derecho propio, por
ser la hija. Tal y como ha demostrado Agrimiro Saiz en su libro, era una de las
hijas de Ismail ibn Abad, el hermano de al-Mu’tamid, hijo primogénito de su
antecesor en el trono, Muhámmad al-Mu‘tádid. Además, era una hija de Áhmad ibn
Sulaymán al-Muqtádir, quien a su vez era rey de la taifa de Zaragoza.
La taifa sevillana de finales del siglo XI representaba uno de los últimos destellos del esplendor andalusí antes del terremoto político provocado por la irrupción de los almorávides norteafricanos, terremoto que, por cierto, había provocado el propio Mu’tamid, al haber hecho llamar a los radicales habitantes del desierto, con el fin de que estos pudieran liberarle de las taifas que él estaba obligado a pagar al monarca cristiano, Alfonso VI. En aquel contexto de alianzas quebradizas, traiciones y desesperadas estrategias de supervivencia, Zaida habría abandonado el ámbito musulmán tras la derrota de su entorno familiar, buscando refugio junto a quien se había convertido en árbitro de buena parte de la península: el propio rey Alfonso. Aquí emerge otra de las grandes polémicas que Saiz revisa con especial atención: la famosa cuestión de la “dote” de Zaida.
La tradición historiográfica y literaria repitió durante
siglos la idea de que Zaida llegó a Castilla aportando una cuantiosa dote
territorial, una especie de entrega de fortalezas, plazas y castillos
musulmanes al rey cristiano. Se llegó incluso a hablar de ciudades estratégicas
ofrecidas como precio de protección o como consecuencia de un vínculo personal
con el monarca. El libro somete esta interpretación a un examen severo,
cuestionando hasta qué punto responde realmente a las fuentes o si forma parte
de una construcción posterior destinada a romantizar o justificar políticamente
la relación. ¿Trajo Zaida verdaderamente territorios como compensación
matrimonial o política? ¿O se ha exagerado el alcance de esa cesión para
convertir a la princesa andalusí en pieza clave de una narrativa épica de la
Reconquista? El debate queda abierto, pero la obra obliga al lector a
desconfiar de ciertas afirmaciones repetidas durante generaciones sin
suficiente sustento documental. Recogemos de nuevo las palabras que, acerca de
esto, ha escrito el autor del libro:
“Reilly sugiere que Alfonso acepta a Zaida y las citadas
plazas para utilizarlas como símbolo de su pretensión de erigirse en protector
del Islam peninsular frente a los invasores musulmanes. Lo más lógico es pensar
que simplemente se trata de acuerdos que se llevan a cabo según los intereses,
conveniencias y necesidades del momento. Los más diversos historiadores dudan
de la posesión de al-Mu’tamid sobre algunas de las plazas mencionadas [las de
la falsa dote: Uclés, Huete, Amasatrigo, Cuenca, Ocaña, Consuegra, Alarcos,
Oreja, Caracuel, Zorita y Mora] . Julio González, en su Repoblación de Castilla
La Nueva, dice que Mora, Ocaña, Consuegra y Oreja cayeron en manos del rey
castellano cuando este conquistó Toledo, mientras que Uclés, Amasatrigo, Huete
y Cuenca pasaron al reino valenciano cuando al-Qadir fue puesto allí por Alfonso,
y que, cuando este fue asesinado, quedaron bajo la tutela castellana, con
guarniciones al mando de Alvar Fáñez. Sin embargo, Caracuel, dependiente de
Calatrava, sí que perteneció a al-Mu’tamid al conquistarse Toledo, aunque pasó
a poder de los almorávides cuando estos conquistaron Córdoba. Respecto a
Zorita, dice Menéndez Pidal que fue entregada a Alfonso por al-Qadir en 1080.”
Sin embargo, la gran cuestión —la pregunta que da título al
libro y atraviesa todas sus páginas— es la de su verdadera condición junto a
Alfonso VI: ¿esposa o concubina? Durante mucho tiempo predominó la idea de que
Zaida había sido simplemente la favorita musulmana del rey castellano, una
concubina distinguida que, tras convertirse al cristianismo, ocupó un lugar
relevante en la corte, pero sin alcanzar nunca plena legitimidad. Esta
interpretación parecía encajar bien con ciertos silencios documentales y con el
hecho de que Alfonso VI hubiera contraído varios matrimonios dinásticos con
princesas europeas.
Pero la cuestión dista mucho de estar cerrada. Agrimiro Saiz
se adentra en uno de los debates más complejos de la historiografía medieval
española: la posible identificación entre Zaida y la reina Isabel. Algunos
documentos posteriores parecen sugerir que, tras su bautismo, Zaida adoptó el
nombre cristiano de Isabel y habría terminado convirtiéndose en esposa legítima
del rey. La hipótesis no es nueva, pero el autor la revisa con detenimiento,
enfrentándose a las objeciones tradicionales y valorando cuidadosamente el peso
de las evidencias documentales. El problema resulta extraordinariamente
relevante porque afecta directamente a la legitimidad de su hijo, Sancho
Alfónsez. Si Zaida fue únicamente concubina, Sancho sería un hijo
extramatrimonial elevado por voluntad política de Alfonso VI a condición de
heredero. Sí, por el contrario, Zaida se convirtió en reina bajo el nombre de
Isabel, entonces el muchacho habría sido heredero plenamente legítimo de las
coronas de Castilla y León. Y aquí el debate se vuelve inevitablemente político:
¿habría confiado Alfonso VI el futuro de sus reinos a un hijo nacido de una
simple relación secundaria? ¿O el reconocimiento excepcional de Sancho revela
precisamente que su madre poseía un estatus mucho más alto del que la tradición
posterior quiso admitir?
La respuesta del propio Agrimiro a esta pregunta es bastante
clarificadora. Es cierto que Zaida se convirtió al cristianismo, probablemente
con el nombre de Isabel. Sin embargo, identificar a esta Zaida-Isabel con la
futura reina Isabel, cuarta esposa del monarca, probablemente hija del rey de
Francia, es erróneo. Así lo defiende, una vez más, el autor: “Hay que tener
presente que para legitimar al príncipe Sancho no es necesario el anticipado
enlace matrimonial de sus padres, y lo sorprendente de que desde el nacimiento
de Sancho hasta el nacimiento de Elvira [la segunda hija de esta segunda
Isabel, futura esposa del rey Roger II de Sicilia] en 1100, no tuvieran ningún
otro hijo. Resulta insólito que en siete años de relaciones apasionadas no se quedara
nuevamente embarazada. Como dice Miguel Salas en su capítulo 3 de La batalla de
Uclés (1108) contra los almorávides, ¿cómo se explica que Alfonso VI conviviera
en Toledo con Zaida desde 1091 a 1094, y que después abandone la relación para
volver a retornarla en 1100…? ¿No es más lógico pensar que Zaida murió en 1093
o en 1094, y que las dos hijas [Sancha, esposa del conde Rodrigo González de
Lara, quien fue alférez del rey Alfonso VI, y la propia Elvira] sean de la
reina Isabel?”
Porque lo más importante de todo este asunto romántico entre
Zaida y Alfonso es el reconocimiento del hijo de ambos, el príncipe Sancho,
como heredero legítimo a la corona de Castilla. Y la tragedia de su muerte
termina de convertir la historia de Zaida en uno de los grandes dramas
dinásticos del Medievo peninsular. En efecto, la muerte de Sancho en la batalla
de Uclés, en 1108, alteró por completo el futuro político de Castilla. No voy a
insistir más en este sentido, pues a la propia batalla ya le he dedicado
también alguna otra entrada en el blog (ver “Desde el Pacto de Cuenca hasta la
batalla de Uclés. Una parte de nuestra historia medieval”, 15 de julio de
2021). Con la desaparición del heredero, Alfonso VI quedó sumido en una
profunda crisis personal y sucesoria que desembocaría en el problemático
reinado de Urraca y en décadas de tensiones internas, que se sucedieron después
de la muerte del monarca. Para Zaida, si aún vivía entonces, lo cual, como
afirma Agrimiro, es bastante dudoso, aquella pérdida debió de significar no
solo una devastación íntima, sino también el derrumbe del proyecto político que
la había situado en el centro del poder castellano.
Sobre ello, Agrimiro Saiz se atreve a imaginar qué podría
haber sucedido con el reino de Castilla de no haber fallecido el príncipe
heredero: “Al rey Alfonso se le ha reconocido, si no una brillantez militar, sí
la cualidad de ser un gran diplomático. Dentro de esta habilidad calculadora
podríamos incluir la previsión de engendrar un heredero de su reino y de las
débiles y dispersas taifas musulmanas. Imaginando que el infante Sancho hubiera
sobrevivido a la batalla, es lógico de suponer que habría reinado en Castilla,
León y Galicia con sus correspondientes condados, incluido el de Portugal. La
unidad peninsular se podría haber materializado. Y, divagando, quién sabe si,
siendo doblemente hispano por ser hijo del más poderoso rey del norte y de una
auténtica princesa mora del sur, encarnando en su sangre todas las Hispanias,
por su condición de andalusí y poseedor de un poderoso ejército, ¿no trataría
de unificar también los reinos musulmanes del otro lado del estrecho…?”
Es cierto que, para ello, tendría que haber llevado la
guerra contra los almorávides hasta sus lejanas tierras africanas, con lo que
ello hubiera supuesto de cara a una posterior victoria contra ellos, que
hubiera resultado muy difícil de conseguir incluso para un ejército poderoso. Y
no solo esto. ¿Qué hubiera sucedido unos años más tarde, cuando otros
musulmanes tan integristas como los almorávides, o incluso más, los almohades,
hubieran empezado a extender su influencia desde Tinmel, un pequeño enclave
situado en las montañas del Alto Atlas, hasta la gran ciudad de Marrakech, y
desde allí al conjunto de las tierras marroquíes, e incluso hasta la propia
península?
Pero dejando aparte esta pequeña dosis de historia ficción,
el libro de Agrimiro Saiz no ofrece respuestas cerradas a todos los
interrogantes, y probablemente ahí reside una de sus principales virtudes. Da
su opinión, es cierto, pero no pretende establecer un dogma respecto a la
realidad histórica de la princesa. La documentación medieval es fragmentaria,
contradictoria y a menudo ambigua, lo que convierte cualquier afirmación
rotunda en un riesgo. Pero precisamente por ello la obra resulta tan valiosa:
porque no rehúye la polémica, ya que se atreve a discutir lugares comunes y
porque devuelve espesor histórico a una mujer demasiado tiempo convertida en
simple nota a pie de página de la biografía de Alfonso VI. Zaida emerge aquí no
como figura secundaria, sino como protagonista de una época convulsa, mujer
situada entre dos civilizaciones, heredera del refinamiento andalusí y
participante involuntaria de las grandes decisiones que modelaron la historia
medieval de España. Su vida, marcada por alianzas familiares, desplazamientos
políticos, conversiones religiosas, maternidad dinástica y tragedia, sigue
planteando preguntas incómodas más de nueve siglos después: ¿Quién fue
realmente? ¿Qué lugar ocupó junto al rey Alfonso? Es probable que Zaida,
rebautizada como Isabel, no llegara a ser nunca reina de Castilla, pero de lo
que no cabe duda es que, durante unos pocos años, desde que el rey al-Mu’tamid
de Sevilla la envió a Toledo para ponerla bajo la protección de su amigo —o por
lo menos aliado—, ella nunca dejó de ser la reina que gobernó el corazón del
rey Alfonso VI de León.
El podcast de Clio: ZAIDA, LA PRINCESA ANDALUSÍ ENTRE LA HISTORIA Y LA LEYENDA




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